El móvil de Gutiérrez comenzó a gritar como si lo estuvieran matando. Llamaban de su propio despacho, lo cual, para qué negarlo, lo alarmó ligeramente.
- ¿Sí?
- ¿Comisario?
Gutiérrez reconoció la voz, y de la alarma pasó al cabreo.
- ¿Mel? ¿Qué coño haces llamando desde mi despacho?
- Me dejasteis aquí, Comisario. ¿No lo recuerdas? Una pica en Flandes, un Campamento Base...
- Pero, ¿qué gilipolleces estás diciendo? Que te dejáramos en mi despacho no te da derecho a usar el teléfono como te salga de las narices...
- Pero, Comisario...
Gutiérrez decidió cortar de raíz las explicaciones inútiles que estaban a punto de brotar de la boca de Mel.
- Ni peros ni hostias, Mel. Joder. Vaya mierda de pica en Flandes, elevando la factura de teléfono del despacho. ¿Qué quieres, dime, anda?
Mel se tomó unos segundos de pausa dramática que a Gutiérrez se le hicieron eternos, especialmente por la susodicha factura.
- Creo que te tengo algo.
- ¿Algo? ¿Se ha comunicado Morales contigo?
- No, Comisario. He estado escuchando la grabación de la conversación que mantuvisteis. No sabes qué útil es eso de grabar todas las llamadas.
- La nuestra ahora mismo se está grabando, lo sabes, ¿no? Así que deja de hacer el tonto y ve al grano.
- El ruido de fondo. Morales llamaba desde algún sitio. He limpiado el sonido y creo que sé desde dónde llamaba. Más o menos.
- ¿Más o menos?
Gutiérrez odiaba los "más o menos". Normalmente eran sinónimos de "ni puta idea". Pero, en fin, menos daba una piedra...
- Llama a la gente. Volvemos a despacho. En media hora como mucho.
- ¿Que les llame, Comisario? ¿Desde aquí, desde el despacho?
Pero el Comisario ya había colgado.
- Menudo cabronazo que está hecho -murmuró Mel.
Tardó tres segundos en arrepentirse de haber dicho eso. Como se grabaran también las conversaciones producidas en el despacho las llevaba claras...
Se reclinó ante el escritorio de su despacho, se encendió un cigarrillo y observó el infinito. Alguien llamó educadamente a la puerta. "Comisario", le dijeron, "alguien quiere verle". "Seguro que no es para nada bueno", pensó él, "nadie me llama para nada bueno". Sin embargo, de sus labios solo brotaron las palabras "¡que pase!". Y no era ninguna rubia despampanante, por supuesto. Eran problemas. Más problemas. "¡Mierda!", pensó. Y aspiró otra calada.
domingo, 26 de febrero de 2017
jueves, 29 de diciembre de 2016
53.- Manos a la obra
Gutiérrez tardó unos segundos en reponerse. Sus compañeros, con posterioridad, dirían, hablando entre ellos, que aquello fue una especie de milagro, una resurrección en toda regla, la vuelta a la vida de un corazón detenido tras ser fulminado por un rayo. Para Gutiérrez, sin embargo, no fue más que una toma de posiciones, una cuestión de vida o muerte: o te dispones a matar, o te preparas para morir.
- Hortensio -dijo con firmeza, como movido por un resorte. - Busca en el historial de Morales. Quizás piensas que ya lo conocemos de sobra, que lo hemos estudiado hasta la saciedad, pero algo se nos escapa. Un patrón de conducta, un lugar común, una pista que nos diga por dónde se mueve.
Hortensio asintió con la cabeza, decidido.
- Streller -continuó el comisario-, muévete entre tus conocidos, pregunta en tugurios, en lugares públicos. Tú tienes mil ojos. Mantenlos todos bien abiertos. Quiero que alguien encuentre a ese cabrón.
- Será un placer, comisario.
Finalmente, se volvió a Mel.
- Y tú, Mel... tú, ten cuidado, anda... no te vayas muy lejos.
Mel tragó saliva. Todos amenazados, todos buscando pistas y él "teniendo cuidado". Pues estaba apañado...
- Creo que igual me quedo aquí, en comisaria -dijo.
- Como quieras. Si aquí te sientes más seguro...
A Mel no terminaron de tranquilizarle las palabras de Gutiérrez, ni la palmada en el hombro que recibió a continuación. ¿Gutiérrez dando ánimos con palmadas en el hombro? Muy mal tenían que andar las cosas.
