Era mediodía. En la calle lucía un sol radiante. En aquel pasillo, sin embargo, estaba oscuro, olía a mugre y suciedad y la tenue luz parpadeante de un tubo fluorescente no hacia sino dotar a la escena de un ambiente espectral.
Morales y el Comisario Gutiérrez se apostaron a sendos lados de una de las puertas. Nadie se asomó al pasillo, ninguna vieja curiosa, ningún niño inconsciente, nadie que pasara por allí. "Chicos listos, estos vecinos", pensó Gutiérrez. "Ya se huelen el percal".
Llamaron con precaución. Un par de golpecitos suaves. "Aurelio, abre. Policía".
Nada.
"Aurelio Martínez. Policía".
"Venga, Navajas, coño, abre ya, sabemos que estás ahí".
Tras cada llamada se echaban a un lado. Vale que el Navajas trabajara con armas blancas, pero no era descartable encontrarse con un disparo a través de la puerta. En situaciones límite uno no sabe cómo reacciona esta gente.
"Venga, Morales, a la mierda".
Los dos se prepararon y patearon la puerta con fuerza y a la vez. Esta cedió.
Persianas subidas y cortinas descorridas. Luz. Manchas de sangre en todo el recibidor. Gutiérrez y Morales entraron, mirando a un lado y a otro. Gutiérrez vio una navaja suiza tirada en el suelo. Son útiles. Se la hubiera quedado si no lo prohibiera el protocolo. Olía a productos químicos, a cerrado, y a muerto.
"Jefe, mire".
Morales estaba asomado al salón. Allí estaba el Navajas, tumbado en el suelo y mirando al techo con los ojos bien abiertos. Camiseta de tirantes raída y guarra como de no haber sido lavada en años; su cicatriz en el brazo derecho; su tatuaje en el izquierdo. La garganta rebanada, cubierta de sangre seca. Un charco entre rojizo y negruzco se extendía desde el cuello y penetraba bajo los sofás.
Morales, este no es el asesino que buscamos.
Un rayo de sol que penetraba furtivo por una de las ventanas se reflejaba en un pequeño objeto de metal enganchado al párpado abierto de el Navajas. Era un imperdible al que, por supuesto, se le enganchaba un papel. Cualquiera diría que el muerto lo estaba leyendo. No hubiera tardado mucho, de todos modos. En el papel solo ponía "Gutiérrez".
"El asesino del imperdible" no solo quería cometer otro crimen, sino que sabía que el Navajas sería, por deducción, el principal sospechoso. "Morales, el asesino sabía que vendríamos aquí".
Morales enmudecía. Gutiérrez carraspeó, se encendió un cigarrillo y juró en el hebreo más vulgar y barriobajero.
Se reclinó ante el escritorio de su despacho, se encendió un cigarrillo y observó el infinito. Alguien llamó educadamente a la puerta. "Comisario", le dijeron, "alguien quiere verle". "Seguro que no es para nada bueno", pensó él, "nadie me llama para nada bueno". Sin embargo, de sus labios solo brotaron las palabras "¡que pase!". Y no era ninguna rubia despampanante, por supuesto. Eran problemas. Más problemas. "¡Mierda!", pensó. Y aspiró otra calada.
domingo, 26 de febrero de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
15. El Navajas
- Jefe, ¿se puede?
Morales esperó respuesta, comprendió que esta no llegaría nunca y entró de igual manera. El Comisario Gutiérrez, ya disgustado por la intromisión que le estaba interrumpiendo el cigarrillo, observó con aprensión el grueso dossier que portaba su subordinado. Grueso no, enorme, una monstruosidad que seguro que estaría dispuesto a enseñarle página a página hasta matarle de aburrimiento.
- ¿Qué es eso, Morales?
- "El asesino del imperdible", jefe...
- ¿El asesino del imperdible?
- Sí, es por bautizarle de alguna manera, jefe, y como siempre deja en sus víctimas un papel con su apellido, así, "Gutiérrez", y como siempre engancha ese papel con un imperdible...
- Vale, vale, Morales, para ya... ¿qué pasa con el asesino del imperdible?
- He pensado que, como el asesino le conoce a usted y parece no tenerle en muy alta estima, tal vez sea algún criminal al que usted detuvo en el pasado y que quiere vengarse... mire, aquí están las fichas de todos sus detenidos, jefe... son 59...
