- Comisario...
Gutiérrez levantó la cabeza y aspiró una buena calada de su cigarro.
Por toda respuesta, Gutiérrez movió la cabeza lentamente.
Se reclinó ante el escritorio de su despacho, se encendió un cigarrillo y observó el infinito. Alguien llamó educadamente a la puerta. "Comisario", le dijeron, "alguien quiere verle". "Seguro que no es para nada bueno", pensó él, "nadie me llama para nada bueno". Sin embargo, de sus labios solo brotaron las palabras "¡que pase!". Y no era ninguna rubia despampanante, por supuesto. Eran problemas. Más problemas. "¡Mierda!", pensó. Y aspiró otra calada.
- Comisario...
Gutiérrez levantó la cabeza y aspiró una buena calada de su cigarro.
Por toda respuesta, Gutiérrez movió la cabeza lentamente.
Las noches en el puerto son frías, solitarias. Los buques amarrados semejan mastodontes esperando a que llegue la actividad frenética del nuevo día. Algún guardia de seguridad nocturno, insuficiente para tanto espacio y tanto recoveco, es el único signo de vida entre redes de pesca y olor a mar.
Por eso el puerto, por las noches, es el lugar idóneo para negocios clandestinos.
Los dos tipos llevaban maletines negros. Los dos se embozaban con los altos cuellos de los abrigos de invierno. Los dos portaban gafas oscuras, a todas luces innecesarias, pero que contribuían a hacer irreconocibles sus rostros.
Todo era silencio. Ambos tipos se miraron, asintieron y, por todo saludo, se intercambiaron los maletines.
Ya se disponían a alejarse el uno del otro cuando, repentinas como una tormenta, sonaron las sirenas, se encendieron los focos y un buen puñado de coches de policía los rodearon.
De uno de ellos se bajó el comisario Gutiérrez.
- Vaya, vaya... -dijo con sorna. - ¿A quién tenemos aquí?
No fue necesario requisar las gafas para reconocer el rostro de Smith.
- Señor Smith, qué tal...
Smith guardó silencio.
- A la comisaría con ellos, joder -sentenció el comisario. - Qué poco me gusta que me tomen por tonto...
- Joder, comisario, repítemelo, que no me entero.
El comisario se empezaba a cansar, aunque reconocía que el asunto mandaba huevos.
- A ver, Hortensio. Otra vez. Y ve tomando nota, anda, para no tener que preguntarme más.
Hortensio tomó lápiz y papel, se pasó la punta de grafito por la lengua y puso cara de interesante.
- Empiece a cantar, comisario.
Tras una mueca de disgusto, Gutiérrez recopiló lo que hasta entonces tenían.
En bollos Panterón la cosa resultó al revés. Totalmente al revés.
- Entre usted y yo, y ya que me lo pregunta, es un gilipollas.
Quien pronunció esa frase no fue Gutiérrez, aunque podía haberlo sido, sino Lapuente, el ejecutivo máximo de Panterón. El comisario flipaba.
A Gutiérrez, que estaba calibrando la relación que había entre una hostia y una patada en el trasero, le dio por meter el dedo en la llaga.
- ¿Y por qué no lo echan? Si es tan gilipollas...
A Lapuente se le abrieron los ojos como si fuera a disparar por ellos ráfagas de metralla. Luego puso tal cara de asco que Gutiérrez, pensando que iba a vomitar, se echó hacia atrás en su asiento.
- Joder, comisario... es que es bueno, el cabrón, ¿sabe? No se puede ni imaginar los ingresos que llega a proporcionar... y el dinero, ya sabe...
Sí, Gutiérrez sabía. El dinero sí que era la hostia, y los ejecutivos de las empresas, aunque fueran de bollos y pastelitos, perdían el culo por él.
Todavía, tras despedirse, y mientras salía del despacho, Gutiérrez podía oír a Lapuente susurrando para sí:
- Es que es jodidamente bueno, el gilipollas...
La fábrica de Buenycao era, de grande, casi una ciudad. Varios edificios se especializaban en distintas fases de una producción ingente.
El presidente ejecutivo de Buenycao había recibido a Gutiérrez de buen grado. Se había presentado como Atilio Esquimez, don Atilio, para el común de los empleados. Tras recibir un ilustrativo y laudatorio paseo por las instalaciones, Gutiérrez había ido al grano.
- Quería preguntarle por uno de sus empleados, Smith.
Gutiérrez creyó observar que el rostro de don Atilio se ensombrecía.
Se despidieron con buenas palabras. Un tipo afable, don Atilio. Ese tipo de jefes que guarda un secreto. Ese tipo de personas que, a la mínima, te clava un puñal por la espalda. O se pone a espiarte...
Hortensio entró en el despacho como un torbellino.
- ¡Comisario, comisario!
Gutiérrez, que se había quedado traspuesto en la silla, dio un respingo.
Gutiérrez había tenido una noche aún peor. Pesadillas y obsesiones con cámaras que lo vigilaban, y con gente rara que se escondía para observarlo.
Gutiérrez se frotó la cara, bostezó y sacó un cigarrillo.