Cuando quiso darse cuenta, Mel estaba solo en el despacho de Gutiérrez. Se acomodó en la silla, encendió el portátil y se puso a escribir. Pensó en coger un cigarrillo y darle al vodka que Gutiérrez escondía en el cajón. Lo hizo, de hecho, y más de una vez...
- Hortensio -dijo con firmeza, como movido por un resorte. - Busca en el historial de Morales. Quizás piensas que ya lo conocemos de sobra, que lo hemos estudiado hasta la saciedad, pero algo se nos escapa. Un patrón de conducta, un lugar común, una pista que nos diga por dónde se mueve.
Hortensio asintió con la cabeza, decidido.
- Streller -continuó el comisario-, muévete entre tus conocidos, pregunta en tugurios, en lugares públicos. Tú tienes mil ojos. Mantenlos todos bien abiertos. Quiero que alguien encuentre a ese cabrón.
- Será un placer, comisario.
Finalmente, se volvió a Mel.
- Y tú, Mel... tú, ten cuidado, anda... no te vayas muy lejos.
Mel tragó saliva. Todos amenazados, todos buscando pistas y él "teniendo cuidado". Pues estaba apañado...
- Creo que igual me quedo aquí, en comisaria -dijo.
- Como quieras. Si aquí te sientes más seguro...
A Mel no terminaron de tranquilizarle las palabras de Gutiérrez, ni la palmada en el hombro que recibió a continuación. ¿Gutiérrez dando ánimos con palmadas en el hombro? Muy mal tenían que andar las cosas.
Cuando quiso darse cuenta, Mel estaba solo en el despacho de Gutiérrez. Se acomodó en la silla, encendió el portátil y se puso a escribir. Pensó en coger un cigarrillo y darle al vodka que Gutiérrez escondía en el cajón. Lo hizo, de hecho, y más de una vez...
sábado, 5 de noviembre de 2016
52.- Tic, tac
- Estimado comisario Gutiérrez...
La voz de Morales era clara y diáfana como un día de primavera. Gutiérrez tragó saliva y se ató los machos. No era plan de parecer pusilánime, ni tan siquiera diplomático.
- ¿Qué quieres, gilipollas? ¿Qué es eso de "estimado comisario..."? Que no estás escribiendo una carta, coño...
Unos segundos de silencio. Gutiérrez sonrió al pensar que Morales habría acusado el golpe,, que no esperaría una respuesta tan directa. Estaría recomponiéndose, como él unos segundos antes.
- Tic, tac, tic, tac...
- ¿Ahora qué eres, un reloj? Desde luego, no he visto tío más tonto que tú, pelirrojo de mierda...
- Tic, tac, tic, tac...
Gutiérrez pensó que quizá fuera buen momento para dejar que Morales dijera algo. Darle un poco de cuerda. Después de todo había llamado él, así que algo tendría que decir. Tras un par de tic-tac más, por fin volvió a sonar a racional el mensaje que llegaba del otro lado del auricular.
- Se acaba el tiempo, comisario. Se acerca el momento de la siguiente víctima. ¿Quién será? ¿Será alguien cercano? ¿Será un desconocido? ¿Será alguien de tu equipito? ¿Serás tú?
Cuando Morales dijo eso de "equipito" se cruzaron una mirada Streller, Mel y Hortensio. Ellos también estaban en la lista.
- ¿Quieres jugar, comisario?
- ¿Quieres que juegue, Morales?
- Yo lo que quiero es que sufras, que sufras un poquito más...
Morales rio como un demente. Gutiérrez empezó una sarta de insultos e improperios de difícil reproducción. Cuando acabó de jurar en hebreo, Morales ya había colgado.
La voz de Morales era clara y diáfana como un día de primavera. Gutiérrez tragó saliva y se ató los machos. No era plan de parecer pusilánime, ni tan siquiera diplomático.
- ¿Qué quieres, gilipollas? ¿Qué es eso de "estimado comisario..."? Que no estás escribiendo una carta, coño...
Unos segundos de silencio. Gutiérrez sonrió al pensar que Morales habría acusado el golpe,, que no esperaría una respuesta tan directa. Estaría recomponiéndose, como él unos segundos antes.
- Tic, tac, tic, tac...
- ¿Ahora qué eres, un reloj? Desde luego, no he visto tío más tonto que tú, pelirrojo de mierda...