Gutiérrez observó el dossier. Caras de mala leche y vidas de delincuencia y depravación. A algunos ya ni los recordaba. La verdad es que en esta ocasión Morales había hecho un buen trabajo. No le dijo nada, por supuesto, no fuera a ser que se le subieran los humos... así que 59 detenidos... vaya... eran bastantes... el asesino del imperdible sería el número 60...
El comisario pensó unos instantes en la magia del número sesenta, en los minutos y segundos, en su prodigiosa divisibilidad, en el sistema de numeración sexagesimal utlizado en Babilonia, hasta que decidió que ya era hora de dejar de pensar en gilipolleces y ponerse manos a la obra.
- Busquemos a todos estos desgraciados, Morales...
- No hace falta, jefe...
- ¿Cómo?
- 37 de ellos siguen aún en prisión.
Vaya, eso facilitaba las cosas... bendito sistema penitenciario...
- Así que solo tenemos que buscar a 22, ¿no?
- Sí, jefe. De hecho...
- ¿De hecho?
- De hecho solo uno de los 22 fue detenido por delitos de sangre, jefe. Quizá sea quien buscamos... mire...
Morales señaló una foto. Aurelio Martínez, alias "el Navajas".
- Coño, Morales, ¿"el Navajas" está libre, tú lo sabías y me tienes aquí perdiendo el tiempo? Vamos a por él ya mismo...
Salieron tan rápido que el cigarrillo permaneció en el cenicero, humeando, todavía un rato.
Morales esperó respuesta, comprendió que esta no llegaría nunca y entró de igual manera. El Comisario Gutiérrez, ya disgustado por la intromisión que le estaba interrumpiendo el cigarrillo, observó con aprensión el grueso dossier que portaba su subordinado. Grueso no, enorme, una monstruosidad que seguro que estaría dispuesto a enseñarle página a página hasta matarle de aburrimiento.
- ¿Qué es eso, Morales?
- "El asesino del imperdible", jefe...
- ¿El asesino del imperdible?
- Sí, es por bautizarle de alguna manera, jefe, y como siempre deja en sus víctimas un papel con su apellido, así, "Gutiérrez", y como siempre engancha ese papel con un imperdible...
- Vale, vale, Morales, para ya... ¿qué pasa con el asesino del imperdible?
- He pensado que, como el asesino le conoce a usted y parece no tenerle en muy alta estima, tal vez sea algún criminal al que usted detuvo en el pasado y que quiere vengarse... mire, aquí están las fichas de todos sus detenidos, jefe... son 59...
Gutiérrez observó el dossier. Caras de mala leche y vidas de delincuencia y depravación. A algunos ya ni los recordaba. La verdad es que en esta ocasión Morales había hecho un buen trabajo. No le dijo nada, por supuesto, no fuera a ser que se le subieran los humos... así que 59 detenidos... vaya... eran bastantes... el asesino del imperdible sería el número 60...
El comisario pensó unos instantes en la magia del número sesenta, en los minutos y segundos, en su prodigiosa divisibilidad, en el sistema de numeración sexagesimal utlizado en Babilonia, hasta que decidió que ya era hora de dejar de pensar en gilipolleces y ponerse manos a la obra.
- Busquemos a todos estos desgraciados, Morales...
- No hace falta, jefe...
- ¿Cómo?
- 37 de ellos siguen aún en prisión.
Vaya, eso facilitaba las cosas... bendito sistema penitenciario...
- Así que solo tenemos que buscar a 22, ¿no?
- Sí, jefe. De hecho...
- ¿De hecho?
- De hecho solo uno de los 22 fue detenido por delitos de sangre, jefe. Quizá sea quien buscamos... mire...
Morales señaló una foto. Aurelio Martínez, alias "el Navajas".
- Coño, Morales, ¿"el Navajas" está libre, tú lo sabías y me tienes aquí perdiendo el tiempo? Vamos a por él ya mismo...
Salieron tan rápido que el cigarrillo permaneció en el cenicero, humeando, todavía un rato.
sábado, 31 de diciembre de 2011
14. Las enciclopedias están pasadas de moda
Sonó el timbre de la puerta. Pasó un tiempo considerable, sin embargo, hasta que la abrieron. Podían oírse ruidos en el interior, movimiento, revolver de objetos.
