jueves, 19 de diciembre de 2024

127.- La noche más larga

    - Comisario...

    Gutiérrez levantó la cabeza y aspiró una buena calada de su cigarro.

    - ¿Sí. Hortensio?
    - ¿Este que está en la celda es Smith?

    Por toda respuesta, Gutiérrez movió la cabeza lentamente.

    - Así es, Hortensio.
    - Pero lo trajimos hace dos días, ¿no?
    - Dos días y tres noches, para ser más exactos...

    Hortensio tragó saliva, como si tuviera que confesar algo realmente incómodo.

    - ¿No deberíamos soltarlo?

    Gutiérrez miró a su subordinado con llamaradas en los ojos.

    - Que le jodan, Hortensio. Que le jodan a Smith. Se ha querido reír de nosotros. Pues que le jodan.
    - Ya, pero el habeas corpus...

    Gutiérrez resoplaba por las fosas nasales, emitiendo un estruendo como de cachalote en celo.

    - Que le jodan al habeas corpus, Hortensio. Y si te pones pesadito, que te jodan a ti también. ¿Vale? ¿Alguna otra pregunta?
    - No, comisario.
    - Bien, así me gusta.

    El comisario Gutiérrez se encendió otro cigarrillo. Hortensio creyó ver, a sus pies, una pila de colillas que casi le llegaba a la rodillas...

domingo, 8 de diciembre de 2024

126.- La noche no siempre confunde

     Las noches en el puerto son frías, solitarias. Los buques amarrados semejan mastodontes esperando a que llegue la actividad frenética del nuevo día. Algún guardia de seguridad nocturno, insuficiente para tanto espacio y tanto recoveco, es el único signo de vida entre redes de pesca y olor a mar.

    Por eso el puerto, por las noches, es el lugar idóneo para negocios clandestinos.

    Los dos tipos llevaban maletines negros. Los dos se embozaban con los altos cuellos de los abrigos de invierno. Los dos portaban gafas oscuras, a todas luces innecesarias, pero que contribuían a hacer irreconocibles sus rostros.

    Todo era silencio. Ambos tipos se miraron, asintieron y, por todo saludo, se intercambiaron los maletines.

    Ya se disponían a alejarse el uno del otro cuando, repentinas como una tormenta, sonaron las sirenas, se encendieron los focos y un buen puñado de coches de policía los rodearon.

    De uno de ellos se bajó el comisario Gutiérrez.

    - Vaya, vaya... -dijo con sorna. - ¿A quién tenemos aquí?

    No fue necesario requisar las gafas para reconocer el rostro de Smith.

    - Señor Smith, qué tal...

    Smith guardó silencio.

    - A la comisaría con ellos, joder -sentenció el comisario. - Qué poco me gusta que me tomen por tonto...

jueves, 7 de noviembre de 2024

125.- Smith, Smith y Smith

    El teléfono comenzó a sonar. Smith entró en el despacho y tomó el auricular antes de que se apagaran los ecos del último timbre.

    - Smith al aparato...
    - ...
    - Sí, ya lo sé.
    - ...
    - Ya te digo, se lo han tragado entero.
    - ...
    - Seguimos con el plan, en efecto.
    - ...
    - Nos vamos a hacer de oro. Venga, hasta luego.

    Cuando colgó, a Smith se le dibujaba una sonrisa de oreja a oreja. El plan marchaba a las mil maravillas.

    No estaría tan contento, tal vez, si supiera que tenía el teléfono pinchado y que alguien inesperado había obtenido toda la información que necesitaba...

lunes, 28 de octubre de 2024

124.- Susúrrame un plan

     - Joder, comisario, repítemelo, que no me entero.

    El comisario se empezaba a cansar, aunque reconocía que el asunto mandaba huevos.

    - A ver, Hortensio. Otra vez. Y ve tomando nota, anda, para no tener que preguntarme más.

    Hortensio tomó lápiz y papel, se pasó la punta de grafito por la lengua y puso cara de interesante.

    - Empiece a cantar, comisario.

    Tras una mueca de disgusto, Gutiérrez recopiló lo que hasta entonces tenían.

    - Smith trabaja para dos empresas, Buenycao y Panterón. De hecho, y según nos ha dicho, trabaja para Buenycao, y espía para Panterón. Sucede que Buenycao va a sacar un producto que es la hostia, y Smith cree que en Buenycao piensan que él les va a ir con el cuento a Panterón.
    - Cosa que no es verdad.
    - Eso dice él, Smith.
    - Y en las empresas...
    - En Buenycao lo adoran. Eso dice su presidente ejecutivo, Atilio Esquimez.
    - Ya, pero Smith no lo ve tan claro.
    - No, en efecto. Y yo ya no me creo nada.
    - ¿Y en Panterón?
    - En Panterón no lo tragan. Al menos Lapuente, el ejecutivo máximo.
    - Con razón, ¿no? Si les espía.
    - Pero ellos no lo saben.

    Hortensio se rascó la sien.

    - Vaya lío, ¿no? Y entre medias, nos ponen micrófonos hasta a nosotros.
    - Así es.
    - ¿Y qué hacemos ahora?
    - Ven, acércate...

    Gutiérrez acercó su boca al oído de Hortensio y estuvo susurrándole durante un buen rato, mientras este asentía. Mejor que el plan quedara en secreto, y donde hubo micrófonos una vez podría volver a haberlos...

domingo, 6 de octubre de 2024

123.- En bollos Panterón

     En bollos Panterón la cosa resultó al revés. Totalmente al revés.

    - Entre usted y yo, y ya que me lo pregunta, es un gilipollas.

    Quien pronunció esa frase no fue Gutiérrez, aunque podía haberlo sido, sino Lapuente, el ejecutivo máximo de Panterón. El comisario flipaba.

    - Ya veo...
    - Lo que le digo, un auténtico gilipollas, ese Smith. Siempre con esos aires de superioridad. ¿Se puede creer que viene aquí y me habla de tú a tú, como si yo tuviera algo que aprender de él? Una patada en el trasero y una buena hostia, es lo que se merece.

