- Vale, vale, de acuerdo. Fui yo.
El camarero de los smoothies asesinos, pues así sería bautizado por la prensa a partir del día siguiente, se había puesto a llorar como un bebé en cuanto Gutiérrez y Hortensio le habían presionado un poquito y le habían soltado palabras como "carotenoide".
- Vaya nenaza, Hortensio. Los asesinos ya no son lo que eran, ¿sabes?
- Sí, jefe, pero este, ahí donde lo ves, se ha cargado a cuarto personas, y a punto estuvo de acabar con nosotros.
Gutiérrez se recordó a sí mismo dudando si debería probar el smoothie o no. La madre que lo parió. Menos mal que pidió el vodka. Malditos brebajes ecológicos...
Entre lagrimones y mocos el camarero contó no sé qué historia de que odiaba los gimnasios, de que lo habían echado, de que se reían de él, de que con los mensajitos quería crear una paranoia que acabara con todos los negocios deportivos...
- Nos da igual, panoli -le gritó Gutiérrez. - Has envenenado a gente a sabiendas, y eso se paga con la cárcel.
- Pero es que...
- Que te calles.
- Pero yo...
- Que te calles, joder. Hoy no va a morir nadie, ¿verdad?
El camarero de los smoothies asesinos negó con la cabeza.
- Pues eso es lo que me interesa. Misión cumplida. ¿Lo celebramos, Hortensio?
- ¿Con unos smoothies, comisario?
- Anda y que te jodan, Hortensio...
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