jueves, 25 de julio de 2024

118.- Un bollito de chocolate

     - ¿Pero cómo coño han metido los micrófonos? ¿Cómo sabían que vendrías, que hablaríamos aquí?

    El comisario Gutiérrez se subía por las paredes. Se mesaba los cabellos, se atusaba el bigote, se rascaba la sien y la punta de la nariz, se mordía los labios y parpadeaba descontroladamente. Al mismo tiempo, se fumaba un cigarrillo tras otro mientras apuraba su petaca y pensaba con qué rellenarla para apurarla de nuevo.

    - Lo saben todo, comisario. Prevén nuestros movimientos. Son... somos profesionales -contestó Smith para echar más leña al fuego.

    Gutiérrez no tenía claro si aquello le quedaba grande. Él estaba dispuesto a darse de hostias con quien hiciera falta... pero que te espíen en comisaría... eso era juego sucio.

    - A ver, tú... Smith. Dime. ¿Para qué empresa espías? A ver si así comenzamos la investigación.
    - No sé si debería...
    - Joder, ya vale de gilipolleces de espía, Smith de los cojones. Que me digas para quién espías y punto, coño. ¿Si no, para qué vienes a verme?

    Smith asintió. Los argumentos de Gutiérrez eran convincentes.

    - Pues espío para una empresa de bollitos. Pastelitos Buenycao.
    - ¿Perdona?
    - Rellenos de chocolate, están buenos. Buenycao.
    - ¿Bollos de chocolate?

    Por un momento, Gutiérrez estuvo a punto de tirarle a Smith la petaca a la cabeza. Afortunadamente, el contenido de esta era valioso. El de la petaca, no el de la cabeza.

    Tras contener el primer impulso, el comisario respiró hondo.

    - A ver... tú no me estás vacilando, ¿verdad?

lunes, 15 de julio de 2024

117.- Agente doble

     - A ver, comisario... todo esto quedará entre usted y yo, ¿verdad?

    Gutiérrez hizo una mueca de disgusto que Smith quiso entender como un asentimiento.

    - Pues, como le decía, soy agente doble. Espionaje industrial, se puede imaginar. Secretos de empresa, prototipos de productos, proyectos para la temporada próxima. Una empresa cree que espío para otra, pero en realidad a esa otra le digo lo que veo en la primera...
    - Joder.
    - Sí, comisario, es jodido. Y arriesgado. El caso es que últimamente tengo la sensación de que me siguen, me observan, me escuchan, conocen mis movimientos con antelación...
    - Y no sabe qué empresa es la que lo está haciendo, ¿verdad?
    - Verdad.

    Gutiérrez se echó hacia atrás en su asiento, encendió un pitillo, expulsó el aire hacia arriba.

    Mientras tanto, Smith se había agachado y se perdía debajo de la mesa del comisario.

    - ¿Qué coño hace?

    Por toda respuesta, Smith levantó la cabeza sobre la horizontalidad superior de la mesa, se llevó el índice a los labios y pidió silencio al tiempo que invitaba al comisario a bajar con él.

    Gutiérrez le iba a mandar a la mierda, pero pudo más la curiosidad. Se agachó.

    - ¿Qué es eso ahí enganchado? ¿Un chicle? -preguntó por señas.
    - Un micrófono -susurro el espía.
    - ¿Un jodido micrófono en mi mesa? -gritó Gutiérrez.
    - Calle, calle -se desesperó en vano Smith. - Que se van a enterar de que los hemos descubierto.
    - ¡La madre que los parió! ¡Que les zurzan a todos!

    Gutiérrez, entonces, le dio un manotazo al micrófono, que cayó al suelo, se quitó el zapato y comenzó a arrearle al aparato, como si fuera una cucaracha, hasta hacerlo migas.

lunes, 8 de julio de 2024

116.- El espía del espía

     La vida, a veces, era aburrida. Eso pensaba Gutiérrez, mientras miraba por la ventana de su despacho y su fumaba un cigarrillo. Soporífera.

    De todos modos, casi prefería el sopor a la estresante actividad investigadora, al roce con personas de mala fe, al riesgo continuo e incontrolado.

    Por eso, cuando Hortensio le dijo que alguien estaba buscándolo, no supo si tomarlo como una buena noticia, o como una mala.

    Quien atravesó el umbral era un tipo extraño. Gafas de sol, sombrero de ala ancha a la moda antigua, porte intachable y esa elegancia, aparentemente casual, de quienes saben lo que hacen y lo que se proponen en la vida.

    - Creo que me están espiando -dijo mientras se sentaba, sin dar, siquiera, tiempo a las presentaciones.
    - Pues yo no soy quien le espía, así que me va a tener que dar su nombre, al menos.
    - Puede llamarme Smith.
    - Venga ya, no me jodas.

    A Gutiérrez siempre le habían sacado de quicio los soplagaitas que se tomaban su vida como una representación en la que molaba sobreactuar. Se decía, entonces, que era en esos momentos en los que su papel como servidor público adquiría toda su heroica dimensión.

    - O sea, señor Smith -dijo con sorna-, que alguien le espía. ¿Alguna sospecha de quién puede ser?
    - No.
    - Vaya, veo que es usted de gran ayuda... ¿Tiene familia?
    - No.
    - ¿En qué trabaja?
    - Entre usted y yo, y sin que nadie más lo sepa -dijo el señor Smith bajando la voz-... soy espía.
    - Venga ya, no me jodas dos veces...

lunes, 1 de julio de 2024

115.- Sobre la bocina

     A falta de diez segundos, los Lechones perdían de uno. Habían pedido tiempo muerto, y tenían la posesión.

    Hortensio se desgañitaba en la grada animando a su equipo. Durante el descanso se había comprado una gorra en uno de los puestos de mercadotecnia situados en los pasillos de entrada, y entre eso y la banderola que el equipo había dejado en cada asiento clavaba la típica imagen de energúmeno.

    Gutiérrez daba gracias a Dios por llevar siempre consigo una petaca de vodka bien llena. Ya casi la había acabado.

    - ¡Lechones, Lechones! -gritaba el público enfervorizado.

    Habían llegado por los pelos. Conde no había tenido tiempo ni de calentar. Lo habían metido corriendo y le había costado entrar en calor. Aun así, los Lechones llegaban al final con opciones.

    El reloj comenzó a correr. Recibió el balón Constantino, evitó la falta y avanzó a campo contrario. Entonces pasó una bola picada a Conde, que se destacaba en la bombilla.

    Conde recogió la bola y, a la media vuelta, lanzó a canasta justo cuando la cuenta atrás se acercaba a su final.

    La bola entró. El estadio se vino abajo. Todos corriendo a abrazar a Conde. Gutiérrez miró a Hortensio. Estaba llorando de emoción. Abrazó a Gutiérrez. Le besó en la mejilla. Le hizo saltar para celebrarlo.

    De repente, Gutiérrez entendió por qué a todos estos locos les gustaba el baloncesto.

    - Están como cabras, joder -murmuró, mientras volvía a sentarse y apuraba la petaca.