- Tic, tac, tic, tac...
Gutiérrez pensó que quizá fuera buen momento para dejar que Morales dijera algo. Darle un poco de cuerda. Después de todo había llamado él, así que algo tendría que decir. Tras un par de tic-tac más, por fin volvió a sonar a racional el mensaje que llegaba del otro lado del auricular.
- Se acaba el tiempo, comisario. Se acerca el momento de la siguiente víctima. ¿Quién será? ¿Será alguien cercano? ¿Será un desconocido? ¿Será alguien de tu equipito? ¿Serás tú?
Cuando Morales dijo eso de "equipito" se cruzaron una mirada Streller, Mel y Hortensio. Ellos también estaban en la lista.
- ¿Quieres jugar, comisario?
- ¿Quieres que juegue, Morales?
- Yo lo que quiero es que sufras, que sufras un poquito más...
Morales rio como un demente. Gutiérrez empezó una sarta de insultos e improperios de difícil reproducción. Cuando acabó de jurar en hebreo, Morales ya había colgado.
domingo, 25 de septiembre de 2016
51.- Tensa espera
Se había hecho el silencio en el despacho de Gutiérrez. Un silencio tenso, desagradable. Quien no miraba al techo, miraba al cielo, evitando todos el cruce de miradas que obligaba a un gesto, a una explicación.
La situación empezaba a ser más que preocupante. Otro asesinado, otra vez Morales, de eso no cabía duda. El jueguecito, que nunca había tenido gracia alguna, comenzaba a ser irritante.
Mel tosió levemente. Aquel pesado silencio, en el que costaba hasta respirar, le estaba provocando una angustia infinita. Acto seguido Hortensio, Streller y el propio Gutiérrez le miraron, y Mel sintió el peso de los seis ojos sobre él. Bajó la cabeza. No tenía nada que decir.
Cuando el momento se eternizaba tanto que la tensión comenzaba a hacerse insoportable, el estruendoso timbre del teléfono les sacó de su letargo, les sobresaltó y les puso alerta. Fue un sonido breve, surgido de la nada, anunciador de desgracias, como las campanas del infierno.
No sonó una segunda vez, no obstante. Antes de que eso sucediese, el comisario ya había descolgado.
- Gutiérrez al aparato...
Y esta vez, al contrario que otras veces, no hubo silencio al otro lado. Ni risitas ahogadas. Esta vez la llamada era de verdad.
jueves, 1 de septiembre de 2016
50.- Con vistas al mar
Un tipo cualquiera se acercó a la terraza y tomó asiento en uno de los lugares libres. Se encendió un cigarrillo y esperó, mirando al mar, a que se acercara el camarero.
Las vistas eran preciosas, sin duda alguna el punto fuerte de aquella terraza. Aquel tipo, un tipo cualquiera, ya sabía que el café de allí no era, ni mucho menos, el mejor del mundo, pero, ¡qué demonios!, le apetecía tomarse uno mientras el mar azul se balanceaba delante de él, iluminado por la claridad del día y acompañado del canto de las gaviotas.
Por fin el camarero se acercó y el tipo pidió su café.
Aquel tipo, un tipo cualquiera, se sentía, no obstante, especial en aquellos momentos. Un café mirando al mar en un bello día, uno de esos pequeños placeres que hacen la vida más fácil.
Un barco atracaba en la lejanía del puerto cuando alguien se le aproximó por detrás. Supuso que sería el camarero que venía con su café, y se inclinó ligeramente a un lado para facilitarle la labor.
Entonces, un tipo cualquiera recibió una fuerte punzada en el costado. Y luego otra. Y otra. Apenas tuvo tiempo de gritar. Pronto sintió que sus órganos vitales habían sido alcanzados y que la sangre corría a chorros bajo su camiseta.
Ni siquiera tuvo tiempo de girarse. Cuando quiso darse cuenta, un velo de oscuridad había caído sobre sus ojos.
El camarero llegó un par de minutos más tarde. No había visto nada. No sabía nada. Llevaba el café en una mano, de hecho, presto a servirlo. La taza cayó al suelo. El café se desparramó. No iba a servir para mucho, desde luego, porque iba dirigido a un tipo cualquiera que, ahora, yacía sobre la mesa con un reguero de sangre que le salía de la boca y un auténtico torrente que llegaba, a través de sus piernas, al suelo.
