Ahora se encontraba sentado en su despacho, con los ojos aún medio cerrados y un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos. Tenía la petaca en el cajón, y estaba pensando que la mejor manera que eliminar la resaca era bebiendo alcohol cuando entró Hortensio como un vendaval.
- ¡Comisario, comisario!
Gutiérrez se preguntó por qué lo llamaba como si no estuviera ya presente. Se llevó la mano a la sien, que parecía que quería reventar.
- ¿Cómo estás tan lozano, Hortensio, maldita sea? Juraría que ayer estuvimos juntos hasta las tantas.
- Ya, comisario, pero había que ponerse manos a la obra.
Gutiérrez recordó que en un pasado muy lejano, cuando él era joven, en la prehistoria de la humanidad, también era capaz de empalmar salidas legendarias con jornadas de trabajo eficiente.
- Maldita juventud, qué arrogante y qué efímera...
- ¿Cómo dice, comisario?
- Nada, Hortensio. Poesía.
- ¿Poe...?
- Nada, he dicho. ¿Qué tienes?
- Un sospechoso.
- ¿Un sospechoso?
- Un sospechoso. Alguien que podía tener razones para joder a Felicio.
Gutiérrez se irguió en su silla. Encendió otro cigarrillo.
- Siéntate, Hortensio. Y cuéntame, que esto me interesa...
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