    A Gutiérrez, que estaba calibrando la relación que había entre una hostia y una patada en el trasero, le dio por meter el dedo en la llaga.

    - ¿Y por qué no lo echan? Si es tan gilipollas...

    A Lapuente se le abrieron los ojos como si fuera a disparar por ellos ráfagas de metralla. Luego puso tal cara de asco que Gutiérrez, pensando que iba a vomitar, se echó hacia atrás en su asiento.

    - Joder, comisario... es que es bueno, el cabrón, ¿sabe? No se puede ni imaginar los ingresos que llega a proporcionar... y el dinero, ya sabe...

    Sí, Gutiérrez sabía. El dinero sí que era la hostia, y los ejecutivos de las empresas, aunque fueran de bollos y pastelitos, perdían el culo por él.

    Todavía, tras despedirse, y mientras salía del despacho, Gutiérrez podía oír a Lapuente susurrando para sí:

    - Es que es jodidamente bueno, el gilipollas...

miércoles, 4 de septiembre de 2024

122.- El presidente ejecutivo

     La fábrica de Buenycao era, de grande, casi una ciudad. Varios edificios se especializaban en distintas fases de una producción ingente.

    - El emporio Buenycao... -susurró Gutiérrez.
    - ¿Perdone?
    - Nada, nada...

    El presidente ejecutivo de Buenycao había recibido a Gutiérrez de buen grado. Se había presentado como Atilio Esquimez, don Atilio, para el común de los empleados. Tras recibir un ilustrativo y laudatorio paseo por las instalaciones, Gutiérrez había ido al grano.

    - Quería preguntarle por uno de sus empleados, Smith.

    Gutiérrez creyó observar que el rostro de don Atilio se ensombrecía.

    - ¿Smith? Sí, es jefe de sección. Un gran empleado, y una excelente persona. Me consta. ¿Por qué?
    - Por nada en particular... dicen por ahí que tiene algunos problemas personales...
    - ¡Oh, qué fatalidad! Ojalá todos mis empleados fueran felices, comisario. Pero es tan complicado...
    - Me hago cargo, don Atilio.

    Se despidieron con buenas palabras. Un tipo afable, don Atilio. Ese tipo de jefes que guarda un secreto. Ese tipo de personas que, a la mínima, te clava un puñal por la espalda. O se pone a espiarte...

sábado, 24 de agosto de 2024

121.- Demasiada gente

    Hortensio entró en el despacho como un torbellino.

    - ¡Comisario, comisario!

    Gutiérrez, que se había quedado traspuesto en la silla, dio un respingo.

    - Hortensio, joder. Te tengo dicho que llames antes de entrar y que no grites...
    - Pero, comisario... Tengo los resultados del visionado de la cámara. Me he pasado la noche en vela.

    Gutiérrez había tenido una noche aún peor. Pesadillas y obsesiones con cámaras que lo vigilaban, y con gente rara que se escondía para observarlo.

    - ¿Y bien?
    - Nada, comisario. Es la cámara de la entrada de la comisaria, ya sabe. Por ahí pasa demasiada gente. Cualquiera puede haberlo hecho. Hasta el de la limpieza.

    Gutiérrez se frotó la cara, bostezó y sacó un cigarrillo.

    - ¿Y para eso tanta emoción, Hortensio? -dijo mientras lo encendía.
    - Me gusta mi trabajo, comisario.
    - Tú veras...

lunes, 12 de agosto de 2024

120.- El de la limpieza como punto de partida

     Hortensio, siempre discreto y servicial, se guardó muy bien de expresar en voz alta su opinión cuando Gutiérrez le contó el tema del espionaje doble y el de la guerra oculta entre los Buenycao y los Panterón.

    - ¿Y si miramos las grabaciones de las cámaras para ver quién colocó el micrófono? -preguntó, por ser constructivo.

    Gutiérrez se puso tenso.

    - ¿Cómo? ¿Insinúas que tengo cámaras en mi despacho?
    - Bueno, para los interrogatorios...
    - Y una mierda -concluyó Gutiérrez. - En mi despacho no entra un micrófono ni por todo el oro del mundo...

    Hortensio tragó saliva...

    - Bien, pues en las cámaras de la entrada a la comisaría, o en la casa de Smith, o en la empresa...
    - Eso ya me gusta más...
    - No hace falta -dijo entonces Mel, que había acudido a saludar y se había quedado a curiosear las vicisitudes del último caso.

    Los dos policías miraron al escritor.

    - ¿Insinúas que has resuelto el caso, Mel?
    - Yo lo veo claro -dijo, este, con una sonrisa. - Ha sido el de la limpieza. Siempre es el de la limpieza...
    - No jodas, Mel, anda, majo...

martes, 6 de agosto de 2024

119.- El cacao como fuente de conflictos

     Smith necesitó desplegar todas sus habilidades didácticas para que Gutiérrez no le soltara un sopapo. Que si era una labor industrial de primer nivel, que si era un sector con una competencia feroz, que si había millones en juego...

    - La cosa es, comisario, que Buenycao va a sacar una nueva hornada de productos, nunca mejor dicho. Una nueva promoción, mejorada. Tengo una información que vale millones...
    - Un momento -interrumpió Gutiérrez extendiendo una mano con la palma hacia adelante, como un guardia de tráfico. - Has dicho antes que eras un espía doble, ¿no?
    - Así es, en efecto.
    - Eso quiere decir, si no me equivoco, que hay una empresa de la competencia que piensa que le estás dando información secreta sobre los Buenycao.
    - Si. Pero, en realidad...
    - Pero, en realidad, informas a los Buenycao que los proyectos que esa otra empresa tiene, y a los que tienes acceso...
    - Y a los que tengo acceso porque, obviamente, al ser espía, tengo amigos y contactos. Pero mi principal misión es la desinformación. Mandarle a la competencia información falsa, planes inventados, para condicionar de forma errónea su respuesta.

