A falta de diez segundos, los Lechones perdían de uno. Habían pedido tiempo muerto, y tenían la posesión.
Hortensio se desgañitaba en la grada animando a su equipo. Durante el descanso se había comprado una gorra en uno de los puestos de mercadotecnia situados en los pasillos de entrada, y entre eso y la banderola que el equipo había dejado en cada asiento clavaba la típica imagen de energúmeno.
Gutiérrez daba gracias a Dios por llevar siempre consigo una petaca de vodka bien llena. Ya casi la había acabado.
- ¡Lechones, Lechones! -gritaba el público enfervorizado.
Habían llegado por los pelos. Conde no había tenido tiempo ni de calentar. Lo habían metido corriendo y le había costado entrar en calor. Aun así, los Lechones llegaban al final con opciones.
El reloj comenzó a correr. Recibió el balón Constantino, evitó la falta y avanzó a campo contrario. Entonces pasó una bola picada a Conde, que se destacaba en la bombilla.
Conde recogió la bola y, a la media vuelta, lanzó a canasta justo cuando la cuenta atrás se acercaba a su final.
La bola entró. El estadio se vino abajo. Todos corriendo a abrazar a Conde. Gutiérrez miró a Hortensio. Estaba llorando de emoción. Abrazó a Gutiérrez. Le besó en la mejilla. Le hizo saltar para celebrarlo.
De repente, Gutiérrez entendió por qué a todos estos locos les gustaba el baloncesto.
- Están como cabras, joder -murmuró, mientras volvía a sentarse y apuraba la petaca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario