jueves, 7 de julio de 2022

78.- La gran entrevista

     - A ver, por mis cojones que de aquí salimos con la respuesta a este jeroglífico.

    Gutiérrez miró a su alrededor, a los presentes que, acojonados, se sentaban en sendas sillas frente a él. Ataúlfo, Germán y Amadeo ni siquiera eran sospechosos, tenían más pinta de víctimas que otra cosa, pero Gutiérrez los tenía encogidos como pajarillos. Hortensio, a su espalda, mantenía la compostura mientras, por dentro, disfrutaba como un niño viendo al comisario a pleno rendimiento.

    - Comencemos por ti, Germán. Comisario de la exposición. Un pez gordo, vamos...

    - A ver, gordo gordo...

    - Gordo, gordo te callas, Germán, y me dejas hablar. Responde solo cuando te pregunte, ¿vale?

    Germán dudó si eso había sido una pregunta que tenía que responder, o no. Por toda respuesta, tragó saliva.

    - Amadeo, aquí presente, encargado de la limpieza matutina, dice que alguien estuvo limpiando la noche anterior. Ahí tenemos a un sospechoso no identificado. ¿Puedes identificarlo para nosotros?

    Germán volvió a tragar saliva antes de conseguir articular palabra.

    - Nadie hace mantenimiento nocturno, comisario. No es necesario. Solo por la mañana, antes de abrir.

    - ¿Nadie? ¿Seguro?

    - Seguro.

    Gutiérrez miró a Amadeo, que había empalidecido.

    - Bien, Amadeo, me estoy empezando a mosquear con tanta contradicción, así que espero que me des una respuesta convincente...

    - Yo...

    - Tú, ¿qué?

    - Yo...

    - Vamos, coño, que no tengo todo el día...

    - Yo no sé nada de turnos de limpieza, comisario. Yo solo sé que alguien, antes de que yo llegara, se había dejado una fregona con un cubo en mitad de la exposición. Y con agua sucia, además, el muy guarro. Y digo yo que, si ha habido un robo, pues el que se dejó los tiestos sabrá algo...

    Gutiérrez iba a empezar de nuevo a jurar en hebreo cuando unos lamentos esquizofrénicos quebraron el momento de tensión.

    - ¡Ay, ay, ay...! ¡Ay, ay, ay...! ¡Ay...!

    Gutiérrez distinguió, entre los gritos y el rostro desencajado de desequilibrado psicopático, al artista costarricense.

    - Y ahora qué quieres, Ataúlfo.

    - Ay, comisario...

    - Que hables, joder...

    - Que creo que sé dónde está mi obra... qué desgracia... qué desgracia...

jueves, 30 de junio de 2022

77.- Ataúlfo

    Hortensio se acercó a Gutiérrez con cara de resignación.
    
    - Comisario...

    Gutiérrez fumaba un cigarrillo, sumido en sus pensamientos.

    - Comisario...

    Gutiérrez seguía sin moverse.

    - Comisario, ¿está usted bien?
    - Joder, Hortensio, qué pesado eres... - contestó Gutiérrez volviendo de su ensimismamiento. - ¿No ves que estoy pensando? A ver, qué quieres...
    - Está aquí el autor.
    - ¿El autor?
    - Sí, Ataúlfo Cisneros, el autor de la obra robada...
    - ¿No estaba en Costa Rica?
    - Ha adelantado su vuelo cuando ha conocido la noticia.

    Gutiérrez carraspeó con un cierto gesto de disgusto.

    - En fin, tráelo, a ver qué nos cuenta.
    - Comisario...
    - ¿Qué?
    - Que sepa que el autor es un tipo especial...

    Gutiérrez se mesó los cabellos, suspiró con desesperación, aspiró la colilla, la tiró y se encendió otro cigarro. Lo que faltaba ahora. Otro excéntrico.