Finalmente, los dos tipos se encontraron frente a frente, se observaron de hito en hito y no ocultaron su disgusto. En el interior se encontraba un tipo malencarado. Barba de cuatro días, pelo desaliñado, mirada perdida, ojos enrojecidos y pupilas dilatadas. Cualquiera hubiera intuido que andaba drogado. Camiseta de tirantes, sucia y desgajada; una cicatriz en el brazo derecho, un tatuaje en el izquierdo. Malas pulgas, desde luego.
Frente a él, un tipo insulso. Pelo grasiento, pegado a la frente, gafas de culo de vaso, gabardina, pinta de intelectual... o más bien de empollón friqui. Llevaba en la mano una bolsa de deporte, de tamaño mediano.
"¿Y tú quién eres?", dijo uno. "Vendo enciclopedias", dijo el otro.
Ya por el gesto del potencial comprador pudo deducirse claramente que ni enciclopedias, ni nada que se le pareciera. Que semejante intromisión era, ante todo, una molestia supina. El vendedor, no obstante, continuó: "son de edición reciente... muy útiles...".
"¿Enciclopedias? ¿Pero estás tonto? Ya nadie compra enciclopedias. Fuera de aquí".
El tipo intentó cerrar la puerta, y el vendedor, en un gesto de osadía sin precedentes en su profesión, la detuvo con el pie.
"¿Cómo te atreves, bastardo, largo de aquí o te la vas a llevar?"
"Un momento, permita que le enseñe...".
Pero el tipo no necesitaba que le enseñasen nada. Se le notaba nervioso. Echó mano al bolsillo y sacó una pequeña navaja suiza con la que amenazó al tipo.
"He dicho que te largues".
Fue entonces cuando el vendedor echó mano a la bolsa de deporte, qué determinación, hubiera dicho cualquiera, un vendedor capaz de mostrar sus enciclopedias incluso a punta de navaja, pero no fue una enciclopedia lo que sacó, sino un cuchillo de cocina de un tamaño considerable, y lo blandió con tal rapidez y decisión que, cuando quiso darse cuenta, el tipo ya lo tenía clavado en el cuello.
Quiso responder con su navajita, pero ya no le respondían los brazos; quiso decir algo soez, pero de su garganta solo brotaban borbotones de sangre; lo último que vio, antes de morir, fue como el vendedor de enciclopedias lo agarraba y lo metía en casa...
Finalmente, los dos tipos se encontraron frente a frente, se observaron de hito en hito y no ocultaron su disgusto. En el interior se encontraba un tipo malencarado. Barba de cuatro días, pelo desaliñado, mirada perdida, ojos enrojecidos y pupilas dilatadas. Cualquiera hubiera intuido que andaba drogado. Camiseta de tirantes, sucia y desgajada; una cicatriz en el brazo derecho, un tatuaje en el izquierdo. Malas pulgas, desde luego.
Frente a él, un tipo insulso. Pelo grasiento, pegado a la frente, gafas de culo de vaso, gabardina, pinta de intelectual... o más bien de empollón friqui. Llevaba en la mano una bolsa de deporte, de tamaño mediano.
"¿Y tú quién eres?", dijo uno. "Vendo enciclopedias", dijo el otro.
Ya por el gesto del potencial comprador pudo deducirse claramente que ni enciclopedias, ni nada que se le pareciera. Que semejante intromisión era, ante todo, una molestia supina. El vendedor, no obstante, continuó: "son de edición reciente... muy útiles...".
"¿Enciclopedias? ¿Pero estás tonto? Ya nadie compra enciclopedias. Fuera de aquí".
El tipo intentó cerrar la puerta, y el vendedor, en un gesto de osadía sin precedentes en su profesión, la detuvo con el pie.
"¿Cómo te atreves, bastardo, largo de aquí o te la vas a llevar?"
"Un momento, permita que le enseñe...".
Pero el tipo no necesitaba que le enseñasen nada. Se le notaba nervioso. Echó mano al bolsillo y sacó una pequeña navaja suiza con la que amenazó al tipo.
"He dicho que te largues".
Fue entonces cuando el vendedor echó mano a la bolsa de deporte, qué determinación, hubiera dicho cualquiera, un vendedor capaz de mostrar sus enciclopedias incluso a punta de navaja, pero no fue una enciclopedia lo que sacó, sino un cuchillo de cocina de un tamaño considerable, y lo blandió con tal rapidez y decisión que, cuando quiso darse cuenta, el tipo ya lo tenía clavado en el cuello.
