Hortensio entró en el despacho con un dosier en su mano derecha y a Gutiérrez se le heló la sangre. Malos recuerdos, esa estúpida costumbre de anotarlo todo en dosieres. Afortunadamente, Hortensio se sentó al otro lado de la mesa y el dosier se quedó enrolladito en la mano, como debe ser.
- Comisario, creo que tenemos algo con lo que empezar...
- ¿De qué hablamos?
- Del robo en Gómez y Asociados.
- Correcto. Suéltalo.
Hortensió carraspeó ligeramente antes de continuar. Al tío también le gustaba hacerse el interesante, se ve que tenía su puntito de vanidad. Luego lo soltó todo del tirón:
- Joyas Kristal. A dos calles de Gómez. La competencia. La competencia feroz, por lo que se ve. Desde que Kristal abrió, y de eso hace ya casi dos años, se llevan a matar, se roban clientes, se copian pedidos, incluso se intercambian querellas (aquí levantó levemente el dosier). Es lo único que he encontrado, comisario. Las grabaciones no aparecen, directamente. Se pueden también considerar parte del robo. Sigo buscando entre la clientela, pero no hay nada apreciable, al menos en principio. Con Kristal, sin embargo, igual encontramos alguna cosa...
- ¿Por qué puede querer Kristal robar a Gómez?
- ¿Para joderle, simplemente?
Gutiérrez reflexionó. Joder a alguien, el móvil más antiguo del mundo para cometer un delito.
- De acuerdo, habrá que hablar con Kristal.
Entonces entró Mel como una exhalación. Vale, eran buenos chicos, pero iba a tener que hablar con Lali, maldita sea, de allí la gente entraba y salía como le daba la gana, y eso no podía ser.
- Comisario, buenas noticias -explicó con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. Este Mel, siempre tan feliz.
- ¿Qué pasa? ¿Has resuelto el caso?
- ¿Caso? ¿Qué caso?
- Joder, Mel, el de la joyería.
- Ah, pero, ¿todavía estáis con eso?
Gutiérrez iba a soltarle una pulla, pero prefirió esperar a ver qué tenía que decir el niño.
- ¡Va a publicarse!
- ¿De qué coño estás hablando?
- Mi novela, esto es, su novela, Comisario, o sea, la que escribí, la que cuenta la historia del asesino del imperdible... ¡la van a publicar!
El gesto de Gutiérrez podía mostrar de todo, menos alegría.
- Comisario, ¿pasa algo?
- A ver, Mel, me dijiste que de tu novela no se iba a deducir nunca, bajo ningún concepto, de ninguna manera, mi verdadero nombre, ¿verdad?
- No, no, claro que no -contestó Mel. - Vamos, creo...
A Gutiérrez volvió a helársele la sangre. Joder, no ganaba para disgustos...
Se reclinó ante el escritorio de su despacho, se encendió un cigarrillo y observó el infinito. Alguien llamó educadamente a la puerta. "Comisario", le dijeron, "alguien quiere verle". "Seguro que no es para nada bueno", pensó él, "nadie me llama para nada bueno". Sin embargo, de sus labios solo brotaron las palabras "¡que pase!". Y no era ninguna rubia despampanante, por supuesto. Eran problemas. Más problemas. "¡Mierda!", pensó. Y aspiró otra calada.
domingo, 31 de agosto de 2014
sábado, 28 de junio de 2014
30.- Un par de preguntas incómodas
- Bien, Sr. Gómez, vamos a ver si podemos solucionar esto.
Andrés Gómez, el joyero, había hecho entrar a Gutiérrez, Mel y Hortensio en un reservado situado tras el expositor de la joyería. No era, desde luego, el típico trastero y almacén de un negocio. Era, más bien, una sala de reuniones de alto standing. Sillones tipo imperio, muebles de caoba. "Menuda pijada", pensó inmediatamente Gutiérrez, y se encendió un cigarrillo en cuanto asentó sus posaderas en uno de los sillones. El gesto del joyero delató cierto desagrado, probablemente en aquella sala no se fumaba, o solo lo hacían ciertos magnates de la joyería y personajes VIP del mundo de las finanzas joyeras. A Gutiérrez, por supuesto, el gesto le dio exactamente igual.
Él no sería VIP, pero si ese chulapo engominado quería algo de él, y él era la policía, más le valía empezar a naturalizar sus relaciones con ellos. Gutiérrez, con toda la calma del mundo, inició el interrogatorio:
- Exactamente, Sr. Gómez, me gustaría saber qué se han llevado.
- Joyas por valor de varios millones. Collares y broches de oro y piedras preciosas, diamantes, esmeraldas... anillos. Piezas verdaderamente valiosas. Sin escatimar. Todo lo que había en el expositor -y señaló al interior de la zona de venta.
- Pero el expositor estaba lleno, Sr. Gómez, acabamos de pasar por delante.
- Pues claro, comisario. Aquí no somos tontos y hay mucho en juego. En la caja fuerte guardábamos todo lo que ahora se muestra en el expositor. Mejor que nadie sepa que nos han robado... la clientela, quiero decir; y otros posibles ladrones: una joyería débil es un reclamo.
- ¿Y no tocaron la caja fuerte?
- Ni lo intentaron.
- ¿Cámaras de seguridad?
