- Es una bacteria, la Xanthomonas fragariae. Aparece en las hojas de las fresas. Es mortal para el ser humano tomada en grandes dosis. Provoca coágulos en las arterias coronarias. Infartos, vamos.
Gutiérrez tosió, todavía escéptico.
Se reclinó ante el escritorio de su despacho, se encendió un cigarrillo y observó el infinito. Alguien llamó educadamente a la puerta. "Comisario", le dijeron, "alguien quiere verle". "Seguro que no es para nada bueno", pensó él, "nadie me llama para nada bueno". Sin embargo, de sus labios solo brotaron las palabras "¡que pase!". Y no era ninguna rubia despampanante, por supuesto. Eran problemas. Más problemas. "¡Mierda!", pensó. Y aspiró otra calada.
- Es una bacteria, la Xanthomonas fragariae. Aparece en las hojas de las fresas. Es mortal para el ser humano tomada en grandes dosis. Provoca coágulos en las arterias coronarias. Infartos, vamos.
Gutiérrez tosió, todavía escéptico.
Gutiérrez entró al gimnasio Alcaraz como el que va buscando información para apuntarse. Qué puede hacer, qué le recomiendan y tal. Nunca supo por qué, no obstante, su coartada duró apenas unos segundos. Tal vez por el aliento de vodka; tal vez por el cigarrillo que, educadamente, había tirado al suelo y aplastado con el pie justo antes de atravesar el umbral.
El caso es que habló con el jefazo del lugar, un cachas que no quería problemas con la autoridad, pero que tampoco aportó nada a la investigación.
Al salir, el mago estaba muerto.
Gutiérrez no daba crédito, pero nada más salir vio en el suelo al tipo que se había tomado el smoothie mientras él pedía vodka. El tipo era un pesado, y un pésimo mago, pero tampoco se merecía la muerte.
Gutiérrez se arrodilló ante él. Llevaba un papelito arrugado en una mano. Por la comisura de los labios le caía una babilla roja que no era sangre, sino smoothie de fresa y mango. Si era un truco, desde luego, era el mejor truco que el tipo había hecho en su vida.
Con su olfato de comisario, entonces, alzó la vista. Ante él tenía el local de smoothies, sus puertas abiertas; al fondo, la cara del camarero, que le observaba.
- ¡Eh, tú! -gritó.
El de los smoothies decidió que aquello era suficiente para salir corriendo, abandonar su local y desaparecer por una esquina.
Gutiérrez se tomó un segundo para pensar si merecía la pena ponerse a correr tras él. En el papelito había una amenaza, y una sonrisa burlona.