miércoles, 26 de junio de 2024

114.- Último cuarto

    No fue difícil arreglarlo. En cuanto Gutiérrez se quitó el bigote de Tkachenko y se identificó como policía, todos los clientes de la casa de apuestas salieron volando. Los clientes, y los empleados. Y los dueños. Allí no quedó nadie más que Conde, sentado en el sofá, cabizbajo y preocupado.

    Ahora estaban los tres en el coche oficial, saltándose semáforos para poder llegar a la final, que comenzaba en unos minutos.

    - ¿Cómo te juntas con esa gente, alma de cántaro? -le preguntaba Gutiérrez.
    - La he cagado, la he cagado... -repetía Conde como una letanía.

    La verdad era que los 2 metros y 20 centímetros de Conde apenas cabían en el asiento trasero. Era chocante ver lamentarse a un tipo tan grande. Incluso cabizbajo podría mirar a Gutiérrez y a Hortensio desde las alturas.

    El asunto había quedado claro en unos segundos. Se había metido en cuestiones de apuestas. Se había endeudado. Le habían propuesto dejarse perder la final. Él se había negado. Así que los tipos del bigote lo habían "invitado" a quedarse con ellos bajo coacción, una especie de secuestro exprés con liberación inmediata tras el partido.

    - Ánimo, Conde, que aún podemos. ¡Vamos, Lechones! -gritaba Hortensio, fuera de sí.

    El pívot levantó la vista. Gutiérrez, que lo observaba por el retrovisor mientras se saltaba otro rojo y casi atropellaba a una señora mayor, vio en sus ojos esa chispa de renacimiento que tanto se realza en las películas.

    Conde había vuelto.

    Aunque a él, personalmente, le importaba un comino.

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