Gutiérrez volvió a resoplar. Otra vez. Se había fumado no se sabe cuántos cigarrillos, llevaba allí sentado mucho más tiempo del que podía aguantar, tenía entre manos el asunto de la joyería y, para colmo, aún le quedaba un aspirante por entrevistar. Casi prefirió, por un momento, que le hubieran asignado uno desde las altas esferas. Aunque hubiera sido un tiparraco insoportable, aunque hubiera sido otro asesino en serie.
"En fin", pensó. "Cuanto antes acabe, mejor". Lo peor era que aquello no tenía pinta de terminar de forma exitosa. De momento, los dos primeros entrevistados habían salido rana. "¡Siguiente!", exclamó.
Entró un joven con pinta de enteradillo. "El típico friqui del club de ajedrez", pensó Gutiérrez, aunque no dijo nada. Sería mejor que se descubriera él mismo. Chaqueta vaquera, camisa negra, pelo engominado. "Pelo engominado, vaya tío cutre", volvió a pensar Gutiérrez. Y tampoco dijo nada, sorprendido de su propio autocontrol. "Tampoco es tan joven, yo diría que anda más cerca de los cuarenta que de los treinta".
- Nombre.
- Hortensio.
- Vaya, ya estamos. Pero, ¿es que no se me va a presentar nadie normal?
Gutiérrez tardó varios segundos en darse cuenta de que ese último comentario, que también tenía que haberse guardado, había sido expresado en voz alta. Error. Había descubierto sus cartas antes que su interlocutor. Para cuando quiso arreglarlo, ya Hortensio había fruncido el ceño, dibujado una mueca hostil y enrojecido ligeramente.
- ¿Algún problema con mi nombre? Porque juraría que no estoy en un concurso sobre nombres bonitos, sino para ganarme un puesto en la comisaría, ¿no?
- Mira, chaval...
- De chaval nada, comisario. No sé si se le ha subido el éxito a la cabeza, ni sé si es usted un amargado y lo que quiere es fastidiarle la vida a todos los que le rodean, pero yo he venido a ayudar, no a cruzarme con maleducados. ¿Qué le sucede? Si no quiere ayudante, lo dice. Probablemente nadie le va a hacer caso, porque independientemente de que usted crea que tiene contactos, o que trabaja mejor solo, esto funciona como un equipo. Jerarquizado, sí, pero como un equipo. Y yo estaré dispuesto para lo que sea. A lo que no estoy dispuesto es a cambiarme de nombre porque a usted le apetezca, ni a escuchar comentarios estúpidos.
Y entonces hizo algo que cualquiera en su sano juicio hubiera considerado una osadía. Sacó un paquete de tabaco, agarró un pitillo y se lo encendió, allí sentado, frente a Gutiérrez. Sin pedirle permiso. Gutiérrez tenía otro que humeaba entre los dedos, por supuesto, pero una cosa era una cosa, y otra cosa era otra cosa. Y continuó.
- Mire, comisario, yo no sé si a usted le preocupa volver a cruzarse con un demente, no sé si es usted tan débil como para dejarse influenciar por un colgado que ahora se pudre en la cárcel, donde debe estar, y lo hace gracias a usted. Pero este es el trabajo que hemos elegido, ¿no? Hasta donde yo llego, usted lo hizo bien. Pero eso no le da derecho a tratarnos a los demás como si fuéramos basura. Yo voy a ser policía aquí o donde me lleven, y deduzco por su aliento a vodka, por el desorden de este despacho y por los faldones que le salen de la camisa que usted, aun sabiendo, no tiene muchas ganas de seguir siéndolo. Una pena, desde luego, porque creo que podría aprender mucho de usted.
Entonces hizo una pausa, aspiró una calada y resopló.
- En fin. Supongo que no era esta la entrevista que esperábamos, ¿no? Ni usted ni yo. Me parece que debería irme. Ha sido un placer, pese a todo, disculpe.
Y Hortensio, digno como él solo y sin dejar hablar a Gutiérrez, salió del despacho.
Gutiérrez resopló por enésima vez en las últimas horas. Hortensio. Vaya tela. Las verdad es que el tío los tenía bien puestos. Con ese nombre, no era de extrañar. Seguro que se metían con él en el colegio. Así es como uno aprende a defenderse. Al menos las entrevistas habían terminado. Ya era hora de salir a dar una vuelta. Gutiérrez se puso la chaqueta y se asomó a la puerta.