    Gutiérrez se quedó pensando. Una multitud de datos se cruzaban en su cabeza a velocidad vertiginosa.

    - Joder... -dijo, por fin.

    Se encendió un cigarro. Aspiró tranquilamente.

    - Llegados a este punto, tengo tres preguntas, Smith.

    Este asintió.

    - Primera: ¿cuál es la empresa de la competencia de la que hablamos?
    - Panterón. Bollos Panterón.
    - Vaya tela... Segunda: ¿cómo se mejoran los bollos Buenycao?

    Smith miró a uno y otro lado. Y bajó la voz.

    -¿Me promete guardar el secreto, comisario?
    - Por favor, soy un profesional...

    Smith susurró, de forma casi inaudible.

    - Más cacao...
    - Vaya tela...Tercera: ¿me confirma la empresa a la que usted le guarda fidelidad? Ya me estoy perdiendo...
    - Buenycao. Pero creo que ellos piensan que les espío.

    Gutiérrez apuró el pitillo y se rascó el ojo.

    - Vaya tela...

jueves, 25 de julio de 2024

118.- Un bollito de chocolate

     - ¿Pero cómo coño han metido los micrófonos? ¿Cómo sabían que vendrías, que hablaríamos aquí?

    El comisario Gutiérrez se subía por las paredes. Se mesaba los cabellos, se atusaba el bigote, se rascaba la sien y la punta de la nariz, se mordía los labios y parpadeaba descontroladamente. Al mismo tiempo, se fumaba un cigarrillo tras otro mientras apuraba su petaca y pensaba con qué rellenarla para apurarla de nuevo.

    - Lo saben todo, comisario. Prevén nuestros movimientos. Son... somos profesionales -contestó Smith para echar más leña al fuego.

    Gutiérrez no tenía claro si aquello le quedaba grande. Él estaba dispuesto a darse de hostias con quien hiciera falta... pero que te espíen en comisaría... eso era juego sucio.

    - A ver, tú... Smith. Dime. ¿Para qué empresa espías? A ver si así comenzamos la investigación.
    - No sé si debería...
    - Joder, ya vale de gilipolleces de espía, Smith de los cojones. Que me digas para quién espías y punto, coño. ¿Si no, para qué vienes a verme?

    Smith asintió. Los argumentos de Gutiérrez eran convincentes.

    - Pues espío para una empresa de bollitos. Pastelitos Buenycao.
    - ¿Perdona?
    - Rellenos de chocolate, están buenos. Buenycao.
    - ¿Bollos de chocolate?

    Por un momento, Gutiérrez estuvo a punto de tirarle a Smith la petaca a la cabeza. Afortunadamente, el contenido de esta era valioso. El de la petaca, no el de la cabeza.

    Tras contener el primer impulso, el comisario respiró hondo.

    - A ver... tú no me estás vacilando, ¿verdad?

lunes, 15 de julio de 2024

117.- Agente doble

     - A ver, comisario... todo esto quedará entre usted y yo, ¿verdad?

    Gutiérrez hizo una mueca de disgusto que Smith quiso entender como un asentimiento.

    - Pues, como le decía, soy agente doble. Espionaje industrial, se puede imaginar. Secretos de empresa, prototipos de productos, proyectos para la temporada próxima. Una empresa cree que espío para otra, pero en realidad a esa otra le digo lo que veo en la primera...
    - Joder.
    - Sí, comisario, es jodido. Y arriesgado. El caso es que últimamente tengo la sensación de que me siguen, me observan, me escuchan, conocen mis movimientos con antelación...
    - Y no sabe qué empresa es la que lo está haciendo, ¿verdad?
    - Verdad.

    Gutiérrez se echó hacia atrás en su asiento, encendió un pitillo, expulsó el aire hacia arriba.

    Mientras tanto, Smith se había agachado y se perdía debajo de la mesa del comisario.

    - ¿Qué coño hace?

    Por toda respuesta, Smith levantó la cabeza sobre la horizontalidad superior de la mesa, se llevó el índice a los labios y pidió silencio al tiempo que invitaba al comisario a bajar con él.

    Gutiérrez le iba a mandar a la mierda, pero pudo más la curiosidad. Se agachó.

    - ¿Qué es eso ahí enganchado? ¿Un chicle? -preguntó por señas.
    - Un micrófono -susurro el espía.
    - ¿Un jodido micrófono en mi mesa? -gritó Gutiérrez.
    - Calle, calle -se desesperó en vano Smith. - Que se van a enterar de que los hemos descubierto.
    - ¡La madre que los parió! ¡Que les zurzan a todos!

    Gutiérrez, entonces, le dio un manotazo al micrófono, que cayó al suelo, se quitó el zapato y comenzó a arrearle al aparato, como si fuera una cucaracha, hasta hacerlo migas.

lunes, 8 de julio de 2024

116.- El espía del espía

     La vida, a veces, era aburrida. Eso pensaba Gutiérrez, mientras miraba por la ventana de su despacho y su fumaba un cigarrillo. Soporífera.

    De todos modos, casi prefería el sopor a la estresante actividad investigadora, al roce con personas de mala fe, al riesgo continuo e incontrolado.

    Por eso, cuando Hortensio le dijo que alguien estaba buscándolo, no supo si tomarlo como una buena noticia, o como una mala.

    Quien atravesó el umbral era un tipo extraño. Gafas de sol, sombrero de ala ancha a la moda antigua, porte intachable y esa elegancia, aparentemente casual, de quienes saben lo que hacen y lo que se proponen en la vida.

    - Creo que me están espiando -dijo mientras se sentaba, sin dar, siquiera, tiempo a las presentaciones.
    - Pues yo no soy quien le espía, así que me va a tener que dar su nombre, al menos.
    - Puede llamarme Smith.
    - Venga ya, no me jodas.

    A Gutiérrez siempre le habían sacado de quicio los soplagaitas que se tomaban su vida como una representación en la que molaba sobreactuar. Se decía, entonces, que era en esos momentos en los que su papel como servidor público adquiría toda su heroica dimensión.

