- ¿Pero cómo coño han metido los micrófonos? ¿Cómo sabían que vendrías, que hablaríamos aquí?
El comisario Gutiérrez se subía por las paredes. Se mesaba los cabellos, se atusaba el bigote, se rascaba la sien y la punta de la nariz, se mordía los labios y parpadeaba descontroladamente. Al mismo tiempo, se fumaba un cigarrillo tras otro mientras apuraba su petaca y pensaba con qué rellenarla para apurarla de nuevo.
- Lo saben todo, comisario. Prevén nuestros movimientos. Son... somos profesionales -contestó Smith para echar más leña al fuego.
Gutiérrez no tenía claro si aquello le quedaba grande. Él estaba dispuesto a darse de hostias con quien hiciera falta... pero que te espíen en comisaría... eso era juego sucio.
- No sé si debería...
- Joder, ya vale de gilipolleces de espía, Smith de los cojones. Que me digas para quién espías y punto, coño. ¿Si no, para qué vienes a verme?
Smith asintió. Los argumentos de Gutiérrez eran convincentes.
- ¿Perdona?
- Rellenos de chocolate, están buenos. Buenycao.
- ¿Bollos de chocolate?
Por un momento, Gutiérrez estuvo a punto de tirarle a Smith la petaca a la cabeza. Afortunadamente, el contenido de esta era valioso. El de la petaca, no el de la cabeza.
Tras contener el primer impulso, el comisario respiró hondo.
- A ver... tú no me estás vacilando, ¿verdad?
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