    Ataúlfo irrumpió como un ciclón. Sus gritos resonaban en la estancia como lamentos prometeicos.

    - ¿Por qué? ¿Por qué, Comisario?

    Cayó de rodillas, tocó el suelo con la frente, se arañó el rostro, se rasgó las vestiduras (una camisa de seda que parecía carísima), alzó las manos al cielo.

    - ¿Por qué?
    - Ataúlfo...
    - ¿Por qué?
    - Señor Cisneros...

    Ataúlfo se sacó un pañuelo, se secó las lágrimas, se sonó los mocos y trató de recomponerse.

    - Dígame, Comisario...
    - ¿Sabe quién puede haber robado la obra? ¿Algún enemigo? ¿Algún envidioso?
    - No... -contestó Ataúlfo entre hipidos. - Esa obra es toda mi vida, el mayor fruto de mi genio artístico, años de reflexión y de trabajo, un chispazo de inspiración, rompedora, reivindicativa, actual y eterna a un tiempo...
    - Vale, vale. - Gutiérrez detuvo bruscamente la retahíla de Ataúlfo. - Ya veo que está dolido y que no sabe nada... Haremos lo posible.

    Gutiérrez se fue resoplando, dejando atrás a Ataúlfo, que había vuelto a plañir y se arrojaba al suelo, revolcándose de dolor. Con esas ayudas no iba a resolver el caso en la vida.

    Tenía que dejar de entrevistarse con gente rara y centrarse en encontrar al empleado de la limpieza nocturna.

miércoles, 22 de junio de 2022

76.- ¿Y el otro chico de la limpieza?

              Gutiérrez empezó a sentir esa náusea que le subía por el estómago cada vez que se arrepentía de la profesión que había elegido, lo cual sucedía bastante a menudo. Amadeo se secó las lágrimas y suspiró.

    De repente, pareció como si el encargado de la limpieza hubiera tenido una iluminación:

              - Comisario…

              - ¿Sí? -contestó Gutiérrez, de mal humor y aspirando un cigarrillo.

              - ¿Le ha preguntado al limpiador de la noche anterior?

              Gutiérrez miró a Amadeo, buscó un cenicero, no lo encontró a mano, tiró la colilla al suelo y la aplastó con la suela de su zapato. Ya la recogería el de la limpieza.

              - ¿Qué limpiador, Amadeo? ¿Ahora me vienes con estas? No me jodas…

              El encargado, más acojonado que tímido, expuso con dificultad.

              - Alguien había estado la noche anterior. Alguien había estado limpiando. De hecho, se había dejado los materiales tirados de cualquier manera en mitad de la sala. Una escoba, una fregona con un cubo lleno de agua sucia, una mopa…

              Gutiérrez no daba crédito.

              - ¿Una mopa? Una mopa voy a coger yo para darte por la cara, Amadeo… Desde luego…

              - No había caído, comisario. Lo recogí todo y me puse a lo mío…

              Gutiérrez ni contestó. Se dio la vuelta y al primero que encontró en su camino le soltó a gritos:

              - ¡Buscadme, in-me-dia-ta-men-te, al encargado de la limpieza que cerró anoche el museo!

jueves, 8 de julio de 2021

75.- Amadeo, el de la limpieza

     Amadeo esperaba sentado en uno de los despachos de administración del recinto ferial. Con la mirada baja, no paraba de frotarse las manos y de mirarse los dedos, inquieto.

    - Yo no he hecho nada, Comisario. Se lo juro.

    - Nadie ha dicho que usted haya robado la obra, Amadeo -contestó Gutiérrez, para tranquilizarlo. - Solo quiero hacerle unas preguntas para esclarecer el caso...

    - Responderé a lo que quiera, pero sé lo que piensan todos. Piensan que yo robé la obra, lo veo en sus caras. Pero yo no lo hice, de verdad, se lo puedo jurar...