- No grabaron nada.
- ¿No entró nadie?
- Ni un alma.
Mel y Hortensio cruzaron una mirada de incredulidad. Gutiérrez ya había terminado un cigarrillo y se encendía el segundo.
- Vamos a ver... ¿sabes quién podría querer robarle?
El joyero soltó una risotada.
- Vaya pregunta. Cualquiera que quisiera la pasta que valen las joyas, ¿no? Yo qué sé.
Ya empezaba el tío a ponerse de nuevo impertinente.
- Dígame algo que no sepa.
- Ni idea.
- Pues vaya.
- Responder a eso es su misión en este asunto.
- De acuerdo. Suficiente. Vámonos, chicos -Gutiérrez tenía claro que cada vez aguantaba menos a este tío.
Al salir, se dirigió a Hortensio.
- Busca las cintas de seguridad, Hortensio. Investiga al Gómez este: historial de la joyería, clientes habituales, últimos negocios... cualquier cosa que se salga de lo normal.
- De acuerdo, Comisario.
- Y tú, Mel...
- ¿Sí, Comisario?
- Vete a tu casa a escribir. Si se te ocurre un final para este caso, me lo cuentas, a ver si das con la clave del caso por intuición.
Gutiérrez volvió a su despacho. Caso de mierda, sin pistas ni sospechosos.
Andrés Gómez, el joyero, había hecho entrar a Gutiérrez, Mel y Hortensio en un reservado situado tras el expositor de la joyería. No era, desde luego, el típico trastero y almacén de un negocio. Era, más bien, una sala de reuniones de alto standing. Sillones tipo imperio, muebles de caoba. "Menuda pijada", pensó inmediatamente Gutiérrez, y se encendió un cigarrillo en cuanto asentó sus posaderas en uno de los sillones. El gesto del joyero delató cierto desagrado, probablemente en aquella sala no se fumaba, o solo lo hacían ciertos magnates de la joyería y personajes VIP del mundo de las finanzas joyeras. A Gutiérrez, por supuesto, el gesto le dio exactamente igual.
Él no sería VIP, pero si ese chulapo engominado quería algo de él, y él era la policía, más le valía empezar a naturalizar sus relaciones con ellos. Gutiérrez, con toda la calma del mundo, inició el interrogatorio:
- Exactamente, Sr. Gómez, me gustaría saber qué se han llevado.
- Joyas por valor de varios millones. Collares y broches de oro y piedras preciosas, diamantes, esmeraldas... anillos. Piezas verdaderamente valiosas. Sin escatimar. Todo lo que había en el expositor -y señaló al interior de la zona de venta.
- Pero el expositor estaba lleno, Sr. Gómez, acabamos de pasar por delante.
- Pues claro, comisario. Aquí no somos tontos y hay mucho en juego. En la caja fuerte guardábamos todo lo que ahora se muestra en el expositor. Mejor que nadie sepa que nos han robado... la clientela, quiero decir; y otros posibles ladrones: una joyería débil es un reclamo.
- ¿Y no tocaron la caja fuerte?
- Ni lo intentaron.
- ¿Cámaras de seguridad?
- No grabaron nada.
- ¿No entró nadie?
- Ni un alma.
Mel y Hortensio cruzaron una mirada de incredulidad. Gutiérrez ya había terminado un cigarrillo y se encendía el segundo.
- Vamos a ver... ¿sabes quién podría querer robarle?
El joyero soltó una risotada.
- Vaya pregunta. Cualquiera que quisiera la pasta que valen las joyas, ¿no? Yo qué sé.
Ya empezaba el tío a ponerse de nuevo impertinente.
- Dígame algo que no sepa.
- Ni idea.
- Pues vaya.
- Responder a eso es su misión en este asunto.
- De acuerdo. Suficiente. Vámonos, chicos -Gutiérrez tenía claro que cada vez aguantaba menos a este tío.
Al salir, se dirigió a Hortensio.
- Busca las cintas de seguridad, Hortensio. Investiga al Gómez este: historial de la joyería, clientes habituales, últimos negocios... cualquier cosa que se salga de lo normal.
- De acuerdo, Comisario.
- Y tú, Mel...
- ¿Sí, Comisario?
- Vete a tu casa a escribir. Si se te ocurre un final para este caso, me lo cuentas, a ver si das con la clave del caso por intuición.
Gutiérrez volvió a su despacho. Caso de mierda, sin pistas ni sospechosos.
miércoles, 26 de marzo de 2014
29.- Una cuestión de hombría
- Así que Hortensio, ¿no? ¡Coño, como mi abuela!
No fue necesaria ni una palabra más. En cuanto oyó el comentario, el recién estrenado ayudante del comisario Gutiérrez cogió al tipo por las solapas y lo levantó dos palmos del suelo.
- Repite eso, si te atreves. Repítelo y te inflo a hostias.
A Gutiérrez casi se le cae el cigarrillo de la boca. A Mel se le hubiera caído seguro, de haber sido fumador, no había más que ver el hueco considerable que había quedado entre sus mandíbulas, abiertas de par en par a causa de la sorpresa. El tipo, que se sentía levitar y que notaba cómo le faltaba el aire y cómo aumentaban sus posibilidades de recibir un mamporro de aúpa, calló. Unos segundos después comenzó a musitar una especie de disculpa temerosa que trataba de calmar el ánimo de Hortensio.