Las vistas eran preciosas, sin duda alguna el punto fuerte de aquella terraza. Aquel tipo, un tipo cualquiera, ya sabía que el café de allí no era, ni mucho menos, el mejor del mundo, pero, ¡qué demonios!, le apetecía tomarse uno mientras el mar azul se balanceaba delante de él, iluminado por la claridad del día y acompañado del canto de las gaviotas.
Por fin el camarero se acercó y el tipo pidió su café.
Aquel tipo, un tipo cualquiera, se sentía, no obstante, especial en aquellos momentos. Un café mirando al mar en un bello día, uno de esos pequeños placeres que hacen la vida más fácil.
Un barco atracaba en la lejanía del puerto cuando alguien se le aproximó por detrás. Supuso que sería el camarero que venía con su café, y se inclinó ligeramente a un lado para facilitarle la labor.
Entonces, un tipo cualquiera recibió una fuerte punzada en el costado. Y luego otra. Y otra. Apenas tuvo tiempo de gritar. Pronto sintió que sus órganos vitales habían sido alcanzados y que la sangre corría a chorros bajo su camiseta.
Ni siquiera tuvo tiempo de girarse. Cuando quiso darse cuenta, un velo de oscuridad había caído sobre sus ojos.
El camarero llegó un par de minutos más tarde. No había visto nada. No sabía nada. Llevaba el café en una mano, de hecho, presto a servirlo. La taza cayó al suelo. El café se desparramó. No iba a servir para mucho, desde luego, porque iba dirigido a un tipo cualquiera que, ahora, yacía sobre la mesa con un reguero de sangre que le salía de la boca y un auténtico torrente que llegaba, a través de sus piernas, al suelo.
viernes, 15 de julio de 2016
49.- Me encanta que los planes salgan bien
- ¿Has visto? Somos un equipo. El Equipo A -le decía Mel a Streller. Este miraba a otra parte. Hortensio, tres cuartos de lo mismo. No había muchas ganas de bromear.
Y menos aún cuando entró Gutiérrez, con gesto furibundo. Se sentó junto a los demás y dio un puñetazo en la mesa.
- Mierda -gritó. - Mierda, mierda, mierda... ¿Qué tenemos, Hortensio? Dime algo que no sepa, por favor.
- Me temo que voy a decepcionarle, Comisario.
Hortensio desplegó unos papeles sobre la mesa.
- Se diría que eligió una víctima a azar -continuó. - Lo único que quiere es matar. Le da igual a quien.
- Le busca a usted, Comisario -apuntó Streller.
Mel asintió. Hortensio también.
- ¿Ha vuelto a usar el imperdible?
- En efecto. Y, de nuevo, sujetaba un papel en el que estaba escrito su nombre. Gutiérrez. Sólo eso.
- No necesita más.
Los cuatro se miraron.
- Y ahora, ¿qué hacemos? -preguntó Mel.
Gutiérrez apretó los puños.
- Lo tenemos cerca. Nos observa. Se ríe de nosotros. Pero tarde o temprano atacará. A nosotros o a cualquier otro. Entonces hemos de aprovechar para sacarle ventaja. Estad atentos. Hay vidas en juego. Las vuestras, sin ir más lejos.
Todos se levantaron, menos Gutiérrez, que todavía permaneció sentado unos instantes, con la mirada perdida. Mientras dejaban la sala, pareció salir de un trance.
- Me fumaré un puro.
- ¿Cómo dice, Comisario?
- Cuando nos carguemos a ese capullo, me voy a fumar un puro. A mí también, Mel, me encanta que los planes salgan bien...
Y menos aún cuando entró Gutiérrez, con gesto furibundo. Se sentó junto a los demás y dio un puñetazo en la mesa.
- Mierda -gritó. - Mierda, mierda, mierda... ¿Qué tenemos, Hortensio? Dime algo que no sepa, por favor.
- Me temo que voy a decepcionarle, Comisario.
Hortensio desplegó unos papeles sobre la mesa.
- Se diría que eligió una víctima a azar -continuó. - Lo único que quiere es matar. Le da igual a quien.
- Le busca a usted, Comisario -apuntó Streller.
Mel asintió. Hortensio también.
- ¿Ha vuelto a usar el imperdible?
- En efecto. Y, de nuevo, sujetaba un papel en el que estaba escrito su nombre. Gutiérrez. Sólo eso.
- No necesita más.
Los cuatro se miraron.
- Y ahora, ¿qué hacemos? -preguntó Mel.