    - O sea, señor Smith -dijo con sorna-, que alguien le espía. ¿Alguna sospecha de quién puede ser?
    - No.
    - Vaya, veo que es usted de gran ayuda... ¿Tiene familia?
    - No.
    - ¿En qué trabaja?
    - Entre usted y yo, y sin que nadie más lo sepa -dijo el señor Smith bajando la voz-... soy espía.
    - Venga ya, no me jodas dos veces...

lunes, 1 de julio de 2024

115.- Sobre la bocina

     A falta de diez segundos, los Lechones perdían de uno. Habían pedido tiempo muerto, y tenían la posesión.

    Hortensio se desgañitaba en la grada animando a su equipo. Durante el descanso se había comprado una gorra en uno de los puestos de mercadotecnia situados en los pasillos de entrada, y entre eso y la banderola que el equipo había dejado en cada asiento clavaba la típica imagen de energúmeno.

    Gutiérrez daba gracias a Dios por llevar siempre consigo una petaca de vodka bien llena. Ya casi la había acabado.

    - ¡Lechones, Lechones! -gritaba el público enfervorizado.

    Habían llegado por los pelos. Conde no había tenido tiempo ni de calentar. Lo habían metido corriendo y le había costado entrar en calor. Aun así, los Lechones llegaban al final con opciones.

    El reloj comenzó a correr. Recibió el balón Constantino, evitó la falta y avanzó a campo contrario. Entonces pasó una bola picada a Conde, que se destacaba en la bombilla.

    Conde recogió la bola y, a la media vuelta, lanzó a canasta justo cuando la cuenta atrás se acercaba a su final.

    La bola entró. El estadio se vino abajo. Todos corriendo a abrazar a Conde. Gutiérrez miró a Hortensio. Estaba llorando de emoción. Abrazó a Gutiérrez. Le besó en la mejilla. Le hizo saltar para celebrarlo.

    De repente, Gutiérrez entendió por qué a todos estos locos les gustaba el baloncesto.

    - Están como cabras, joder -murmuró, mientras volvía a sentarse y apuraba la petaca.

miércoles, 26 de junio de 2024

114.- Último cuarto

    No fue difícil arreglarlo. En cuanto Gutiérrez se quitó el bigote de Tkachenko y se identificó como policía, todos los clientes de la casa de apuestas salieron volando. Los clientes, y los empleados. Y los dueños. Allí no quedó nadie más que Conde, sentado en el sofá, cabizbajo y preocupado.

    Ahora estaban los tres en el coche oficial, saltándose semáforos para poder llegar a la final, que comenzaba en unos minutos.

    - ¿Cómo te juntas con esa gente, alma de cántaro? -le preguntaba Gutiérrez.
    - La he cagado, la he cagado... -repetía Conde como una letanía.

    La verdad era que los 2 metros y 20 centímetros de Conde apenas cabían en el asiento trasero. Era chocante ver lamentarse a un tipo tan grande. Incluso cabizbajo podría mirar a Gutiérrez y a Hortensio desde las alturas.

    El asunto había quedado claro en unos segundos. Se había metido en cuestiones de apuestas. Se había endeudado. Le habían propuesto dejarse perder la final. Él se había negado. Así que los tipos del bigote lo habían "invitado" a quedarse con ellos bajo coacción, una especie de secuestro exprés con liberación inmediata tras el partido.

    - Ánimo, Conde, que aún podemos. ¡Vamos, Lechones! -gritaba Hortensio, fuera de sí.

    El pívot levantó la vista. Gutiérrez, que lo observaba por el retrovisor mientras se saltaba otro rojo y casi atropellaba a una señora mayor, vio en sus ojos esa chispa de renacimiento que tanto se realza en las películas.

    Conde había vuelto.

    Aunque a él, personalmente, le importaba un comino.

miércoles, 19 de junio de 2024

113.- Penetración con bandeja

     - ¿De verdad era necesario? -se preguntaba el comisario Gutiérrez, sorprendiéndose a sí mismo por haber aceptado aquella idea de bombero de Hortensio.
    - Que sí, comisario -le decía este. - Que un disfraz discreto es la mejor manera de pasar desapercibido. Y si todos van a ir con bigote en ese sitio, pues nosotros también.

    Gutiérrez no estaba tan de acuerdo, y le empezaba a molestar ese pedazo de mostacho que colgaba bajo su nariz.

    - Parezco Pancho Villa, joder.
    - Parece más bien Tkachenko.
    - ¿Quién?
    - ¡Vladímir Tkachenko, el pívot de la Unión Soviética! Un tipo brutal. 2,20 medía.
    - Anda y que te jodan, Hortensio.
    - A sus órdenes, jefe -contestaba este con sorna.

    Ahora ya estaban dentro. Les había franqueado la entrada un portero muy serio, muy alto, no tanto como Tkachenko, pero con bigote, por supuesto. Afortunadamente, no se usaba contraseña; en caso contrario, hubieran durado un suspiro.

    No hacía falta ser muy listo para saber lo que había en el interior de la puerta roja. Un par de timbas, otras tantas ruletas, varios televisores con emisiones deportivas. Todo en negro, por supuesto.

    - Una casa ilegal de apuestas, comisario.

    Un par de viejos miraban un partido de la liga alemana. Dos tipos malencarados sacaban cartas, alternativamente, de una baraja. Un adolescente lleno de granos se perdía entre las cifras que le mostraba una pantalla. Todos, menos este último, portaban un poblado bigote. "Será casualidad", pensaba Gutiérrez al comprobarlo.

    Una señora al otro lado de la barra, también con bigote, parecía dispuesta a servirles el trago que les apeteciera. Ya iba Gutiérrez a sacarse un vodka cuando Hortensio lo agarró del brazo.

    - Mire.

    Señaló a un rincón oscuro. Allí, sentado en un grupo de cinco personas, había un joven sin bigote.