Este, finalmente, le dejó en el suelo y se separó de él con un par de cachetes cariñosos. "Vale, chaval, pero nada de tonterías, ¿eh?". Gutiérrez, que había contemplado impertérrito la escena, se retorcía de gozo en su fuero interno. "Tiene cojones el niño, ¿eh?", le había susurrado a Mel. "¿No va a separarlos?", le había respondido este. "Déjalos, que jueguen un rato".
Al fin y al cabo, la cosa no pasó a mayores. Podía haberlo hecho, desde luego, no solo por la trifulca potencial que se estuvo gestando durante unos instantes, sino por el hecho, sumamente pertinente, de que Hortensio se encontraba de servicio, en su primer día en el puesto, y que el agredido no era otro, ni más ni menos, que aquel Andrés Gómez, chulapo y patilloso, al que le habían birlado un pastizal en joyas dos días antes.
- Bien -terció Gutiérrez. - Una vez hechas las presentaciones, comencemos con las preguntas, señor Gómez, que para eso me he traído a mis dos ayudantes.
domingo, 9 de febrero de 2014
28.- Va la vencida
Gutiérrez volvió a resoplar. Otra vez. Se había fumado no se sabe cuántos cigarrillos, llevaba allí sentado mucho más tiempo del que podía aguantar, tenía entre manos el asunto de la joyería y, para colmo, aún le quedaba un aspirante por entrevistar. Casi prefirió, por un momento, que le hubieran asignado uno desde las altas esferas. Aunque hubiera sido un tiparraco insoportable, aunque hubiera sido otro asesino en serie.
"En fin", pensó. "Cuanto antes acabe, mejor". Lo peor era que aquello no tenía pinta de terminar de forma exitosa. De momento, los dos primeros entrevistados habían salido rana. "¡Siguiente!", exclamó.
Entró un joven con pinta de enteradillo. "El típico friqui del club de ajedrez", pensó Gutiérrez, aunque no dijo nada. Sería mejor que se descubriera él mismo. Chaqueta vaquera, camisa negra, pelo engominado. "Pelo engominado, vaya tío cutre", volvió a pensar Gutiérrez. Y tampoco dijo nada, sorprendido de su propio autocontrol. "Tampoco es tan joven, yo diría que anda más cerca de los cuarenta que de los treinta".
- Nombre.
- Hortensio.
- Vaya, ya estamos. Pero, ¿es que no se me va a presentar nadie normal?
Gutiérrez tardó varios segundos en darse cuenta de que ese último comentario, que también tenía que haberse guardado, había sido expresado en voz alta. Error. Había descubierto sus cartas antes que su interlocutor. Para cuando quiso arreglarlo, ya Hortensio había fruncido el ceño, dibujado una mueca hostil y enrojecido ligeramente.
- ¿Algún problema con mi nombre? Porque juraría que no estoy en un concurso sobre nombres bonitos, sino para ganarme un puesto en la comisaría, ¿no?
- Mira, chaval...
- De chaval nada, comisario. No sé si se le ha subido el éxito a la cabeza, ni sé si es usted un amargado y lo que quiere es fastidiarle la vida a todos los que le rodean, pero yo he venido a ayudar, no a cruzarme con maleducados. ¿Qué le sucede? Si no quiere ayudante, lo dice. Probablemente nadie le va a hacer caso, porque independientemente de que usted crea que tiene contactos, o que trabaja mejor solo, esto funciona como un equipo. Jerarquizado, sí, pero como un equipo. Y yo estaré dispuesto para lo que sea. A lo que no estoy dispuesto es a cambiarme de nombre porque a usted le apetezca, ni a escuchar comentarios estúpidos.
Y entonces hizo algo que cualquiera en su sano juicio hubiera considerado una osadía. Sacó un paquete de tabaco, agarró un pitillo y se lo encendió, allí sentado, frente a Gutiérrez. Sin pedirle permiso. Gutiérrez tenía otro que humeaba entre los dedos, por supuesto, pero una cosa era una cosa, y otra cosa era otra cosa. Y continuó.
- Mire, comisario, yo no sé si a usted le preocupa volver a cruzarse con un demente, no sé si es usted tan débil como para dejarse influenciar por un colgado que ahora se pudre en la cárcel, donde debe estar, y lo hace gracias a usted. Pero este es el trabajo que hemos elegido, ¿no? Hasta donde yo llego, usted lo hizo bien. Pero eso no le da derecho a tratarnos a los demás como si fuéramos basura. Yo voy a ser policía aquí o donde me lleven, y deduzco por su aliento a vodka, por el desorden de este despacho y por los faldones que le salen de la camisa que usted, aun sabiendo, no tiene muchas ganas de seguir siéndolo. Una pena, desde luego, porque creo que podría aprender mucho de usted.
Entonces hizo una pausa, aspiró una calada y resopló.
- En fin. Supongo que no era esta la entrevista que esperábamos, ¿no? Ni usted ni yo. Me parece que debería irme. Ha sido un placer, pese a todo, disculpe.
Y Hortensio, digno como él solo y sin dejar hablar a Gutiérrez, salió del despacho.