Quiso responder con su navajita, pero ya no le respondían los brazos; quiso decir algo soez, pero de su garganta solo brotaban borbotones de sangre; lo último que vio, antes de morir, fue como el vendedor de enciclopedias lo agarraba y lo metía en casa...
viernes, 18 de noviembre de 2011
13. El camino de baldosas amarillas
-Y bien, Morales,
¿alguna novedad?
Morales sacó un dossier y comenzó a leer. El comisario se preguntó de dónde narices había sacado tiempo para poner por escrito el estado del caso. Lo comprendió rápidamente, sin embargo: de un lado, el friquismo de su ayudante; de otro, los escasos datos realmente disponibles.
- Nada, jefe, un trozo de folio como otro cualquiera.
- ¿Entonces?
- Estamos a la espera del análisis grafológico...
- El móvil.
- ¿El teléfono móvil?
- No, jefe, el móvil, la causa del crimen...
- Coño, Morales, ya sé qué es el móvil, no me vengas dando lecciones que te arreo y te mando con tu jerga de CSI a dirigir el tráfico. ¿Qué pasa, tenemos un posible móvil?
- ¿Qué escribe el asesino en el papel que prende de los párpados de sus víctimas como firma?
- Gutiérrez...
- Eso es, jefe. El móvil es usted. El asesino le conoce y probablemente le odia. Tiene que hacer una lista de posibles sospechosos.
- Pues poca cosa,
jefe. El asunto está como sigue.
Morales sacó un dossier y comenzó a leer. El comisario se preguntó de dónde narices había sacado tiempo para poner por escrito el estado del caso. Lo comprendió rápidamente, sin embargo: de un lado, el friquismo de su ayudante; de otro, los escasos datos realmente disponibles.
- No hay testigos
del segundo asesinato, al menos por ahora. Los testigos del primero,
es decir, el barman, no aportan gran cosa. No hay sangre del agresor,
ni huellas, ni arma del crimen. Los imperdibles pueden encontrarse en
cualquier centro comercial y tampoco nos revelan nada..
- Vale, vale,
Morales, joder, no seas cenizo. No tenemos nada entonces...
El comisario
quedó pensativo. Aquello pintaba igual de negro...
- Bueno, el
papel...
- ¿Qué nos dice el papel?- Nada, jefe, un trozo de folio como otro cualquiera.
- ¿Entonces?
- Estamos a la espera del análisis grafológico...
¿Grafología?
¿Ese era el camino de baldosas amarillas que tenían que seguir? ¿Un
juego de niños? ¿Un ejercicio de brujería? ¿Una patochada? Si
dependían de la grafología estaban apañados...
- O...
- O qué, Morales, habla ya -dijo
mientras pensaba que este Morales le ponía tan nervioso con su
pachorra que le entraban ganas de fumar.- El móvil.
- ¿El teléfono móvil?
- No, jefe, el móvil, la causa del crimen...
- Coño, Morales, ya sé qué es el móvil, no me vengas dando lecciones que te arreo y te mando con tu jerga de CSI a dirigir el tráfico. ¿Qué pasa, tenemos un posible móvil?
- ¿Qué escribe el asesino en el papel que prende de los párpados de sus víctimas como firma?
Gutiérrez bajo
la voz, como si el despacho estuviera lleno de micrófonos.
- Gutiérrez...
- Eso es, jefe. El móvil es usted. El asesino le conoce y probablemente le odia. Tiene que hacer una lista de posibles sospechosos.
Gutiérrez
carraspeó. Ya lo sabía, solo que trataba de evitarlo. Redactar una
lista con sus conocidos y con aquellos que podrían tener motivos
para odiarle iba a ser tan engorroso como sacar la lista de invitados
de una boda. Un coñazo, vamos.
Puto camino de
baldosas amarillas...
jueves, 13 de octubre de 2011
12. El duelo final
Por fin había llegado el momento. Se encontraba cara a cara con el asesino. Un tiro certero le había dejado herido y tirado en el suelo, al tiempo que había liberado al rehén que este sostenía. Tantas prácticas de tiro en comisaría habían dado su fruto.
Así que, después de tanto tiempo, tanta búsqueda y tanto asesinato, la hora final había llegado. Se acercó caminando con firmeza y seguridad. El asesino estaba consciente, herido en el hombro, con el arma en el suelo. Por un momento amenazó con recogerla, pero el agente de policía le apuntó y le miró con frialdad.
