- Ahora mismo, Jaimito. Espera un segundo, que ya termino.
Jaimito, ante la perspectiva, daba saltos de ansiedad, como si necesitara ir al baño.
- ¡Mamá! ¡Vamos!
- Ya voy, Jaimito, no seas impaciente.
Si por Jaimito fuera, ya se habría lanzado de cabeza a cruzar la calle y plantarse en la tienda de chuches, que parecía atraerlo como un canto de sirena.
- ¡Mamáááá!
- Jaimito, qué pesado eres, hijo mío. ¿A que al final no vamos?
Jaimito tiraba del brazo de su madre.
- Espera, niño, deja que pase el coche.
Jaimito, entonces, esperó. El coche pasó junto a él. El disparo, lanzado a bocajarro desde el asiento del conductor, le reventó el cráneo.
La madre quedó de piedra durante unos segundos, cogiendo a un cadáver de la mano, hasta que empezó a gritar.
Antes de eso, segundos antes, milésimas antes, vio algo que cambiaría de forma decisiva el devenir del caso.
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