Gutiérrez resopló por enésima vez en las últimas horas. Hortensio. Vaya tela. Las verdad es que el tío los tenía bien puestos. Con ese nombre, no era de extrañar. Seguro que se metían con él en el colegio. Así es como uno aprende a defenderse. Al menos las entrevistas habían terminado. Ya era hora de salir a dar una vuelta. Gutiérrez se puso la chaqueta y se asomó a la puerta.
- ¡Lali! -llamó. - Me voy a hacer la calle. La tortura aquí ya ha acabado. ¡Ah! -añadió, como de pasada. - Y dale un toque a Hortensio... sí, a este último... creo que podemos darle una oportunidad.
Ya habría tiempo de pulirle las asperezas a este Hortensio. Pero allí fuera, con la gente con la que tenía que enfrentarse, prefería estar rodeado de un bravo temerario antes que de cualquier servil pusilánime...
"En fin", pensó. "Cuanto antes acabe, mejor". Lo peor era que aquello no tenía pinta de terminar de forma exitosa. De momento, los dos primeros entrevistados habían salido rana. "¡Siguiente!", exclamó.
Entró un joven con pinta de enteradillo. "El típico friqui del club de ajedrez", pensó Gutiérrez, aunque no dijo nada. Sería mejor que se descubriera él mismo. Chaqueta vaquera, camisa negra, pelo engominado. "Pelo engominado, vaya tío cutre", volvió a pensar Gutiérrez. Y tampoco dijo nada, sorprendido de su propio autocontrol. "Tampoco es tan joven, yo diría que anda más cerca de los cuarenta que de los treinta".
- Nombre.
- Hortensio.
- Vaya, ya estamos. Pero, ¿es que no se me va a presentar nadie normal?
Gutiérrez tardó varios segundos en darse cuenta de que ese último comentario, que también tenía que haberse guardado, había sido expresado en voz alta. Error. Había descubierto sus cartas antes que su interlocutor. Para cuando quiso arreglarlo, ya Hortensio había fruncido el ceño, dibujado una mueca hostil y enrojecido ligeramente.
- ¿Algún problema con mi nombre? Porque juraría que no estoy en un concurso sobre nombres bonitos, sino para ganarme un puesto en la comisaría, ¿no?
- Mira, chaval...
- De chaval nada, comisario. No sé si se le ha subido el éxito a la cabeza, ni sé si es usted un amargado y lo que quiere es fastidiarle la vida a todos los que le rodean, pero yo he venido a ayudar, no a cruzarme con maleducados. ¿Qué le sucede? Si no quiere ayudante, lo dice. Probablemente nadie le va a hacer caso, porque independientemente de que usted crea que tiene contactos, o que trabaja mejor solo, esto funciona como un equipo. Jerarquizado, sí, pero como un equipo. Y yo estaré dispuesto para lo que sea. A lo que no estoy dispuesto es a cambiarme de nombre porque a usted le apetezca, ni a escuchar comentarios estúpidos.
Y entonces hizo algo que cualquiera en su sano juicio hubiera considerado una osadía. Sacó un paquete de tabaco, agarró un pitillo y se lo encendió, allí sentado, frente a Gutiérrez. Sin pedirle permiso. Gutiérrez tenía otro que humeaba entre los dedos, por supuesto, pero una cosa era una cosa, y otra cosa era otra cosa. Y continuó.
- Mire, comisario, yo no sé si a usted le preocupa volver a cruzarse con un demente, no sé si es usted tan débil como para dejarse influenciar por un colgado que ahora se pudre en la cárcel, donde debe estar, y lo hace gracias a usted. Pero este es el trabajo que hemos elegido, ¿no? Hasta donde yo llego, usted lo hizo bien. Pero eso no le da derecho a tratarnos a los demás como si fuéramos basura. Yo voy a ser policía aquí o donde me lleven, y deduzco por su aliento a vodka, por el desorden de este despacho y por los faldones que le salen de la camisa que usted, aun sabiendo, no tiene muchas ganas de seguir siéndolo. Una pena, desde luego, porque creo que podría aprender mucho de usted.
Entonces hizo una pausa, aspiró una calada y resopló.
- En fin. Supongo que no era esta la entrevista que esperábamos, ¿no? Ni usted ni yo. Me parece que debería irme. Ha sido un placer, pese a todo, disculpe.
Y Hortensio, digno como él solo y sin dejar hablar a Gutiérrez, salió del despacho.
Gutiérrez resopló por enésima vez en las últimas horas. Hortensio. Vaya tela. Las verdad es que el tío los tenía bien puestos. Con ese nombre, no era de extrañar. Seguro que se metían con él en el colegio. Así es como uno aprende a defenderse. Al menos las entrevistas habían terminado. Ya era hora de salir a dar una vuelta. Gutiérrez se puso la chaqueta y se asomó a la puerta.
- ¡Lali! -llamó. - Me voy a hacer la calle. La tortura aquí ya ha acabado. ¡Ah! -añadió, como de pasada. - Y dale un toque a Hortensio... sí, a este último... creo que podemos darle una oportunidad.
