La verdad es que a Paula no le gustaba nada, pero nada, regresar a casa sola desde la sala de estudios. Pero era necesario, si quería salir airosa del complicado periodo de exámenes que tenía ante sí. Sus compañeros vivían al otro lado de la ciudad, y ella, por no molestar, nunca había hecho a nadie conocedor de sus miedos y de sus inquietudes, esos que se guardaba para ella misma y que, de vez en cuando, salían a la superficie.
Solía acabar de noche, y el camino a casa, bordeando la valla del parque, se le antojaba siniestro. Siempre tan oscuro allí dentro, un terreno siempre poblado de susurros, silbidos, de sombras que se agitan... ¿cómo puede un mismo lugar ser, durante el día, un centro de vida y verdor y, al caer de noche, convertirse en la sede de todas las pesadillas?
La luz de las farolas, que caía pobre e insuficiente sobre la calzada, tampoco ayudaba a tranquilizarla. Por eso sintió alivio cuando vio la luz de un vehículo que se acercaba. Había pasado por aquel lugar decenas de veces, era cierto; y nunca había pasado nada. Pero reconfortaba saber que, en la aparente soledad, todavía había vida, civilización, semejantes que coincidían contigo en el espacio, que también se dirigían a casa, a descansar, probablemente, después de una larga jornada.
Así que sintió alivio.
Lo sintió, al menos, hasta que notó que el coche ralentizaba su marcha, que una ventanilla bajaba y que por ella asomaba el cañón de un arma.
A partir de ahí, Paula no supo nada más. Otros encontrarían su cadáver, tirado en la acera, con la cabeza reventada.
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