lunes, 26 de octubre de 2026

188.- Apunta tan alto como puedas

    - ¿Y cómo te has enterado de eso, Reguinaldo?
    - Uno se entera de cosas, comisario.

    Gutiérrez se rascó la barbilla pensativo. Los mentirosos siempre le habían tocado los cojones.

    - A ver, Reguinaldo. Eres un camello de tres al cuarto... un mindundi, un chisgarabís... Lo sabes, ¿verdad?

    Por conveniencia, y porque más que una pregunta parecía una afirmación, Reguinaldo asintió, no sin mostrar desgana.

    - ¿Por qué coño iba a creerte, entonces? -continuó Gutiérrez.

    Reguinaldo se encogió de hombros.

    - Usted verá -dijo el camello.
    - No te estarás poniendo chulito conmigo, ¿verdad?
    - Para nada.
    - ¿Entonces?
    - ¿Entonces, qué?

    Gutiérrez estaba en un tris de soltarle un sopapo a Reguinaldo. En lugar de ello, y en una muestra de sangre fría que le sorprendió a él mismo, suspiró y se encendió un cigarro.

    - Venga. Vuelve a decirme eso que me has dicho antes, a ver si suena mejor.

    Reguinaldo tomó aire y adoptó una pose seria.

    - Agentes rusos quieren asesinar al presidente del Gobierno.

    Gutiérrez confirmó que seguía sonando igual de mal.

lunes, 19 de octubre de 2026

187.- Como Hannibal Lecter en "El silencio de los corderos"

    Lo primero que sintió Gutiérrez al entrar en la sala de interrogatorios fue una total y absoluta estupefacción. Casi se queda con la boca abierta más rato del debido y termina pareciendo gilipollas delante, incluso, del interrogado.

    - ¿Pero qué coño es esto? Por favor...

    Habían cogido al camellito y le habían puesto una camisa de fuerza. Luego lo habían elevado y mantenido en pie con una especie de mecanismo elevador parecido al de una cama de hospital. Finalmente, y para completar el esperpento, le habían puesto un bozal metálico que no le impedía hablar, pero sí morder.

    Como Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Tal cual.

    - A ver, cabrones -dijo Gutiérrez, a punto de romper a reír. - ¿Pero qué le habéis hecho a este pobrecito?
    - Es que dice cosas muy feas, comisario -contestó Hortensio.
    - ¿Cosas feas?
    - Feas y peligrosas. Pregúntele.

    Gutiérrez, entonces, se acercó al camello.

    - ¿Cómo te llamas, alma de cántaro?
    - Reguinaldo -contestó el tipo, sorbiendo su propio aliento desde dentro del bozal.
    - ¿Y por qué estás aquí, Reguinaldo? ¿Qué tienes que contarnos?

    Reguinaldo, entonces, abrió mucho los ojos y comenzó a soltar barbaridades por esa boquita metálica suya...

viernes, 16 de octubre de 2026

186.- Un camello de altos vuelos

    - Comisario...

    Gutiérrez levantó la cabeza. Se había quedado dormido sobre la mesa del despacho. Un hilillo de baba colgaba de la comisura de los labios. La petaca yacía vacía junto a un montón de papeles. Sobre el cenicero, un cigarrillo se había consumido mientras Gutiérrez sesteaba.

    - Dime, Hortensio...

    Hortensio tragó saliva.

    - Comisario, tenemos a un pequeño traficante a quien habría que interrogar.

    Gutiérrez se pasó la mano por la barbilla. Notó cómo la baba se le quedaba pegada en la mano.

    - Coño, pues interrogadlo vosotros, ¿no? Un camellito... ¿qué pasa, lo habéis pillado vendiendo hachís?
    - Es que...

    Gutiérrez se agitó.

    - Es que... ¿qué? Joder, Hortensio, habla, que pareces bobo...
    - Este camellito apunta alto, comisario. Lo que nos cuenta tiene unas implicaciones que... más vale que lo vea usted mismo.

    Gutiérrez asintió. Si Hortensio lo pedía, habría que acudir.

    - Déjame ir al baño primero, anda...

lunes, 5 de octubre de 2026

185.- Ring, ring

    El teléfono del despacho de Gutiérrez comenzó a sonar.

    - Ring, ring.

    Gutiérrez lo miró como quien mira una granada desanillada.

    - Ring, ring.

    Aquel teléfono solo traía malas noticias. Otro asesinato, otro caso de mierda que tener la obligación de resolver, más problemas. Gutiérrez pensó que, a lo mejor, no le apetecía cogerlo.

    - Ring, ring.

    Joder, qué pesado que era el cacharrito. Y quien estuviera al otro lado, que no cejaba en su empeño.

    - Ring, ring.

    Gutiérrez, que casi se había acabado la petaca de vodka y que tenía el cenicero a reventar, estuvo tentado de darle una patada al aparato y estamparlo contra la pared. Aunque luego le cargaran en comisaría la cuenta de los desperfectos...

