- Buenos días, comisario... -dijo.
Gutiérrez, aún en ese tránsito entre el sueño y la realidad, la vio como un ángel que se le apareciera de forma inesperada. "Estoy muerto", pensó. "Y ya vienen a llevarme al infierno".
La mujer se sentó, por iniciativa propia, al otro lado de la mesa, encendió un cigarrillo con boquilla (¡con boquilla! ¿pero quién fuma hoy en día con boquilla?) y cruzó las piernas de una manera que hubiera dejado a Sharon Stone a la altura del betún.
- Comisario, creo que han matado a mi marido.
Gutiérrez tuvo que limpiarse la baba que le caía de la boca antes de contestar.
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