    - Muy bien, Hortensio. Un tío sin bigote. Estupendo.
    - Es Conde, comisario.
    - ¿Quién?
    - Conde, joder. ¿A quién hemos venido a buscar?

    Cuando tu subordinado se pone insolente, o se está ganando una hostia, o tiene toda la razón del mundo.

miércoles, 5 de junio de 2024

112.- Tiempo muerto

    Hortensio apareció al rato. Gutiérrez quedó admirado por el hecho de que el joven policía no mostrara el más mínimo signo de agotamiento, como si no se hubiera hecho una carrera a la desesperada tras el tipo del bigote.

    Llegaba, además, con las manos vacías.

    - Lo he perdido, comisario.

    Gutiérrez se echó las manos a la cara.

    - Maldita sea, Hortensio. Ahora vuelta a empezar. Y será más difícil, porque ellos ya estarán avisados.

    Hortensio, entonces, levantó el dedo.

    - Creo no obstante, comisario, que sé dónde podemos encontrarlo.
    - Habla de una vez y deja de hacerte el interesante, anda.

    Pero eso, lo de hacerse el interesante, era ya inevitable.

    - Estuve merodeando por la zona por la que lo perdí. Un suburbio de callejones con pinta de estercoleros, qué le voy a contar. Pero hubo un lugar que llamó mi atención. Una puerta. Roja, e impoluta.
    - Y piensas -completó Gutiérrez- que ahí se cuece algo.
    - Ahí se cuece lo más grande, comisario.
    - Pues vamos, antes de darles tiempo a esconderse.

domingo, 19 de mayo de 2024

111.- Defensa individual

     Gutiérrez había llegado a la conclusión de que el entrenamiento que acababa de presenciar era lo más aburrido que había visto en su vida. Y eso que, supuestamente, era el día antes de la final, todo tensión, todo atención de los medios... él solo veía a tipos altísimos rozando su cuerpos sudorosos para conseguir meter la bola en la canasta.

    - Eso es, comisario. Veo que capta el mensaje. Colaboración, juego en equipo, estrategia para la consecución de un fin común. Un deporte de altura...

    Más allá del juego de palabras, Gutiérrez asumió que Hortensio no veía las cosas igual que él.

    Además, la cosa había concluido y no había dado con el tipo del bigote. Era extraño, no obstante. Si el tipo no sabía que había sido observado, si la desaparición de Conde respondía a algún tipo de plan, el tipo del bigote debería volver a hacer acto de presencia. Presentar sus demandas. Y antes de la final, o sea, en aquel entrenamiento.

    Constantino, desde la cancha, saludó a Gutiérrez agitando la mano.

    - Maldito inútil. Como para pasar desapercibido -pensó Gutiérrez.
    - Mira, comisario, nos saluda el capitán. ¡Vamos, Lechones! -gritó Hortensio, para vergüenza de su jefe.

    De repente, Constantino se detuvo en el centro de la pista y señaló a un lateral de las gradas. Gutiérrez miró. Allí había un tipo, medio oculto. En su rostro, un mostacho enorme.

    El tipo, al darse cuenta, comenzó a correr. Gutiérrez y Hortensio comenzaron una frenética carrera. No llevaban ni cien metros cuando Gutiérrez decidió que seria mejor si el joven Hortensio, prodigio físico, se encargara de las persecuciones.

    Y se detuvo a respirar un poco y fumar un cigarrillo.

jueves, 9 de mayo de 2024

110.- El tipo del bigote

    - Constantino me dijo que Conde había estado raro -comenzó a explicar Gutiérrez.
    - Qué grande, Constantino. Gran triplista.
    - Y gran emperador, Constantino el Grande, no te jode, Hortensio... ¿Quieres centrarte?
    - Claro, comisario.

    Gutiérrez, entonces, le contó lo que sabía. Que Constantino el Grande había visto a Conde inquieto, preocupado. Que se había interesado por él. Que le había dicho que creía que le perseguían y, al ser inquirido por las razones, se había cerrado en banda. Que, poco después, al acabar el entrenamiento, había visto a Conde hablando con un tipo con bigote. Un enorme bigote.

    - Y aquello fue lo último que se supo de él.
    - ¿Del bigote?
    - De Conde, joder, Hortensio. Céntrate. ¿Quieres encontrar al gigante este antes de la final o no?
    - Todo por los Lechones, comisario.

    Gutiérrez suspiró.

    - ¿Por dónde empezamos? -preguntó Hortensio.
    - Ya te lo he dicho. Por el tipo del bigote...

sábado, 20 de abril de 2024

109.- Tiro libre adicional

     - Conde.
    - ¿Conde? ¡Madre mía! ¿Y ahora qué hacemos? Que mañana es la final. ¡Vamos, Lechones!

    Gutiérrez no daba crédito. Por un lado, no dejaba de preguntarse quién había sido el lumbreras que le había puesto los "Lechones" al equipo de la ciudad. Supuso que sería "Leones", pero que alguien se equivocó al inscribirlo en la competición y ya no hubo marcha atrás. Por otro, no tenía ni idea de que Hortensio fuera aficionado al baloncesto.

    - A ver, lechón, déjate de memeces y vamos al grano.
    - Sin Conde no somos nada, comisario. Si tienes problemas, balones a Conde. Eso lo sabe todo el mundo. Un pívot determinante. Imparable en la zona.
    - Como si me hablas en chino, Hortensio. Lo que sí que sé es que parece que ha desaparecido.
    - Y solo tenemos un día para encontrarlo.

    Gutiérrez se encendió un cigarrillo, con parsimonia, simbolizando su falta de prisas.

    - A ver, si lo encontráramos pasado mañana tampoco pasaría nada...
    - La afición confía en nosotros, comisario. No podemos fallarles.

    Tanto símil deportivo estaba ya poniéndolo de los nervios.

    - En cualquier caso, propongo empezar por el tipo del bigote.
    - ¿Qué tipo del bigote, comisario?
    - Ah, sí, que aún no te lo había contado...

lunes, 8 de abril de 2024

108.- Desesperación en la cancha de baloncesto

    - Por favor, comisario, tiene que ayudarnos. Por favor...

