- ¡Joder, qué cabrón, me echaste encima a los perros!
- Te jodes. No haberte fugado.
Los tíos del gimnasio no habían tardado ni dos minutos en traer al sospechoso, baldado, además, por un par de buenos puñetazos en el estómago. Gutiérrez pensó que serían buenos perros de presa, en efecto. Ahora, el sospechoso lloriqueaba.
- No me fugué, me asusté. Yo no he hecho nada. Había un cadáver, ahí delante, y llegaste y me miraste raro. Creí que el asesino eras tú y que venías a por mí.
- Vete a la mierda.
A Gutiérrez los interrogatorios con gente que no quería contestar le gustaban más bien poco.
- Hoy no habrá asesinato, ¿no? Si te retenemos aquí... -dijo el comisario.
- ¿Y a mí qué me cuentas? Yo no sé nada -contestó el camarero de los smoothies.
Se estaba poniendo chulito, y eso no era nada bueno.
- Comisario... -Hortensio asomó la cabeza por la puerta. - Tenemos el análisis del smoothie.
- ¿Y bien?
- Fresa y mango.
- Eso ya lo sé, joder... ¿algo más?
Hortensio negó con la cabeza. Mierda. Ya estábamos. Si se ven obligados a soltar al tipo este por falta de pruebas iban a quedar en un ridículo mayúsculo. Él, sobre todo, Gutiérrez, iba a ser el hazmerreír de toda la ciudad.
- Maldita sea -masculló, mientras se rascaba la barbilla y sacaba el paquete de tabaco.
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