Gutiérrez apretó los puños.
- Lo tenemos cerca. Nos observa. Se ríe de nosotros. Pero tarde o temprano atacará. A nosotros o a cualquier otro. Entonces hemos de aprovechar para sacarle ventaja. Estad atentos. Hay vidas en juego. Las vuestras, sin ir más lejos.
Todos se levantaron, menos Gutiérrez, que todavía permaneció sentado unos instantes, con la mirada perdida. Mientras dejaban la sala, pareció salir de un trance.
- Me fumaré un puro.
- ¿Cómo dice, Comisario?
- Cuando nos carguemos a ese capullo, me voy a fumar un puro. A mí también, Mel, me encanta que los planes salgan bien...
viernes, 29 de abril de 2016
48.- Al abrigo de la oscuridad
Loli había salido tarde de la comisaría. Como casi siempre. La administrativa siempre era la última en abandonar el barco. Como un capitán, pero sin mando.
Vio que era noche cerrada. Hacía frío. El peor momento para volver caminando a casa. Pero qué remedio.
Loli maldijo la hora en que decidió que hacía una buena mañana y que acudiría al trabajo caminando un rato. Se prometió no volver a cometer el mismo error. Al trabajo, en coche, aunque haya un atasco incontrolable y un tiempo ideal para ir de pícnic.
Había recorrido un par de calles cuando notó algo extraño. Un silencio más intenso de lo habitual, poco común en aquella zona de la ciudad incluso a esas horas. "Es ese silencio que, en las películas, no preludia nada bueno", se dijo. Todavía quedaba un buen rato para llegar a casa. Pensó en Gutiérrez y en Hortensio, en que habían pasado la jornada preocupados y dando vueltas al regreso del asesino del imperdible, en que hablaban de otro asesinato... otra vez...
Entonces escuchó pasos. No vio a nadie. Se detuvo a escuchar. Sí, ahí estaban. Aunque ahora se detenían de nuevo. Loli tuvo entonces la certeza de que alguien la estaba siguiendo.
Comenzó a caminar aprisa. Cada vez más rápido. Dobló un par de esquinas y los pasos, que continuaban siguiéndola, redoblaron también su intensidad y su eco. Entonces Loli echó a correr, con tacones y todo, y lo hizo como no recordaba haberlo hecho nunca, como solo corre quien teme por su vida.
Cuando llegó a su portal, resopló de alivio.
Todavía oyó que aquellos pasos se acercaban, los sintió al lado. Se detuvieron. Lo último que Loli oyó, justo antes de cerrar el portal, fue una risa divertida y demente que rompió el silencio de la noche y la paz de Loli que, desde luego, no iba a poder dormir.
Vio que era noche cerrada. Hacía frío. El peor momento para volver caminando a casa. Pero qué remedio.
Loli maldijo la hora en que decidió que hacía una buena mañana y que acudiría al trabajo caminando un rato. Se prometió no volver a cometer el mismo error. Al trabajo, en coche, aunque haya un atasco incontrolable y un tiempo ideal para ir de pícnic.
Había recorrido un par de calles cuando notó algo extraño. Un silencio más intenso de lo habitual, poco común en aquella zona de la ciudad incluso a esas horas. "Es ese silencio que, en las películas, no preludia nada bueno", se dijo. Todavía quedaba un buen rato para llegar a casa. Pensó en Gutiérrez y en Hortensio, en que habían pasado la jornada preocupados y dando vueltas al regreso del asesino del imperdible, en que hablaban de otro asesinato... otra vez...
Entonces escuchó pasos. No vio a nadie. Se detuvo a escuchar. Sí, ahí estaban. Aunque ahora se detenían de nuevo. Loli tuvo entonces la certeza de que alguien la estaba siguiendo.
Comenzó a caminar aprisa. Cada vez más rápido. Dobló un par de esquinas y los pasos, que continuaban siguiéndola, redoblaron también su intensidad y su eco. Entonces Loli echó a correr, con tacones y todo, y lo hizo como no recordaba haberlo hecho nunca, como solo corre quien teme por su vida.
Cuando llegó a su portal, resopló de alivio.
Todavía oyó que aquellos pasos se acercaban, los sintió al lado. Se detuvieron. Lo último que Loli oyó, justo antes de cerrar el portal, fue una risa divertida y demente que rompió el silencio de la noche y la paz de Loli que, desde luego, no iba a poder dormir.
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