Ya habría tiempo de pulirle las asperezas a este Hortensio. Pero allí fuera, con la gente con la que tenía que enfrentarse, prefería estar rodeado de un bravo temerario antes que de cualquier servil pusilánime...
miércoles, 18 de diciembre de 2013
27.- Evasión y victoria
Hay gente que tiene la virtud de evadir su mente en momentos de aburrimiento supremo o desagrado. Ese tipo de gente, afortunada sin duda, desarrolla mundos interiores riquísimos mientras, por ejemplo, trabaja en una fábrica, circula en metro o espera en la antesala del traumatólogo. Quizá no sean muchos y, tal vez por eso, conforman personalidades particulares.
El comisario Gutiérrez, desde luego, no era de esos. Nada más lejos de serlo, de hecho, harto como estaba de llevarse el trabajo a casa y de padecer la intromisión en su vida de gente sin escrúpulos y, en general, de consumados estúpidos. Aquella vez, sin embargo, mientras esperaba a su segundo candidato, logró abstraerse de la deprimente situación en la oficina y de imaginarse un contexto diferente.
Imaginó, de hecho, una conversación con Mel. No es que Mel fuera su personaje más admirado, pero era un panoli con gracia a quien divertía fastidiar. Lo imaginó en la oficina, precisamente, lo cual demuestra, de un lado, la escasa inventiva de Gutiérrez y, de otro, la importancia que tenía aquel cuartucho del demonio en su vida y, por lo que se veía, en su psique.
- Oye, Mel, ¿sabes lo que he oído? -decía Gutiérrez.
- ¿De qué se trata, señor Comisario?
- Un caso curioso, tal vez te interese documentarlo, ya sabes, para los noveluchos esos que dices que escribes.
Mel arqueaba una ceja, tragándose la ofensa con el fin mayor de obtener la información deseada.
- Ha sido en un parque, al otro lado de la ciudad. Dos niñas que jugaban han encontrado una cabeza enterrada allí, junto a un banco.
- ¿Una cabeza?
- En efecto, una cabeza. Decapitada. Vieron arena removida y se acercaron, ya sabes, las niñas son como los gatos, siempre metiendo las narices donde no les llaman. Y empezaron a escarbar. Cuando se dieron cuenta, tenían ante ellas una cabeza humana, sucia, llena de tierra, pero enterita...
- ¡Qué desagradable!
- Y eso no es lo peor...
- Ah, ¿no?
- Ni mucho menos. Las niñas no solo no salieron espantadas, sino que que se quedaron mirando la cabeza, toqueteándola, yo qué sé qué tipo de ideas pasan por la cabeza de esa gente...
- ¿De los niños, dice?
- De los niños. Y, ¿sabes qué?
- ¿Qué? -Mel abrió aún más unos ojos llenos de interés.
- Pues que la cabeza aún respiraba, ¿te lo imaginas? Aún respiraba... y dicen que hasta empezó a toser...
- ¿En serio?
- Eso dice el informe, por lo visto. Pulula por ahí. Yo de ti ya estaría investigando...
- Claro, comisario, ya mismo voy a preguntar en ventanilla...
Entonces Mel salía corriendo y Gutiérrez se partía de la risa, qué tío más inocente, este Mel, vaya crío, cuando Eulalia le despertaba de su ensueño...
- Comisario, ¿está bien?
- Claro, Lali, ¿qué quieres?
- El segundo candidato...
- Ah, sí, que pase...
Vuelta a la cruda realidad. Aunque efímera, porque Gutiérrez vio entrar a un jovenzuelo de aspecto chulesco y pelo de pincho, un yogurín recién salido de la academia, seguro, que encima le soltó algo así como:
- ¿Qué pasa, jefe?
- Fuera.
- ¿Cómo?
- Fuera de mi vista.
- Bueno, tío -dijo el imberbe insolente. - Ya me voy... joder, para eso no vengo...
Pues que no hubiera venido, pensó Gutiérrez. Anda que despertarle de sus ensueños con gilipollas como ese. ¿A quién se le ocurrió la genial idea de presentarlo a candidato a ayudante? Y eso sí, especialmente, que quede claro que ningún nuevo ayudante va a osar llamarle "jefe". Que ni se le ocurra, porque no dura ni un suspiro...
El comisario Gutiérrez, desde luego, no era de esos. Nada más lejos de serlo, de hecho, harto como estaba de llevarse el trabajo a casa y de padecer la intromisión en su vida de gente sin escrúpulos y, en general, de consumados estúpidos. Aquella vez, sin embargo, mientras esperaba a su segundo candidato, logró abstraerse de la deprimente situación en la oficina y de imaginarse un contexto diferente.
Imaginó, de hecho, una conversación con Mel. No es que Mel fuera su personaje más admirado, pero era un panoli con gracia a quien divertía fastidiar. Lo imaginó en la oficina, precisamente, lo cual demuestra, de un lado, la escasa inventiva de Gutiérrez y, de otro, la importancia que tenía aquel cuartucho del demonio en su vida y, por lo que se veía, en su psique.
- Oye, Mel, ¿sabes lo que he oído? -decía Gutiérrez.
- ¿De qué se trata, señor Comisario?
- Un caso curioso, tal vez te interese documentarlo, ya sabes, para los noveluchos esos que dices que escribes.
Mel arqueaba una ceja, tragándose la ofensa con el fin mayor de obtener la información deseada.
- Ha sido en un parque, al otro lado de la ciudad. Dos niñas que jugaban han encontrado una cabeza enterrada allí, junto a un banco.