    - Ring, ring.

    Tirándose de los pelos, y preparándose para lo peor, el comisario agarró el auricular.

    - ¿Sí?

    Del otro lado, tras unos segundos, sonó una voz aterciopelada y seductora.

    - Buenos días. ¿Le interesaría cambiar de seguro de vida? Nuestra compañía tiene unas ofertas que...

    Gutiérrez colgó. Casi arrojó el auricular contra la mesa. Lo que le faltaba.

    Se encendió un cigarro, miró al techo y pensó que se estaba volviendo loco porque, ahora que lo pensaba, prefería recibir esas llamadas de publicidad engañosa que volver a revolcarse en el lado más sucio de la sociedad.

    "Si al final se va a liar", pensó. "Es lo que hay". Y le vino a la mente un refrán: quien con niños se acuesta...

martes, 8 de septiembre de 2026

184.- Y ahora qué, comisario...

    Gutiérrez sabía que tenía que estar exultante. También sabía que no iba a estarlo. Siempre le sucedía lo mismo. El triunfo de la ley, la justicia vencedora, la eliminación del criminal nunca le causaba placer. Más bien una sensación de deber cumplido que, curiosamente, estaba más lejos del alivio que del agobio.

    - Mierda de trabajo.

    Hortensio se sentó a su lado. Con un leve gesto, rápidamente comprendido por Gutiérrez, le pidió un cigarrillo. Gutiérrez pensó que Hortensio estaba ya comenzando a fumar y beber demasiado. Que el joven se fijaba demasiado en él, en el veterano. Mal asunto. Él no era ejemplo de nada, no era ejemplo para nadie.

    - Y ahora qué, comisario -preguntó con inocencia.

    Gutiérrez escupió al suelo. Tenía la garganta seca y ganas de vomitar. Todavía podía percibir el olor de los sesos de Bonnie, esparcidos por la ventana y la pared, poblados de moscas que se daban un festín.

    - Ahora, nada, Hortensio -contestó Gutiérrez, con desgana. - A volver a empezar.

miércoles, 26 de agosto de 2026

183.- Los sesos de Bonnie

    No era su intención. La de Gutiérrez.

    A ver, sí que lo era, en realidad. Era su intención volarle los sesos a Bonnie. Pero tampoco de esa manera.

    Porque los sesos del hermano de Claudio, alias Clyde, reventaron como si hubieran instalado un petardo en su interior. Una cosa de locos. Como en una película gore.

    Gutiérrez, que no sabía, a pesar de su experiencia, que esas cosas podían pasar, se sorprendió. Miró su arma. ¿Cómo hacían las balas en los últimos tiempos? Felicio, que había oído el proyectil pasearse junto a su oreja antes de alojarse en el cráneo de Bonnie, había caído de rodillas. Los sesos de su captor se habían depositado en parte sobre su cabeza, y en sus hombros, y le daban un aire de medusa humana que se acrecentaba al verlo mover la boca, abriéndola y cerrándola, sin terminar de decir nada.

    - Joder, comisario. Vaya tela -acertó a decir Hortensio.

    Gutiérrez no dijo nada. Cogió un cigarrillo y se lo llevó a la boca. Le temblaban las manos, y eso que acababa de ejecutar uno de los disparos más certeros de su ya larga vida.

jueves, 30 de julio de 2026

182.- El tiro de gracia

    - ¡Bonnie! ¡Bonnie!

    Gutiérrez se desgañitaba, pero Bonifacio parecía haberse desentendido de los policías. Con un gesto hacia Hortensio, Gutiérrez dio unos pasos hacia adelante y se apostó a escasos metros de la puerta. Desde donde estaba podía ver a Bonnie hablando con alguien.

    - Estará con Felicio. Probablemente lo tiene amordazado en el sofá -le dijo a Hortensio, que llegaba a su altura en esos momentos.    
    - ¡Eh, cabrones, mirad esto! -gritó Bonnie, acercándose a la ventana con Felicio agarrado del cuello.

    Gutiérrez notó que Bonnie dirigía sus gritos hacia el lugar desde donde habían hablado antes. El rufián no se había percibido de su cambio de posición. Eso le daba alguna posibilidad.

    - Mire, comisario.

    Hortensio señalaba a Bonnie. A la cabeza de Bonnie. Agarraba a Felicio del cuello, pero se giraba hacia el lado equivocado y ofrecía un ángulo abierto que le daba a Gutiérrez posibilidad de tiro.

    - Dispare, comisario.

    Gutiérrez pensó que, si erraba el tiro, podía herir a Felicio. También pensó que Felicio era un poco gilipollas, y que habían sido sus actitudes como agente de la ley, sus falsos testimonios, quienes habían provocado a Bonifacio.

    - Dispare, comisario -repitió Hortensio. - Lo tiene a tiro.

    Así que, sin pensarlo más, Gutiérrez disparó.