    - Deje de jurar, Amadeo, y dígame si esta mañana, al llegar, encontró algo extraño, algo fuera de lugar. ¿Signos de que hubieran forzado la entrada?

    - No.

    - ¿Algún tipo de desorden? ¿Algo tirado por el suelo?

    - No.

    - ¿Entonces?

    - Nada fuera de lo normal, Comisario. Todo estaba solitario. Aquí no había nadie.

    Gutiérrez se mesó los cabellos. Ya empezaba a desesperar. Con testigos así, tímidos y poco observadores, no hay mucho que hacer. Parece que no quieren ver nada por no molestar. Gutiérrez, entonces, se encendió un cigarrillo y decidió ponerse serio.

    - O sea, que lo hiciste tú, ¿no? ¿Por qué? ¿Qué lleva a un encargado de la limpieza a robar una obra de arte?

    - No, Comisario, le juro...

    - ¡Deja de jurar!

    Amadeo, entonces, se puso a llorar.

    A Gutiérrez, al ver a un hombre hecho y derecho llorando como una Magdalena, le dieron ganas de tirarse por la ventana. O de meterle un sopapo, para que llorara por algo.

lunes, 14 de junio de 2021

74.- Primeros indicios

     - No me lo puedo explicar, Comisario... es dramático, dramático...

    Germán, el Comisario de la Exposición, se tiraba de los pelos y estaba a punto de romper a llorar.

    - Vamos a ver, señor Redondo, deje de llorar con un niño estúpido y demos con una solución -terciaba Gutiérrez, siempre motivador. - ¿Tiene usted alguna idea de quién pudo haberlo robado?

    - Si lo supiera, Comisario, no estaríamos aquí hablando...

    Gutiérrez exhaló un suspiro y sacó un cigarrillo, esta vez en el interior del recinto. La Exposición había sido clausurada hasta que la investigación diera algún resultado, claro, y el público que se había comenzado ya a apilar a las puertas había sido disuelto con palabras amables que recibieron como respuesta gestos de disgusto.

    - Señor Redondo, deje las ironías si quiere que usted y yo acabemos bien. ¿Y el autor?

    - En Costa Rica. Se le espera pasado mañana.

    - ¿Alguna idea de cómo han sacado la obra del recinto?

    - Ni idea. Es una pieza de un tamaño considerable, no es un diamante que te puedas meter en el bolsillo...

    - ¿Algún seguro?

    -¿Sugiere que el autor puede haberse robado a sí mismo? ¿O nosotros?

    - Eso lo dice usted. Yo solo pregunto.

    Germán Redondo tragó saliva y chasqueó la lengua.

    - Ningún seguro puede pagar la publicidad que supone una obra en exposición; y ningún robo, por más que le dé fama a la obra, es equivalente al precio que se podría pagar por ella si se pone en venta.

    Gutiérrez aspiró el cigarrillo con fuerza y dejo caer las cenizas en cualquier sitio.

    - ¿Quién fue el primero en llegar esta mañana?

    - Amadeo, de la limpieza. Viene antes de comenzar cada jornada para comprobar que la higiene de las instalaciones es la adecuada. Dice que no vio nada. Unos minutos después llegué yo, y me di cuenta de que la obra había desaparecido...

    - De acuerdo, hablemos con Amadeo. ¿Hortensio?

    - ¿Sí, Comisario? -contestó presto este, que discretamente había acompañado toda la conversación.

    - Búscame a Amadeo, el de la limpieza...

viernes, 28 de mayo de 2021

73.- De Comisario a Comisario

        Cuando Gutiérrez llegó al Recinto Ferial de IFEMA, Hortensio ya estaba allí. "Cómo habrá llegado, el muy cabrón", pensó Gutiérrez cuando lo vio, más con admiración que con fastidio. "Si se supone que estaba de baja...".

    La verdad es que los dos formaban una pareja espectacular, con las secuelas, aún visibles, de la batalla mantenida con Morales.

