- ¿Ha visto a esa tipa, comisario?
Hortensio asomó la cabeza cuando el eco de los tacones de Guadalupe todavía resonaban en la mente de Gutiérrez.
Gutiérrez, que aún estaba con la boca abierta, sumido en ensoñaciones, asintió con la cabeza.
- No hay más que verla para saber que no es de fiar. Mucha seguridad aparente, mucho contoneo, muchas ganas de llamar la atención y un ego como un camión de grande. Es de esas que esconde algo. ¿No piensa lo mismo, comisario?
Gutiérrez, ausente, asintió con la cabeza.
- Me está escuchando, ¿verdad, comisario?
Gutiérrez, sin saber muy bien qué le estaban diciendo, asintió con la cabeza.
- Comisario, ¿está bien? Parece como si le hubieran hipnotizado. Cuénteme que quería esa mujer que acaba de salir, por favor.
Gutiérrez, dócil, le contó de Guadalupe y de Teodoro, de crímenes en el baño y de cadáveres desaparecidos.
- Joder, comisario, esto huele a chamusquina. Debería decirlo usted, pero como le veo muy parado hoy, pues lo digo yo. ¡Despierte, hombre, que está en la parra!
Gutiérrez se preguntó cómo se atrevía Hortensio a hablarle así, de un lado; y por qué no reaccionaba dándole una buena hostia, por otro. A ninguna de las preguntas obtuvo respuesta.
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