- Que sí, comisario -le decía este. - Que un disfraz discreto es la mejor manera de pasar desapercibido. Y si todos van a ir con bigote en ese sitio, pues nosotros también.
Gutiérrez no estaba tan de acuerdo, y le empezaba a molestar ese pedazo de mostacho que colgaba bajo su nariz.
- Parece más bien Tkachenko.
- ¿Quién?
- ¡Vladímir Tkachenko, el pívot de la Unión Soviética! Un tipo brutal. 2,20 medía.
- Anda y que te jodan, Hortensio.
- A sus órdenes, jefe -contestaba este con sorna.
Ahora ya estaban dentro. Les había franqueado la entrada un portero muy serio, muy alto, no tanto como Tkachenko, pero con bigote, por supuesto. Afortunadamente, no se usaba contraseña; en caso contrario, hubieran durado un suspiro.
No hacía falta ser muy listo para saber lo que había en el interior de la puerta roja. Un par de timbas, otras tantas ruletas, varios televisores con emisiones deportivas. Todo en negro, por supuesto.
- Una casa ilegal de apuestas, comisario.
Un par de viejos miraban un partido de la liga alemana. Dos tipos malencarados sacaban cartas, alternativamente, de una baraja. Un adolescente lleno de granos se perdía entre las cifras que le mostraba una pantalla. Todos, menos este último, portaban un poblado bigote. "Será casualidad", pensaba Gutiérrez al comprobarlo.
Una señora al otro lado de la barra, también con bigote, parecía dispuesta a servirles el trago que les apeteciera. Ya iba Gutiérrez a sacarse un vodka cuando Hortensio lo agarró del brazo.
- Mire.
Señaló a un rincón oscuro. Allí, sentado en un grupo de cinco personas, había un joven sin bigote.
- Es Conde, comisario.
- ¿Quién?
- Conde, joder. ¿A quién hemos venido a buscar?
Cuando tu subordinado se pone insolente, o se está ganando una hostia, o tiene toda la razón del mundo.
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