jueves, 23 de octubre de 2025

156.- Nada que llevarse a la boca

     - ¿Alguna novedad con el caso? -preguntó Gutiérrez, con la calma de quien pasa por un aburrido trámite.
     - Pues sí, señor. Tenemos novedades.
     - ¿Algo nuevo con la identificación del asesino? ¿Algún vecino, alguien de la familia de la víctima que sospechara algo? ¿Alguna amenaza previa? ¿Alguien del trabajo, algún compañero de estudios?
     - No, señor, sobre eso no hay nada.
     - ¿Es la bala, entonces? ¿Algún dato nuevo de balística?
     - No, señor, de balística aún no tenemos nada.
     - ¿Y del arma? ¿Se ha encontrado algo?
     - Por el tipo de herida parecía un revólver estándar, comisario. Imposible dar con su poseedor; no, al menos, si no tenemos el arma en nuestras manos.

     Gutiérrez encendió un cigarrillo.

     - ¿Entonces qué coño tenemos, Hortensio?
     - Otro asesinato, comisario. Muy parecido. De momento, sin pistas.
     - Joder.
     - Sí, señor. Joder.

jueves, 16 de octubre de 2025

155.- Mejor sola que mal acompañada

     La verdad es que a Paula no le gustaba nada, pero nada, regresar a casa sola desde la sala de estudios. Pero era necesario, si quería salir airosa del complicado periodo de exámenes que tenía ante sí. Sus compañeros vivían al otro lado de la ciudad, y ella, por no molestar, nunca había hecho a nadie conocedor de sus miedos y de sus inquietudes, esos que se guardaba para ella misma y que, de vez en cuando, salían a la superficie.

     Solía acabar de noche, y el camino a casa, bordeando la valla del parque, se le antojaba siniestro. Siempre tan oscuro allí dentro, un terreno siempre poblado de susurros, silbidos, de sombras que se agitan... ¿cómo puede un mismo lugar ser, durante el día, un centro de vida y verdor y, al caer de noche, convertirse en la sede de todas las pesadillas?

     La luz de las farolas, que caía pobre e insuficiente sobre la calzada, tampoco ayudaba a tranquilizarla. Por eso sintió alivio cuando vio la luz de un vehículo que se acercaba. Había pasado por aquel lugar decenas de veces, era cierto; y nunca había pasado nada. Pero reconfortaba saber que, en la aparente soledad, todavía había vida, civilización, semejantes que coincidían contigo en el espacio, que también se dirigían a casa, a descansar, probablemente, después de una larga jornada.

     Así que sintió alivio.

     Lo sintió, al menos, hasta que notó que el coche ralentizaba su marcha, que una ventanilla bajaba y que por ella asomaba el cañón de un arma.

     A partir de ahí, Paula no supo nada más. Otros encontrarían su cadáver, tirado en la acera, con la cabeza reventada.

jueves, 9 de octubre de 2025

154.- Primeras pesquisas

     - ¿Y dices que no vio nada?
     - No, comisario. Oyó el disparo, salió al balcón y un coche doblaba la esquina. La víctima y su perro estaban en la acera.
     - ¿Ni siquiera se fijó en el color del coche?
     - Dice que no. Fue apenas un segundo, y su atención se centró inmediatamente en el cadáver. Insinuó que podría ser un coche de color oscuro, pero ni siquiera eso podía asegurarlo. Del tamaño, del modelo o de la matrícula ya ni hablamos.

     Gutiérrez le dio una buena calada al cigarrillo mientras miraba al infinito.

     - Vale, Hortensio. Protocolo habitual. Pregunta a los vecinos, mira las cámaras de seguridad de cualquier banco o negocio que hubiera en los alrededores, pide un examen de balística y el informe del forense y, si hace falta, pregúntale al perro, a ver qué te dice. Habla con la familia de la víctima, con sus compañeros de trabajo y con sus amigos, a ver si das con un móvil para el asesinato.
     - De acuerdo, comisario. ¿Algo más?

     No había nada más. Salvo esa desagradable sensación de que la resolución del crimen iba a ser complicada. Cómo no.

     Gutiérrez siguió un rato mirando al infinito, sin decir nada, sin pensar nada en concreto. Nada que no fuera que deseaba ferviente que aquel asesinato fuera único, y que no le llegaran en los próximos días informaciones sobre otros asesinatos con un modus operandi similar...

jueves, 2 de octubre de 2025

153.- La detonación

     La calle estaba desierta, tranquila. Se acercaba la medianoche, y todos los vecinos estaban descansando en sus hogares. Algunos ya dormían; otros alejaban con la televisión la hora de irse a la cama. Al día siguiente, en la mayoría de los casos, habría que levantarse temprano.

     Solo un joven, tras torcer una esquina, se desplazaba por una de las aceras. Llevaba un perro atado a una correa. El perro olisqueaba cada rincón que encontraba a su paso, y el joven, dejándole hacer, avanzaba distraído.

     Nadie se dio cuenta de que, desplazándose por la calzada, se acercaba un coche. Ninguno, ni el chico ni el perro, se percató de que, aun sin disminuir la velocidad, la ventanilla del copiloto, la más próxima al chico, comenzaba a bajarse.

     Nadie vio el cañón de la pistola asomar por la ventanilla.

