La calle estaba desierta, tranquila. Se acercaba la medianoche, y todos los vecinos estaban descansando en sus hogares. Algunos ya dormían; otros alejaban con la televisión la hora de irse a la cama. Al día siguiente, en la mayoría de los casos, habría que levantarse temprano.
Solo un joven, tras torcer una esquina, se desplazaba por una de las aceras. Llevaba un perro atado a una correa. El perro olisqueaba cada rincón que encontraba a su paso, y el joven, dejándole hacer, avanzaba distraído.
Nadie se dio cuenta de que, desplazándose por la calzada, se acercaba un coche. Ninguno, ni el chico ni el perro, se percató de que, aun sin disminuir la velocidad, la ventanilla del copiloto, la más próxima al chico, comenzaba a bajarse.
Nadie vio el cañón de la pistola asomar por la ventanilla.
Pero todo el vecindario oyó la detonación, el resonar inconfundible de un disparo en mitad de la noche. Inmediatamente después, un par de ladridos.
El primer vecino que se asomó, desde un balcón colindante, solo pudo ver un coche que, al fondo de la calle, giraba a la derecha; y el cuerpo del chico sobre la acera, con un disparo en la cabeza. Un charco de sangre y sesos se había formado en torno a ella, y aumentaba de tamaño por segundos.
El perrillo, feliz, lamía y mordisqueaba el manjar que el destino le había puesto delante.
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