- ¿Una cabeza?
- En efecto, una cabeza. Decapitada. Vieron arena removida y se acercaron, ya sabes, las niñas son como los gatos, siempre metiendo las narices donde no les llaman. Y empezaron a escarbar. Cuando se dieron cuenta, tenían ante ellas una cabeza humana, sucia, llena de tierra, pero enterita...
- ¡Qué desagradable!
- Y eso no es lo peor...
- Ah, ¿no?
- Ni mucho menos. Las niñas no solo no salieron espantadas, sino que que se quedaron mirando la cabeza, toqueteándola, yo qué sé qué tipo de ideas pasan por la cabeza de esa gente...
- ¿De los niños, dice?
- De los niños. Y, ¿sabes qué?
- ¿Qué? -Mel abrió aún más unos ojos llenos de interés.
- Pues que la cabeza aún respiraba, ¿te lo imaginas? Aún respiraba... y dicen que hasta empezó a toser...
- ¿En serio?
- Eso dice el informe, por lo visto. Pulula por ahí. Yo de ti ya estaría investigando...
- Claro, comisario, ya mismo voy a preguntar en ventanilla...
Entonces Mel salía corriendo y Gutiérrez se partía de la risa, qué tío más inocente, este Mel, vaya crío, cuando Eulalia le despertaba de su ensueño...
- Comisario, ¿está bien?
- Claro, Lali, ¿qué quieres?
- El segundo candidato...
- Ah, sí, que pase...
Vuelta a la cruda realidad. Aunque efímera, porque Gutiérrez vio entrar a un jovenzuelo de aspecto chulesco y pelo de pincho, un yogurín recién salido de la academia, seguro, que encima le soltó algo así como:
- ¿Qué pasa, jefe?
- Fuera.
- ¿Cómo?
- Fuera de mi vista.
- Bueno, tío -dijo el imberbe insolente. - Ya me voy... joder, para eso no vengo...
Pues que no hubiera venido, pensó Gutiérrez. Anda que despertarle de sus ensueños con gilipollas como ese. ¿A quién se le ocurrió la genial idea de presentarlo a candidato a ayudante? Y eso sí, especialmente, que quede claro que ningún nuevo ayudante va a osar llamarle "jefe". Que ni se le ocurra, porque no dura ni un suspiro...
domingo, 10 de noviembre de 2013
26.- La entrevista
- A ver, pasa...
El primer candidato entró en el despacho del Comisario Gutiérrez. Allí encontró al propio comisario, sentado tras la mesa, fumando un cigarrillo y con cara de muy pocos amigos. "Ninguno", pensó, de hecho, el candidato.
Gutiérrez, por su parte, pensaba por qué narices tenía él que estar allí entrevistando a tres pánfilos recién salidos de la academia, qué tipo de sistema era ese que le dejaba a él la oportunidad de seleccionar, para eso hubiera sido mejor que le hubieran asignado un ayudante de oficio. Seguramente, sería igual de malo que cualquiera de los tres entre los que se veía obligado a elegir. Joder, si ya Eulalia hacía bien el trabajo... Además, el recuerdo del Morales todavía la escamaba la piel y le hervía la sangre.
- ¿Nombre?
- Eustaquio Díaz.
- ¿Años en el cuerpo?
- Dos meses.
- ¿Dos meses? -Gutiérrez carraspeó. - Un poco verde, ¿no?
- Para eso estamos aquí, señor. Será un honor trabajar a su lado.
- No lo creo.
- Por supuesto que sí, señor. Una celebridad como usted...
Ya estábamos otra vez con lo de la celebridad. Eso también le hervía la sangre, casi tanto como el recuerdo del Morales. Como volviera a sacar el tema, pensaba poner a ese mojigato de patitas en la calle de un puntapié en el trasero.
- Esto no es un juego de niños, lo sabes, ¿verdad?
- Claro, señor, pero a su lado cada día puede ser una valiosa enseñanza.
¿Una valiosa enseñanza? El Eustaquio Díaz este ya empezaba a caerle gordo. Pelota, lameculos e inepto, seguro. Gutiérrez ya tenía calado a ese tipo de gente. El problema, además, es que el tipo continuaba hablando.
- Su tenacidad, su profesionalidad, Comisario, su perspicacia. Será un honor aprender de usted.
- Pero no estás aquí para aprender, nene, sino para ayudar.
- Por supuesto, siempre de su lado. No voy a ser como mi antecesor en el cargo, y menos ahora que todos en la ciudad saben quién es usted.
Gutiérrez ya había tenido suficiente. Una referencia a Morales y otra a la prensa en la misma frase. Su gesto cambió de hastiado a enfadado, sus puños se crisparon y sus cejas se acercaron conformando un ceño de apariencia temible.
- Fuera -espetó al candidato.
- ¿Perdone, señor?
- Fuera, ya he tenido suficiente.
- ¿Me avisarán?
- Lo dudo. Váyase.
- ¿Adónde?
- A hacer puñetas, si quiere, pero salga de mi despacho.
- Claro, señor, ha sido un honor hablar con usted.
- Que se vaya ya, hombre...
