Gutiérrez miraba el coche mientras fumaba un cigarrillo. Ausente. Ensimismado.
- Todo confirmado comisario -oyó decir a Hortensio, como si hablara desde el otro lado de una puerta cerrada.
- Pues eso -contestó Gutiérrez al rato, como si acabara de llegar de un viaje a un lugar muy lejano. - Una puta mierda.
Tampoco hacía falta mucha confirmación para confirmar lo que veían sus ojos.
Habían encontrado el coche, en efecto. Más bien, el coche se había entregado, porque lo habían dejado a propósito. En su interior, un cadáver. Un tipo con las manos atadas y con pinta de haber sido torturado. Golpes y cortes por todo el cuerpo.
- Le dieron una buena paliza, comisario -comentó Hortensio nada más ver el cuerpo.
Como remate, como no podía ser de otra manera, un buen disparo en la cabeza que reventara el cráneo. Aún así, no había dudas. Era el cadáver de Felicio.
- ¿Y entonces? -preguntó Hortensio.
Gutiérrez supuso que Hortensio ya sabía lo que iba a decir. Que no se adelantaba a decirlo él mismo por educación.
- Entonces ya sabemos quién era la persona que vio la chica en el asiento de atrás. Lo tuvieron en su casa, lo torturaron, y cuando hicieron estallar la casa se lo llevaron, lo metieron en el coche y se lo cargaron.
- Y, entre tanto, disparando a gente.
- Disparando a gente, en efecto. Al azar.
- Pero, entonces... el asesino no era Felicio.
- Obvio, Hortensio, obvio.
- Entonces...
- Entonces, otra vez, no tenemos nada. Bueno, sí, algo sabemos.
- ¿Algo? ¿Qué?
- Que el asesino es un pedazo de cabrón.
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