martes, 8 de julio de 2025

146.- A tu servicio

      Se llamaba Guadalupe. Guadalupe Romero. Y fumaba cigarrillos, esos cigarrillos finos que se dejan emboquillar con docilidad, al ritmo al que lo hacía Gutiérrez.

     Su marido era Teodoro Crispín, un próspero hombre de negocios. De esos hombres discretos que tienen pasta sin llamar la atención, sin que su apellido, aunque este sea Crispín, esté todo el tiempo en boca de todos.

     - ¿Y cómo sabe que lo han matado?
     - Llámame de tú, no seas tonto.

     Acompañó el insultó con un guiño, "es broma, guapetón", parecía querer decir. Y Gutiérrez no se reconoció en el tipo ese que se dejaba hacer, que sonreía bobalicón, perdido en un escote infinito y unas caderas abundantes, ricas.

     - Había sangre en el baño, comisario. Todo lleno. Muy desagradable.
     - Y el cadáver.
     - Para eso he venido, para que lo encontréis vosotros...

     Gutiérrez asintió. Sonrió. Agachó la cabeza.

     - A tu servicio, señora.

     Y le tomó la mano y le plantó en ella un sutil beso.

     Todavía no se había extinguido el eco de sus tacones en el pasillo, ni el contoneo de su cuerpo en la mente de Gutiérrez, cuando este se estaba ya preguntando, sorprendido, qué había pasado para que se hubiera comportado como un completo gilipollas.

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