"Sé lo que estás pensando, cerdo. Si disparé 6 balas o solo 5. Te aseguro que yo también he perdido la cuenta...".
Pause.
El comisario Gutiérrez se levantó corriendo del sofá. Lo malo de ver Harry el sucio y tomarse cuatro cervezas por el camino es que difícilmente llegas a la escena final sin tener que ir al baño. Joder. Eso no pasa con el vodka. La próxima vez se apunta a la petaca. Y esa escena no se puede ver con la vejiga a reventar. Hay que disfrutarla. Dicen estudios científicos que las ganas de orinar disminuyen la capacidad de atención. Qué listos los científicos. ¿Imaginas que a Harry el sucio le entren ganas de orinar en mitad de un tiroteo? No joder, esas cosas no pasan en las películas, esas cosas solo pasan en la vida real. La realidad supera, una vez más, a la ficción. Porque la ficción, ficción es, desde luego, pero qué bien te lo pasas con ella, maldita sea...
El comisario volvió a su sofá, se sentó y pulsó el botón de play. Sí, definitivamente, la ficción era mejor. La realidad, en realidad, era una mierda. Mira la cara del asesino, con esa tirita en la nariz rota y esa mirada de desequilibrado. ¿Será su día de suerte?
Así que, después de tanto tiempo, tanta búsqueda y tanto asesinato, la hora final había llegado. Se acercó caminando con firmeza y seguridad. El asesino estaba consciente, herido en el hombro, con el arma en el suelo. Por un momento amenazó con recogerla, pero el agente de policía le apuntó y le miró con frialdad.
"Sé lo que estás pensando, cerdo. Si disparé 6 balas o solo 5. Te aseguro que yo también he perdido la cuenta...".
Pause.
El comisario Gutiérrez se levantó corriendo del sofá. Lo malo de ver Harry el sucio y tomarse cuatro cervezas por el camino es que difícilmente llegas a la escena final sin tener que ir al baño. Joder. Eso no pasa con el vodka. La próxima vez se apunta a la petaca. Y esa escena no se puede ver con la vejiga a reventar. Hay que disfrutarla. Dicen estudios científicos que las ganas de orinar disminuyen la capacidad de atención. Qué listos los científicos. ¿Imaginas que a Harry el sucio le entren ganas de orinar en mitad de un tiroteo? No joder, esas cosas no pasan en las películas, esas cosas solo pasan en la vida real. La realidad supera, una vez más, a la ficción. Porque la ficción, ficción es, desde luego, pero qué bien te lo pasas con ella, maldita sea...
El comisario volvió a su sofá, se sentó y pulsó el botón de play. Sí, definitivamente, la ficción era mejor. La realidad, en realidad, era una mierda. Mira la cara del asesino, con esa tirita en la nariz rota y esa mirada de desequilibrado. ¿Será su día de suerte?
jueves, 15 de septiembre de 2011
11. Sospechosos habituales
- ¿Qué va a ser?
- Un vodka doble con hielo, un cenicero
grande y unas respuestas.
- ¿Y usted?
- Un zumo de zanahoria.
- Coño, Morales, no seas nenaza,
hombre...
- El zumo de zanahoria está bueno, jefe.
Y además tiene vitaminas.
- Joder, Morales.
- ¿Me va a preguntar por el asesinato?
Un colega suyo ya estuvo por aquí hace un par de días...
- ¿Un colega mío?
- Sí, otro periodista, uno con un
apellido alemán.
Mierda.
- Esto... ¿me dice su nombre, por favor?
- Santiago.
- A ver, Santiago, a ver si nos
entendemos... Comisario Gutiérrez, para lo que guste. No soy
periodista, como puede comprobar, sino policía.
- Ah, policía, bueno, en ese caso...
pensé que los policías no beben estando de servicio.
- Eso es en las películas.
Desde luego, cómo odiaba a los
camareros listillos.
- De todos modos, para un manual de buena
conducta, aquí tiene a mi compañero.
Morales despertó del trance hipnótico
en el que le había sumido chupar el zumo de zanahoria con la
pajita.
- Bueno, a lo que vamos, supongo que
usted vio al asesino.
- Sí, estuvo por aquí, se bebió una
copa y habló con la víctima. Salieron juntos.
- ¿Algo que pueda recordar?