Iba a tener que hacer algo con esa supuesta fama suya. Eso de que todos supieran que su ayudante se estuvo riendo de él, que fue incapaz de evitar un puñado de asesinatos cometidos delante de sus narices y que encima jugaron con él al gato y al ratón le sacaba de quicio. Y que encima pretendan todos alabarle por ello se le hacía insoportable. Iba a tener que hacer algo. O se acostumbraba, o la rutina en comisaría se le iba a hacer muy difícil.
En cualquier caso, ya empezaba mal el día. Y este estúpido era el primero, todavía quedaban dos. Maldita sea, ya estaba de mala hostia.
- Siguiente...
El primer candidato entró en el despacho del Comisario Gutiérrez. Allí encontró al propio comisario, sentado tras la mesa, fumando un cigarrillo y con cara de muy pocos amigos. "Ninguno", pensó, de hecho, el candidato.
Gutiérrez, por su parte, pensaba por qué narices tenía él que estar allí entrevistando a tres pánfilos recién salidos de la academia, qué tipo de sistema era ese que le dejaba a él la oportunidad de seleccionar, para eso hubiera sido mejor que le hubieran asignado un ayudante de oficio. Seguramente, sería igual de malo que cualquiera de los tres entre los que se veía obligado a elegir. Joder, si ya Eulalia hacía bien el trabajo... Además, el recuerdo del Morales todavía la escamaba la piel y le hervía la sangre.
- ¿Nombre?
- Eustaquio Díaz.
- ¿Años en el cuerpo?
- Dos meses.
- ¿Dos meses? -Gutiérrez carraspeó. - Un poco verde, ¿no?
- Para eso estamos aquí, señor. Será un honor trabajar a su lado.
- No lo creo.
- Por supuesto que sí, señor. Una celebridad como usted...
Ya estábamos otra vez con lo de la celebridad. Eso también le hervía la sangre, casi tanto como el recuerdo del Morales. Como volviera a sacar el tema, pensaba poner a ese mojigato de patitas en la calle de un puntapié en el trasero.
- Esto no es un juego de niños, lo sabes, ¿verdad?
- Claro, señor, pero a su lado cada día puede ser una valiosa enseñanza.
¿Una valiosa enseñanza? El Eustaquio Díaz este ya empezaba a caerle gordo. Pelota, lameculos e inepto, seguro. Gutiérrez ya tenía calado a ese tipo de gente. El problema, además, es que el tipo continuaba hablando.
- Su tenacidad, su profesionalidad, Comisario, su perspicacia. Será un honor aprender de usted.
- Pero no estás aquí para aprender, nene, sino para ayudar.
- Por supuesto, siempre de su lado. No voy a ser como mi antecesor en el cargo, y menos ahora que todos en la ciudad saben quién es usted.
Gutiérrez ya había tenido suficiente. Una referencia a Morales y otra a la prensa en la misma frase. Su gesto cambió de hastiado a enfadado, sus puños se crisparon y sus cejas se acercaron conformando un ceño de apariencia temible.
- Fuera -espetó al candidato.
- ¿Perdone, señor?
- Fuera, ya he tenido suficiente.
- ¿Me avisarán?
- Lo dudo. Váyase.
- ¿Adónde?
- A hacer puñetas, si quiere, pero salga de mi despacho.
- Claro, señor, ha sido un honor hablar con usted.
- Que se vaya ya, hombre...
Iba a tener que hacer algo con esa supuesta fama suya. Eso de que todos supieran que su ayudante se estuvo riendo de él, que fue incapaz de evitar un puñado de asesinatos cometidos delante de sus narices y que encima jugaron con él al gato y al ratón le sacaba de quicio. Y que encima pretendan todos alabarle por ello se le hacía insoportable. Iba a tener que hacer algo. O se acostumbraba, o la rutina en comisaría se le iba a hacer muy difícil.
En cualquier caso, ya empezaba mal el día. Y este estúpido era el primero, todavía quedaban dos. Maldita sea, ya estaba de mala hostia.
- Siguiente...
miércoles, 30 de octubre de 2013
25.- Joyas por valor de un puñado de dólares
- Así que usted es el propietario del establecimiento, ¿no?
- En efecto.
- Y su nombre es...
- Andrés Gómez.
- De ahí el nombre de Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- En efecto, se nota que eres un tío avispado.
- Usted.
- No, no, usted más.
- Digo que me llame de usted.
- Ah, perdone.
Gutiérrez había obviado el fondo sarcástico del comentario sobre el tío avispado, había decidido recalcar la ausencia del "usted" y se había mordido la lengua para no soltar la palabra "capullo" después de la última frase. El tío, en cualquier caso, lo hubiera merecido, porque de lo que Gutiérrez estaba convencido era de que se encontraba ante un capullo de campeonato. Un nuevo rico venido a más en el negocio de las joyas, a saber con qué métodos. El pelo engominado y peinado hacia atrás, las patillas cuadradas y adelantadas, el olor a colonia cara y el nudo impecable en su corbata lo delataban. El hecho de que le hubieran robado un puñado de millones en joyas era, para Gutiérrez, lo de menos. Pero tenía que hacer su trabajo, qué remedio.
- ¿Podría hablar con sus asociados?
- ¿Asociados? ¿Qué quiere decir? El propietario soy yo. Gómez Joyeros soy yo.
- Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- Ah, eso... "Asociados" no significa nada. No hay asociados.
