- De modo que fue aquí donde sucedió todo...
- Sí, comisario, fue horrible, todo lleno de sangre, y yo, que soy tan sensible...
Guadalupe Romero lloraba como una magdalena mientras se agarraba al brazo de Gutiérrez, que se dejaba hacer.
- Dígame que encontrará a mi marido, comisario... ¡dígamelo, por favor!
- Lo encontraremos, puede estar tranquila.
Hortensio se aguantaba las arcadas mientras contemplaba la escena de la plañidera y el tipo duro. A él todo esto le olía a chamusquina. ¿Quién esconde un cadáver y lo deja todo perdido de sangre? ¿Quién salía ganando con la desaparición del potentado Crispín? ¿Quién estaba sobreactuando como si pretendiera extender una cortina de humo sobre la verdad del asunto?
Para Hortensio, todas las preguntas tenían la misma respuesta: Guadalupe.
Gutiérrez, en esos momentos, tomaba la mano de la compungida víctima, la mirada a los ojos y le decía que todo iba a salir bien, que no temiera.
- ¿Recuerda a Irene Adler? -le dijo a Gutiérrez en cuanto se quedaron solos.
- ¿Irene Adler? -preguntó este mientras se encendía un cigarrillo. - ¿No es la archienemiga de Sherlock Holmes? ¿La que siempre lo engaña, siempre va un paso por delante y juega con él como si fuera una marioneta?
- Exacto.
- ¿Qué pasa con ella?
- Que se aplique el cuento, comisario.
Hortensio no tenía muy claro si el comisario había captado la analogía. Este, por toda respuesta, se rascó la barbilla y le dio una buena calada al cigarrillo.
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