La vida, a veces, era aburrida. Eso pensaba Gutiérrez, mientras miraba por la ventana de su despacho y su fumaba un cigarrillo. Soporífera.
De todos modos, casi prefería el sopor a la estresante actividad investigadora, al roce con personas de mala fe, al riesgo continuo e incontrolado.
Por eso, cuando Hortensio le dijo que alguien estaba buscándolo, no supo si tomarlo como una buena noticia, o como una mala.
Quien atravesó el umbral era un tipo extraño. Gafas de sol, sombrero de ala ancha a la moda antigua, porte intachable y esa elegancia, aparentemente casual, de quienes saben lo que hacen y lo que se proponen en la vida.
- Pues yo no soy quien le espía, así que me va a tener que dar su nombre, al menos.
- Puede llamarme Smith.
- Venga ya, no me jodas.
A Gutiérrez siempre le habían sacado de quicio los soplagaitas que se tomaban su vida como una representación en la que molaba sobreactuar. Se decía, entonces, que era en esos momentos en los que su papel como servidor público adquiría toda su heroica dimensión.
- No.
- Vaya, veo que es usted de gran ayuda... ¿Tiene familia?
- No.
- ¿En qué trabaja?
- Entre usted y yo, y sin que nadie más lo sepa -dijo el señor Smith bajando la voz-... soy espía.
- Venga ya, no me jodas dos veces...
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