- ¿Y entonces? ¿Ese nombre?
- No querría que le pusiera sólo Gómez, ¿no? Gómez no tiene tirón...
Gutiérrez resopló y se mordió la lengua por enésima vez.
- Voy a salir un momento, ¿de acuerdo? Necesito tomar el aire.
- Y reflexionar, ¿no? Como Sherlock...
Pero, ¿es que el figura este no se callaba ni debajo del agua? Gutiérrez salió a la puerta y se encendió un cigarrillo. Ladrón de guante blanco. Sin cerraduras forzadas, sin alunizajes espectaculares, aparentemente sin huellas. Se lo tenía bien merecido el Gómez este. Vaya personaje. Gutiérrez pensó que no le hubiera comprado una joya ni loco.
A las dos caladas asomó la cabeza, tan impertinente como siempre. Miró a Gutiérrez, como escaneándolo con sus ojos de pato enclenque. Luego preguntó:
- Oiga, usted es Gutiérrez, ¿verdad?
- ¿Es que no me he presentado antes o qué?
- Sí, sí... me refiero a que es usted el comisario Gutiérrez, el del asesino del imperdible...
- ¿Cómo? -Gutiérrez se puso morado, el humo se le agarró a la garganta y empezó a toser. - ¿De qué coño está hablando? -dijo en cuanto pudo.
- Lo he visto en las noticias... buen trabajo, comisario.
Gutiérrez resistió la tentación de soltarle un revés al Gómez y reírse de sus joyas y de sus patillas de bandolero. Estaba viejo. Se sentía viejo. En otro momento hubiera comenzado a soltar una sarta de improperios y mandobles que hubieran apaciguado los ánimos del señorito.
En aquel instante, sin embargo, se limitó a maldecir a todos los demonios y blasfemar de todas las formas posibles. Se preguntó cómo habría llegado el asunto a la prensa. Comprendió que, si alcanzaba fama de personaje público, la cosa se iba a poner fea. Le dio al cigarro tal calada compulsiva que casi se fuma media colilla.
- En efecto.
- Y su nombre es...
- Andrés Gómez.
- De ahí el nombre de Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- En efecto, se nota que eres un tío avispado.
- Usted.
- No, no, usted más.
- Digo que me llame de usted.
- Ah, perdone.
Gutiérrez había obviado el fondo sarcástico del comentario sobre el tío avispado, había decidido recalcar la ausencia del "usted" y se había mordido la lengua para no soltar la palabra "capullo" después de la última frase. El tío, en cualquier caso, lo hubiera merecido, porque de lo que Gutiérrez estaba convencido era de que se encontraba ante un capullo de campeonato. Un nuevo rico venido a más en el negocio de las joyas, a saber con qué métodos. El pelo engominado y peinado hacia atrás, las patillas cuadradas y adelantadas, el olor a colonia cara y el nudo impecable en su corbata lo delataban. El hecho de que le hubieran robado un puñado de millones en joyas era, para Gutiérrez, lo de menos. Pero tenía que hacer su trabajo, qué remedio.
- ¿Podría hablar con sus asociados?
- ¿Asociados? ¿Qué quiere decir? El propietario soy yo. Gómez Joyeros soy yo.
- Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- Ah, eso... "Asociados" no significa nada. No hay asociados.
- ¿Y entonces? ¿Ese nombre?
- No querría que le pusiera sólo Gómez, ¿no? Gómez no tiene tirón...
Gutiérrez resopló y se mordió la lengua por enésima vez.
- Voy a salir un momento, ¿de acuerdo? Necesito tomar el aire.
- Y reflexionar, ¿no? Como Sherlock...
Pero, ¿es que el figura este no se callaba ni debajo del agua? Gutiérrez salió a la puerta y se encendió un cigarrillo. Ladrón de guante blanco. Sin cerraduras forzadas, sin alunizajes espectaculares, aparentemente sin huellas. Se lo tenía bien merecido el Gómez este. Vaya personaje. Gutiérrez pensó que no le hubiera comprado una joya ni loco.
A las dos caladas asomó la cabeza, tan impertinente como siempre. Miró a Gutiérrez, como escaneándolo con sus ojos de pato enclenque. Luego preguntó:
- Oiga, usted es Gutiérrez, ¿verdad?
- ¿Es que no me he presentado antes o qué?
- Sí, sí... me refiero a que es usted el comisario Gutiérrez, el del asesino del imperdible...
- ¿Cómo? -Gutiérrez se puso morado, el humo se le agarró a la garganta y empezó a toser. - ¿De qué coño está hablando? -dijo en cuanto pudo.
- Lo he visto en las noticias... buen trabajo, comisario.
Gutiérrez resistió la tentación de soltarle un revés al Gómez y reírse de sus joyas y de sus patillas de bandolero. Estaba viejo. Se sentía viejo. En otro momento hubiera comenzado a soltar una sarta de improperios y mandobles que hubieran apaciguado los ánimos del señorito.
En aquel instante, sin embargo, se limitó a maldecir a todos los demonios y blasfemar de todas las formas posibles. Se preguntó cómo habría llegado el asunto a la prensa. Comprendió que, si alcanzaba fama de personaje público, la cosa se iba a poner fea. Le dio al cigarro tal calada compulsiva que casi se fuma media colilla.
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