    El gigante agarraba a Gutiérrez de los hombros y, en su desesperación, lo agitaba como una coctelera. Este, sorprendido y despistado, se preguntaba, en primer lugar, cuándo lo soltaría; en segundo, por qué hablaba en plural. "Igual es tan grande que se percibe como si fuera dos personas", pensó.

    - De acuerdo, de acuerdo. Para un poco y explícame qué coño te pasa.

    El tipo, por fin, se tranquilizó un poco y se sentó. Al estirar las piernas, tuvo que meterlas bajo la mesa del comisario, de tan largas que eran.

    - En primer lugar, ¿quién eres?
    - ¿No me conoce? Soy Constantino, el capitán del equipo de baloncesto.
    - Ah, pues no tengo el gusto.

    A Gutiérrez el baloncesto le importaba un pepino, y menos aún el equipo de la ciudad. De hecho, le ponían nervioso los famosos que piensan que, como son famosos, tienes que conocerlos.

    - Genial, Constantino. Ya vamos avanzando. ¿Qué es lo que te pasa?
    - Hemos perdido a nuestro pívot.
    - ¿Perdón?
    - Un jugador de nuestro equipo, Conde, ha desaparecido.
    - ¿Qué quieres decir, exactamente?

    Constantino resopló e intentó explicarse con calma.

    - Ayer no vino a entrenar. Ni hoy. Y mañana, como supongo que ya sabe, jugamos la final.

    Gutiérrez no tenía la menor idea sobre final alguna. Él estaba tranquilo, y en paz, hasta que Constantino llegó.

    - Puede haberse ido voluntariamente...
    - Eso es imposible. Además, anteayer, el último día que se le vio, se comportó de manera extraña...

    Gutiérrez encendió un cigarro.

    - ¿De manera extraña? Eso me lo tienes que contar bien. Por curiosidad, ¿cuánto mide Conde?
    - Es el pívot, comisario. El center. Mide 2,20.
    - ¿Dos metros y veinte centímetros?

    Constantino asintió. Gutiérrez pensó que, con ese tamaño, no podía ser difícil de encontrar...

miércoles, 13 de marzo de 2024

107.- Qué efímero es el dulce aroma de la satisfacción

     Por alguna razón el día marchaba bien. Tranquilo, placentero, si es que puede provocar algún placer pasar la mañana en el despacho.

    Los astros se habían alineado y, milagrosamente, una calma chicha reinaba en la comisaría.

    Gutiérrez había decidido disfrutar la ocasión y, mientras llegaba la hora del almuerzo, en la que pensaba bajar al bar a por alguna copita de licor, se había acomodado en su silla, con los pies sobre la mesa, se había encendido un cigarrillo y se había puesto a curiosear entre las noticias deportivas y de la prensa del corazón.

    Como decía Sherlock Holmes: "En los sucesos más triviales se encuentran los mayores misterios". Algo parecido decía también Streller, pero a este último no le gustaba tanto citarlo, no fuera a ser que se creyera importante, y todo, el tío...

    Alguien, entonces, llamó a la puerta, sobresaltando a Gutiérrez y sacándolo abruptamente de sus reflexiones.

    Gutiérrez espero a ver la cara de Hortensio, que vendría con cualquier bobada, para comenzar con su habitual sarta de improperios. Pero no solo la puerta permaneció cerrada sino que, al otro lado, alguien volvió a llamar.

    El comisario, entonces, se levantó, molesto. En primer lugar, por tener que levantarse; en segundo, porque si no abrían era porque se trataba de un desconocido. Es decir, problemas.

    Ya refunfuñaba mientras se acercaba. Lo que vio al abrir, no obstante, le hizo enmudecer.

    Ahí delante tenía a un gigante enorme, de más de dos metros, y con cara de muy pocos amigos.

    "Maldita sea", pensó Gutiérrez. "Se acabó la paz...".

miércoles, 6 de marzo de 2024

106.- Extrayendo conclusiones

     Gutiérrez estaba en éxtasis. Recostado en la silla de su despacho, con los pies sobre la mesa, le daba caladas al enésimo cigarrillo de la mañana mientras, de tanto en tanto, daba tragos furtivos a la petaca, llena de vodka.

    - Hoy estamos a gusto, ¿eh, comisario? -preguntó Hortensio mientras entraba en el despacho.

    Después de aguantar los llantos del Plenilunito y de meterlo en una celda, y después de echar a patadas al vecinito pesado, al agente indignado y al macguffin de la limpieza, habían salido a celebrarlo. Hortensio, Mel, Streller y él, Gutiérrez. Como si fueran colegas. No habían dejado un bar abierto.

    - No os creáis que esto se va a repetir muy a menudo -les gritaba Gutiérrez con voz de beodo mientras los demás se partían de la risa. - Mañana volvemos al tajo. El crimen no descansa.

    Ahora Gutiérrez tenía una resaca de la hostia. El crimen no descansaba, pero a él se le cerraban los ojos por momentos. Utilizaba el vodka para mantenerse despierto y alejar el dolor de cabeza, dos remedios en uno.

    Genial brebaje, digno de dioses.

    - Pensé que estaría enfrascado en una nueva lectura -dijo Hortensio, irónico.

     Gutiérrez sonrió.

    - Os engañé a todos, ¿eh? Pensabais que me había enganchado al bodrio de novela del Plenilunio, ¿verdad? Pues no, me había enganchado al bodrio de su testamento.

     Hortensio asintió.

    - Absolutamente, comisario. Fue buenísimo. Y todo ese teatrillo para crear tensión, y esas referencias a Poe. No le tenía por un conocedor de las técnicas teatrales, ni de la literatura decimonónica.

    Gutiérrez se echó un poco más hacia atrás.

    - Todos tenemos un pasado, Hortensio. Y lo vamos enriqueciendo con el tiempo. Eso sí, no te lo voy a contar.
    - Menos mal, porque seguro que es un tostón de historia. Mejor guárdeselo.