     Pero todo el vecindario oyó la detonación, el resonar inconfundible de un disparo en mitad de la noche. Inmediatamente después, un par de ladridos.

     El primer vecino que se asomó, desde un balcón colindante, solo pudo ver un coche que, al fondo de la calle, giraba a la derecha; y el cuerpo del chico sobre la acera, con un disparo en la cabeza. Un charco de sangre y sesos se había formado en torno a ella, y aumentaba de tamaño por segundos.

     El perrillo, feliz, lamía y mordisqueaba el manjar que el destino le había puesto delante.

martes, 2 de septiembre de 2025

152.- Una despedida temporal

    - ¿Se puede saber qué cojones habéis hecho?

    Gutiérrez apretaba los puños. En la sien, una venilla parecía a punto de reventar.

    - A ver, comisario, usted estaba en la parra y nosotros pensamos...

    Hortensio se la estaba jugando. Podía estar cayéndole una bronca de cojones. Afortunadamente, Mel se había portado y el asunto había acabado bien.

    Una vez desenterrado del jardín el cadáver de Teodoro Crispín, a Guadalupe Romero la habían detenido ipso facto. No habían necesitado mucho para demostrar que Lupita había envenenado a su marido y lo había enterrado, más mal que bien, en el jardín.

    A Gutiérrez no le había gustado la noticia, y la última mirada que ambos se cruzaron, antes de que se la llevaran esposaba, era digna de película, de aquel "lo nuestro podía haber sido de otra manera", o de aquel "si no hubieras matado a nadie todo sería diferente". En cualquier caso, parecía que Gutiérrez aún no estaba a salvo del influjo de Irene Adler.

    - Es su Némesis, comisario.
    - Que te jodan.

    Hortensio puso su mano sobre el hombro de Mel.

    - Tiene que admitir, comisario, que somos buenos...
    - Unos cabrones, eso es lo que sois.
    - Sí, pero unos cabrones muy buenos en lo nuestro...

    A Gutiérrez, por debajo del bigote, por detrás del enfado, se le escapó, casi imperceptible, una sonrisa de orgullo por sus chicos. Pero que ellos no lo supieran, no fuera a ser que se lo creyeran y se les subiera a las barbas...

lunes, 25 de agosto de 2025

151.- Un cadáver incómodo

     Así que ahí estaba Mel, dale que te pego con la podadora. La experiencia con los setos de su madre había sido positiva. Él no había sufrido demasiado, y ella había quedado contenta con el resultado. Hasta le había querido dar unos eurillos por el trabajo realizado. Él, por supuesto, se había negado.

    - Que no, mamá... que no hace falta...

    Al final habían quedado en que Mel se pasaría por casa de su madre a cenar próximamente.

    Con Guadalupe Romero también había sido fácil entrar.

    - ¿Señores de Crispín? Soy el jardinero...
    - Adelante.

    El problema estaba en que se le acababan los setos y todavía no había podido colarse en la casa para buscar pistas. Ni en el garaje. Guadalupe estaba dentro, y el novelista disfrazado no se atrevía a inventarse una historia. ¿Podía decir que tenía que ir al aseo? ¿Que una rama se había colado en el dormitorio?

    El caso es que estaba ya pudiéndole la ansiedad, y el método Stanislavski mostraba ya sus fisuras, cuando Mel vio algo raro entre unos parterres preñados de hortensias. Se acercó. Comprobó que la tierra había sido removida recientemente en aquella zona, y no se imaginaba a Guadalupe Romero en labores de jardinería.

    Comenzó a escarbar con sus manos, mirando a un lado y a otro, para no ser descubierto.

    Vio una mano. Una mano enterrada. Una mano humana. Tuvo que ahogar un grito para no ser descubierto. La mano estaba pegada a un brazo. El brazo llevaba chaqueta.

    Lo volvió a enterrar todo y se fue por patas. Ni siquiera avisó a la señora de la casa, así que se quedó sin eurillos, y sin cena con Guadalupe. Ya tendría tiempo de verla cuando la detuvieran. Mejor quedar con su madre, que no parecía tan maquiavélica.

lunes, 11 de agosto de 2025

150.- Un disfraz estrafalario

     El novelista se miró al espejo y se sorprendió de lo que vio reflejado en él.

     - Joder, Mel, das el pego.
     - ¿Tú crees?
     - No te reconocería ni tu madre. De hecho, creo que tu madre, si te viera así, te pediría que le cortaras el césped y que le podaras los setos.

     Hortensio le dio una palmada en el hombro y quedaron, los dos, frente a frente con sus reflejos.

      - Y ahora, manos a la obra, y a meterte en el papel.

      A Hortensio se le había ocurrido vestir a Mel de jardinero y colarlo en casa de Guadalupe. Y hacerlo sin que Gutiérrez lo supiera, en lo que suponía un atrevimiento sin precedentes y plagado de riesgos. El primero de ellos, el enfado de Gutiérrez si se enteraba.

      Mel había aceptado, pero había recordado que él seguía el método Stanislavski.

     - Voy a hacer lo que dices. Me meto en casa de mi madre y le corto los setos. Si no me reconoce, es que va bien el plan.
     - Te vas a hartar de la jardinería.
     - Es el método Stanislavski, amigo.
     - Tú mismo. Hala, ve a por la podadora.