- A ver, comisario... todo esto quedará entre usted y yo, ¿verdad?
Gutiérrez hizo una mueca de disgusto que Smith quiso entender como un asentimiento.
- Joder.
- Sí, comisario, es jodido. Y arriesgado. El caso es que últimamente tengo la sensación de que me siguen, me observan, me escuchan, conocen mis movimientos con antelación...
- Y no sabe qué empresa es la que lo está haciendo, ¿verdad?
- Verdad.
Gutiérrez se echó hacia atrás en su asiento, encendió un pitillo, expulsó el aire hacia arriba.
Mientras tanto, Smith se había agachado y se perdía debajo de la mesa del comisario.
- ¿Qué coño hace?
Por toda respuesta, Smith levantó la cabeza sobre la horizontalidad superior de la mesa, se llevó el índice a los labios y pidió silencio al tiempo que invitaba al comisario a bajar con él.
Gutiérrez le iba a mandar a la mierda, pero pudo más la curiosidad. Se agachó.
- Un micrófono -susurro el espía.
- ¿Un jodido micrófono en mi mesa? -gritó Gutiérrez.
- Calle, calle -se desesperó en vano Smith. - Que se van a enterar de que los hemos descubierto.
- ¡La madre que los parió! ¡Que les zurzan a todos!
Gutiérrez, entonces, le dio un manotazo al micrófono, que cayó al suelo, se quitó el zapato y comenzó a arrearle al aparato, como si fuera una cucaracha, hasta hacerlo migas.
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