    El comisario, entonces, miró a su subalterno con fingida severidad.

    - Vaya, estás hecho un cabroncete sarcástico, ¿eh, Hortensio? Veo que aprendes rápido...

    Sonrió, y le pasó la petaca. Hortensio le devolvió la sonrisa, y la petaca, no sin antes apurar un buen trago.

martes, 20 de febrero de 2024

105.- El dedo acusador

    Gutiérrez se divertía como un niño.

    - "La carta robada", caballeros. Aquel relato de Poe, con Dupin como protagonista, en el que el detective encuentra la carta en la casa del ladrón, una carta que la policía no había encontrado tras un minucioso registro, precisamente porque la carta estaba pretendidamente a la vista de todos.
    - ¿Cómo? -preguntaron al unísono varios de los presentes.
    - Que todos buscaban la carta en lugares ocultos, y nadie pensó que la carta estaría en un lugar fácilmente deducible.
    - Ah... - respondieron.
    - Decidí, entonces, buscar el testamento en el lugar más querido por Plenilunio. Le pregunté a Hortensio por su novela más exitosa, la recogí del suelo... et voilà!

    Gutiérrez levantó su ejemplar de Muerte bajo el sol. Se oyó entre los presentes algún suspiro ahogado.

    Nadie daba crédito, especialmente Mel, Hortensio y Streller, que acababan de oír al comisario soltar un discurso sin palabrotas y terminando con una expresión en francés. En cuanto al resto, la inquietud era evidente.

    - Tengo en mis manos, encerrado entre las tapas de Muerte bajo el sol, el último testamento de Roberto Plenilunio. En él hay cambios suculentos. Decide, de hecho, donar su fortuna a una fundación que debería llevar su nombre y que promocionaría a jóvenes escritores. Y, para ello, le arrebata esa fortuna de las manos a alguien que, al enterarse, decidió asesinarlo. Y esa persona es...

    Si en ese momento hubiera redoblado un tambor, algún corazón habría dejado de latir.

    - ¡Tomás Plenilunio, el hijo de la víctima! Hortensio, detenlo.

    Lo acusó señalándolo con el dedo, como mandan los cánones. El momento fue tan dramático que todos rompieron a aplaudir. Todos menos Hortensio, claro, que acudió presto a poner las esposas; y menos Tomás, claro, que ya estaba empezando a llorar.

miércoles, 14 de febrero de 2024

104.- La disertación

    Gutiérrez dio otra calada a su pipa y observó el rostro anonadado de todos los presentes.

    - Les he reunido aquí, caballeros... porque ya he encontrado al asesino de Roberto Plenilunio.

    Se levantó una ola de susurros entre los presentes.

    - Es más, el asesino se encuentra presente entre nosotros... y lo puedo demostrar.

    La ola de susurros se transformó en un silencio de interés y expectación. Había que ver la cara del vecino de la víctima, del hombre de la limpieza, del agente y del hijo. Hasta los compañeros de fatigas de Gutiérrez mostraban el mayor interés en comprobar qué se traía entre manos el comisario...

    Gutiérrez dio otra calada a la pipa y se apoyó sobre la mesa, buscando comodidad. Estaba disfrutando como un niño, y se le notaba.

    - La clave, caballeros, la tiene C. Auguste Dupin, como no...
    - ¿Quién? -preguntó el vecino.
    - Dupin, el detective -contestó el agente-. Calla y deja que hable.
    - En efecto. Dupin, el detective, la creación de Edgar Allan Poe.

    "Pues vale", pareció pensar el vecino aunque, obedeciendo las recomendaciones, guardo silencio y esperó que Gutiérrez continuara.

    - Cuando encontramos revuelta la casa de Plenilunio tuve la certeza de que el asesino buscaba algo. Algo cuya existencia desconocía cuando cometió el asesinato, pues no había desorden en la escena del crimen; o algo que ya creía haber destruido, pero que alguna circunstancia, tal vez nuestras preguntas, compañeros -y miró entonces a Hortensio, Streller y Mel- había vuelto a sacar a relucir.
    - ¡Qué interesante! -dijo, como hablando para sí, el de la limpieza.
    - Ya teníamos la impresión de que ese algo, caballeros, era un testamento, tal vez un testamento secreto de última hora que haría cambiar de manos la herencia del escritor.
    - ¿Un testamento? -preguntó el agente, mientras empalidecía.
    - ¡Claro, un testamento! -casi gritó el vecino, al que le faltaba una gran bolsa de palomitas para sentirse en una película de inmersión virtual.

    Gutiérrez asintió.

    - Fue, entonces, queridos compañeros, caballeros respetables, amigos todos, aunque uno de ustedes sea el asesino, cuando pensé en C. Auguste Dupin.

    La pausa dramática del comisario, entre que volvía a acomodarse, daba otra calada a la pipa y observaba a unos y a otros, fue tan larga, que hasta Hortensio, incapaz de contenerse, terminó preguntando:

    - ¿Por qué Dupin?
    - Me alegra que me hagas esa pregunta, Hortensio -contestó el comisario con celeridad, como si hubiera decidido no continuar hasta que alguien la hubiera formulado en voz alta.

miércoles, 7 de febrero de 2024

103.- Una reunión y una revelación

     Pues el encargado de la limpieza de la casa de Roberto Plenilunio fue el último en llegar. La verdad es que su cara al entrar y encontrarse el tinglado, y la cara de todos los presentes al verlo a él, eran sendos poemas. Podían recopilarse en un cancionero, el "Cancionero de Plenilunio".

    El vecinito pesado, por supuesto, había sido el primero en llegar. Anda que iba él a perderse el mambo. Hortensio lo invitó a sentarse. Luego llegaron Mel y Streller, y Tomás Plenilunio, y el agente del escritor asesinado. En total, ocho personas hacinadas en aquella sala de reuniones, todas inquietas, todas nerviosas, todas expectantes ante lo que, suponían, iba a suponer la revelación del nombre del asesino.

