Llegaba, además, con las manos vacías.
- Lo he perdido, comisario.
Gutiérrez se echó las manos a la cara.
- Maldita sea, Hortensio. Ahora vuelta a empezar. Y será más difícil, porque ellos ya estarán avisados.
Hortensio, entonces, levantó el dedo.
- Creo no obstante, comisario, que sé dónde podemos encontrarlo.
- Habla de una vez y deja de hacerte el interesante, anda.
Pero eso, lo de hacerse el interesante, era ya inevitable.
- Estuve merodeando por la zona por la que lo perdí. Un suburbio de callejones con pinta de estercoleros, qué le voy a contar. Pero hubo un lugar que llamó mi atención. Una puerta. Roja, e impoluta.
- Y piensas -completó Gutiérrez- que ahí se cuece algo.
- Ahí se cuece lo más grande, comisario.
- Pues vamos, antes de darles tiempo a esconderse.
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