Gutiérrez ni lo intentó. Se había arrodillado junto al cadáver, y el mero hecho de levantarse ya le había producido un ligero mareo, molestias en la espalda y una pesadez en las rodillas, y en el resto de articulaciones, que desaconsejaba cualquier actividad física.
Pero su mente seguía tan rápida y era tan lúcida como la que más. Así que, sabiendo dónde estaba, analizando con pericia e intuición su entorno y el contexto, siguió gritando.
- ¡Asesino! ¡Asesino! ¡Se escapa!
Inmediatamente, como alertados por las campanas del infierno, salió del gimnasio Alcaraz un puñado de individuos, todos con pantalón corto y piernas tonificadas que, corriendo como almas que llevara el diablo, marcharon como centellas en pos del fugado.
Gutiérrez sonrió. El camarero de los smoothies no iba a llegar ni a la siguiente esquina...
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