    Acompañaba a Hortensio un tipo trajeado. Miró a Gutiérrez con un gesto extraño, como si se sorprendiera de que cada policía que acudía a investigar presentara heridas aún por cicatrizar.

    - Comisario, este es Germán Redondo, el Comisario.
    - ¿Cómo?
    - Es el Comisario de la Exposición, y máximo responsable.
    - ¡Ah, de acuerdo!

    Gutiérrez y Germán Redondo se saludaron.

    - Bien, señor Redondo... ¿qué es lo que ha pasado?
    - Ha desaparecido una de las obras más apreciadas, "Totalidad", del costarricense Ataúlfo Cisneros. Se trata de una de las críticas más feroces que el mundo del arte ha desarrollado en los últimos tiempos contra la alienación del ser humano en la sociedad moderna y la pérdida de la identidad existencial en un contexto en el que...
    - ¿Ataúlfo Cisneros es el creador?
    - Así es, Comisario.
    - ¿Es su nombre real?

    Germán Redondo miró a Gutiérrez mientras dibujaba en su rostro un gesto que a este no le gustó nada. "¿No será este uno de esos esnobs insoportables que uno se imagina pululando por el mundo del arte, verdad?", pensó. Por supuesto, no dijo nada, en un acto supremo de contención y mesura.

    - Así es -dijo el señor Redondo, respondiendo a la última pregunta formulada. - Cuando abrimos esta mañana ya no estaba.

    Gutiérrez asintió, pidió a Redondo que le disculpase unos minutos y, con la excusa de fumar un cigarrillo, salió con Hortensio al exterior.

    La sangre volvía a correrle por las venas. Gutiérrez estaba de vuelta...

miércoles, 19 de mayo de 2021

72.- La normalidad

    - Han robado una de las obras de arte expuestas en ARCO, en la Feria de Arte Contemporáneo.

    Gutiérrez resopló. El robo de obras de arte siempre implicaba una investigación incómoda. Demasiado interés mediático, piezas de demasiado valor. Lo bueno era que el mercado negro del arte es limitado. No todo el mundo tiene los medios para pagar esos precios, y menos para hacerlo por una obra que ha de mantener a escondidas, a sabiendas de que se trata de un objeto robado y de que su posesión es un delito.

    - ¿Cómo ha sido la cosa, Eulalia?

    - No tengo gran información. La denuncia ha llegado esta misma mañana. Me temo que, cuando han ido a abrir la exposición al público, una de las obras había desaparecido.

    - Supongo que habrá que presentarse en la Feria... avísales de mi llegada.

    - Comisario... ¿está seguro de que se encuentra en condiciones? ¿No es aún demasiado pronto?

    Gutiérrez silenció a Eulalia con una mirada abrasadora.

    - Mira, Eulalia... ¿cómo te explico esto?

    - No hace falta, Comisario. No he dicho nada -contestó rápidamente la secretaria, con un leve temblor en la voz. Si algo había aprendido trabajando con Gutiérrez era, en primer lugar, que siempre convenía no irritarlo; en segundo lugar, que el tío era cabezota como él solo, y que era inútil hacerle cambiar de idea.

    - Dile a Hortensio que acuda también. Nos encontraremos allí.

    - Pero...

    - Qué pasa ahora...

    - Hortensio está de baja, Comisario. Se supone, por cierto, que usted también.

    Gutiérrez respiró profundamente, como si se estuviera armando de paciencia, o como si estuviera a punto de estallar.

    - A ver, Eulalia... ¿estoy aquí?

    - Sí.

    - ¿Voy a ocuparme del caso?

    - Así es...

    - Entonces, ¿qué bajas ni qué hostias? Llama a Hortensio y dile que se plante en ARCO cagando leches, maldita sea...

    Eulalia se puso a ello. Gutiérrez le dio un par de caladas al cigarro y saboreó con placer la vuelta a la normalidad.