- No, lo siento, como ya le dije a su
compañero, quiero decir, perdón, al periodista, -Gutiérrez suspiró-
no recuerdo nada.
- ¿Algún detalle en particular? Barba,
gafas...
- Puede que llevara gafas, sí, o
perilla, pero puede que no... gafas, sí, quizá, o se las quitó
luego, no sé, el caso es que al salir creo que no llevaba...
- ¿Cómo era su rostro, su estatura, su
acento...?
- Todo normal. Era un tipo normal, así,
como usted...
- ¿Qué insinúa?
- Nada, nada, solo eso, que era normal,
no puedo decirle nada más...
- ¿De qué hablaron?
- Ni idea, yo no escucho las
conversaciones de los clientes, es de mala educación.
"Pues menuda birria de camarero",
pensó Gutiérrez.
- ¿Cree que le reconocería si volviera
a verlo?
- Puede ser, quizá no, no sé...
El camarero se fue a atender a otro
cliente, Gutiérrez resopló, Morales apuró el zumo.
- Qué tipo tan majo, ¿verdad, jefe?
- Anda, Morales, vámonos de aquí, ya
volveremos en otra ocasión. ¿Cuánto se debe?
- Invita la casa -oyó desde el final de
la barra.
En fin, eso debía de ser lo único
bueno que tenía el barman de las narices.
"Menuda ayuda", pensaba
Gutiérrez mientras salían. La cosa comenzaba mal. Y, para colmo,
Gutiérrez se subió al coche con la desagradable sensación de estar
siendo observado...
lunes, 29 de agosto de 2011
10. Una visita de cortesía
- ¿Sí?
El Comisario Gutiérrez había dejado claro en multitud de ocasiones que siempre era mal momento para llamar a la puerta de su despacho. Lo sabía Morales, lo sabía Eulalia, lo sabían todos en la comisaría. Por eso le irritaron tanto aquellos golpes decididos, autoritarios.
Asomó la cabeza un tipo peculiar. Estaba seguro de haberlo visto en alguna parte. Gabardina, cámara de fotos colgando del cuello, bloc y lápiz en la mano. Sus primeras palabras confirmaron los temores del Comisario.
- ¿Puedo pasar? Soy Jorge Streller, periodista.
- ¿Jorge Streller?
- Sí, es alemán.
Lo dijo como si hubiera pasado toda una vida repitiéndolo. “Es alemán”. Una táctica de distracción, desde luego, porque mientras Gutiérrez se perdía en los entresijos de la onomástica germana el periodista tomaba la duda como una afirmación y se sentaba frente a la mesa del despacho. Gabardina… ¿por qué gabardina? Solo le faltaba una acreditación insertada en un ridículo sombrero para retroceder a los años 50 y resultar el típico reportero de película norteamericana.
- ¿Puedo fumar? Dijo mientras sacaba un paquete de cigarrillos y aspiraba el aroma a tabaco rancio del despacho.
- Por supuesto que no, ¿qué se ha creído?
El desprecio implícito en la respuesta le pasó desapercibido, guardó el paquete con elegancia y comenzó un improvisado y apresurado interrogatorio:
- Tres muertos en poco tiempo, señor Comisario. ¿Hay alguna relación entre los crímenes?
- No voy a contestar a eso.
- ¿Pueden ser obra del mismo asesino? ¿Podemos estar ante un asesino en serie?
- ¿Cómo coño ha entrado usted aquí?
- ¿Tiene alguna pista que no haya trascendido aún a la prensa?
- Largo.
- ¿Deja el asesino alguna señal, algún rastro distintivo de sus crímenes?
El Comisario Gutiérrez palideció en un primer momento, enrojeció en el siguiente, increpó mentalmente al periodista presente, a su profesión en general, a los que hablan sin saber y a los que sin saber terminan por dar en el clavo, a todos los asesinos en serie, a los que juegan con la policía y, en especial, a los que juegan con él, y terminó diciendo:
- Fuera de aquí o le echo a patadas.
- Gracias, comisario, ha sido usted de gran ayuda. Estamos en contacto – fue la respuesta de Streller antes de ser sacado a empujones y de que la puerta se cerrara de un portazo.
No había tres asesinatos, sino dos asesinatos y un suicidio. Eso, de momento. Si la prensa ya estaba sobre la pista, es que había llegado de verdad el momento de ponerse manos a la obra.
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