    ¿Para qué si no iban a convocarlos a todos en comisaría?

    Solo Gutiérrez mantenía la calma. Aunque, bien mirado, podría decirse que actuaba de una forma extraña.

    Hortensio, de hecho, no daba crédito a lo que veían sus ojos.

    Desde que había sacado Muerte bajo el sol de la casa de Plenilunio, se encontraba enfrascado en su lectura de una manera tal que a Hortensio le daba pena interrumpirle. ¡A él, a Gutiérrez, que no había leído en su vida ni las frases pintadas en las puertas de los aseos!

    - Comisario... comisario... -llamó Hortensio con delicadeza.
    - Chsss... calla, Hortensio, que estoy leyendo -respondió este.

    Es que ya están todos aquí...

    El comisario Gutiérrez, entonces, alzó la vista. Parecía sorprendido ante la presencia de tanta gente.

    - Oh, vaya, disculpen, caballeros.

    "¿Disculpen, caballeros?" Hortensio empezó a pensar que a su Gutiérrez se lo habían cambiado. Más todavía cuando se sacó una pipa del bolsillo, la encendió y empezó un discurso que, con el tiempo, se convertiría en memorable.

lunes, 29 de enero de 2024

102.- El lugar del crimen

     - Joder, qué pesado.

    La verdad es que el vecino parecía un poco inquietante. Más de la cuenta. Con gusto le cruzaba la cara Gutiérrez, para que mirara para otro lado.

    - Que sí, que ha sido él quien nos ha puesto sobre la pista, pero esto ya es demasiado...

    Gutiérrez y Hortensio entraban en la casa de Plenilunio. Otra vez en la casa del crimen. Para ello había que levantar el precinto, o agacharse para pasar por debajo. El caso es que ahí estaba el dichoso vecinito, asomado a la ventana, saludando como si fuera un colega.

    - Este tío no entiende que somos agentes de la ley. Creo que le convendría dormir alguna noche en el cuartelillo. ¿Lo detenemos con cualquier excusa?

    Hortensio asintió levemente, sin hacerse directamente partícipe de los planes de Gutiérrez, y más preocupado por entrar en la vivienda de Plenilunio que por lo que quedaba fuera.

    - Esto es un desastre...

    La verdad es que lo era. Todo removido, todo fuera de su sitio, los muebles patas arriba, el sofá desmigajado.

    - El que ha entrado venía con ganas de destrozar, comisario. O buscaba algo -comentó Hortensio, asombrado.

    - Lo buscaba. Y no lo encontró, porque aquí no ha dejado objeto sin comprobar.

    Pasearon por el dormitorio, por la cocina, donde todo estaba, también, manga por hombro.

    - Hortensio...
    - ¿Sí, comisario? 
    - ¿Cómo se llamaba la novela más exitosa de Plenilunio?
    - Muerte bajo el sol, comisario.
    - ¡Qué original!

    Hortensio vio entonces, con sorpresa, cómo Gutiérrez recogía del suelo un ejemplar de la mencionada novela, la abría, leía algunas líneas, sonreía entusiasmado, la cerraba bruscamente y se la guardaba.

    - Esta me la llevo -dijo.
    - Vaya, comisario, no le tenía por un apasionado de la lectura...
    - Llama inmediatamente al hijo, al agente, al vecino, al de la limpieza, a Mel y a Streller, y cítalos a todos esta tarde en la comisaría.

    Hortensio se preguntó si Gutiérrez iba a crear un club de lectura.

    - ¿Al de la limpieza también?
    - La solución a esto ya se acerca, Hortensio. Y nunca viene mal un buen McGuffin...

jueves, 4 de enero de 2024

101.- Operación relámpago (el vecinito)

     - Comisario, comisario...

    Gutiérrez empezaba a sentir por Hortensio un cierto aprecio. Le parecía un tipo eficiente y respetuoso. Por eso supuso que habría una buena razón para interrumpirle en mitad de un cigarrillo, abriendo la puerta del despacho como si tuviera autoridad para hacerlo.

    - ¿Qué pasa ahora?
    - Alguien le busca, comisario.
    - ¿A mí? ¿Para qué?
    - Es el vecino de Plenilunio.
    - ¿Del muerto?

    Hortensio asintió. Gutiérrez pensó que igual había desarrollado demasiado pronto un aprecio por su subordinado que iba a resultar, a la postre, inmerecido. El vecino era un pesado y un colgado, así lo había descrito Hortensio unos días atrás. ¿A santo de qué traerlo ahora a su presencia?

    Gutiérrez resopló. Pese a ello, a alguna mueca de asco y a algún aspaviento poco disimulado, pocos segundos después lo tenía delante, hablando como una cotorra.

    - Lo he visto, comisario, lo he visto. Ya le dije a su ayudante que algo pasaba. Así que estuve atento. Y volvió. Lo he visto. Había una cinta policial en la puerta, claro, era un crimen. Pero la saltó. Hizo como si no existiera. Y eso no se puede hacer, ¿verdad?

    Gutiérrez se frotó los párpados en busca de la paciencia que había perdido ya años atrás.

    - ¿De qué me hablas?
    - Ha vuelto. Lo he visto.
    - ¿Quién? ¿El de la limpieza?

    Gutiérrez miró a Hortensio, en pie tras ellos. Si era otra vez para hablar del de la limpieza, iba a montarle un pollo al primero que se cruzase en su camino. Eso estaba claro. Pero Hortensio, que ya sabía de qué iba el tema, negaba con la cabeza, mientras el vecino de Plenilunio seguía hablando.

    - No, hombre, el de la limpieza no ha vuelto. Qué morro. Habrá visto el precinto policial y se ha quitado de en medio. Ese cobra igual, y si es sin trabajar, mejor...
    - A ver, al grano. ¿A quién has visto?

    Cuando el vecino dio la descripción y Gutiérrez y Hortensio reconocieron a quien se había colado en casa del asesinado, supieron que el caso iba a dar un giro la mar de interesante...