- ¡Lali! -llamó. - Me voy a hacer la calle. La tortura aquí ya ha acabado. ¡Ah! -añadió, como de pasada. - Y dale un toque a Hortensio... sí, a este último... creo que podemos darle una oportunidad.
Ya habría tiempo de pulirle las asperezas a este Hortensio. Pero allí fuera, con la gente con la que tenía que enfrentarse, prefería estar rodeado de un bravo temerario antes que de cualquier servil pusilánime...
Se reclinó ante el escritorio de su despacho, se encendió un cigarrillo y observó el infinito. Alguien llamó educadamente a la puerta. "Comisario", le dijeron, "alguien quiere verle". "Seguro que no es para nada bueno", pensó él, "nadie me llama para nada bueno". Sin embargo, de sus labios solo brotaron las palabras "¡que pase!". Y no era ninguna rubia despampanante, por supuesto. Eran problemas. Más problemas. "¡Mierda!", pensó. Y aspiró otra calada.
domingo, 9 de febrero de 2014
miércoles, 18 de diciembre de 2013
27.- Evasión y victoria
Hay gente que tiene la virtud de evadir su mente en momentos de aburrimiento supremo o desagrado. Ese tipo de gente, afortunada sin duda, desarrolla mundos interiores riquísimos mientras, por ejemplo, trabaja en una fábrica, circula en metro o espera en la antesala del traumatólogo. Quizá no sean muchos y, tal vez por eso, conforman personalidades particulares.
El comisario Gutiérrez, desde luego, no era de esos. Nada más lejos de serlo, de hecho, harto como estaba de llevarse el trabajo a casa y de padecer la intromisión en su vida de gente sin escrúpulos y, en general, de consumados estúpidos. Aquella vez, sin embargo, mientras esperaba a su segundo candidato, logró abstraerse de la deprimente situación en la oficina y de imaginarse un contexto diferente.
Imaginó, de hecho, una conversación con Mel. No es que Mel fuera su personaje más admirado, pero era un panoli con gracia a quien divertía fastidiar. Lo imaginó en la oficina, precisamente, lo cual demuestra, de un lado, la escasa inventiva de Gutiérrez y, de otro, la importancia que tenía aquel cuartucho del demonio en su vida y, por lo que se veía, en su psique.
- Oye, Mel, ¿sabes lo que he oído? -decía Gutiérrez.
- ¿De qué se trata, señor Comisario?
- Un caso curioso, tal vez te interese documentarlo, ya sabes, para los noveluchos esos que dices que escribes.
Mel arqueaba una ceja, tragándose la ofensa con el fin mayor de obtener la información deseada.
- Ha sido en un parque, al otro lado de la ciudad. Dos niñas que jugaban han encontrado una cabeza enterrada allí, junto a un banco.
- ¿Una cabeza?
- En efecto, una cabeza. Decapitada. Vieron arena removida y se acercaron, ya sabes, las niñas son como los gatos, siempre metiendo las narices donde no les llaman. Y empezaron a escarbar. Cuando se dieron cuenta, tenían ante ellas una cabeza humana, sucia, llena de tierra, pero enterita...
- ¡Qué desagradable!
- Y eso no es lo peor...
- Ah, ¿no?
- Ni mucho menos. Las niñas no solo no salieron espantadas, sino que que se quedaron mirando la cabeza, toqueteándola, yo qué sé qué tipo de ideas pasan por la cabeza de esa gente...
- ¿De los niños, dice?
- De los niños. Y, ¿sabes qué?
- ¿Qué? -Mel abrió aún más unos ojos llenos de interés.
- Pues que la cabeza aún respiraba, ¿te lo imaginas? Aún respiraba... y dicen que hasta empezó a toser...
- ¿En serio?
- Eso dice el informe, por lo visto. Pulula por ahí. Yo de ti ya estaría investigando...
- Claro, comisario, ya mismo voy a preguntar en ventanilla...
Entonces Mel salía corriendo y Gutiérrez se partía de la risa, qué tío más inocente, este Mel, vaya crío, cuando Eulalia le despertaba de su ensueño...
- Comisario, ¿está bien?
- Claro, Lali, ¿qué quieres?
- El segundo candidato...
- Ah, sí, que pase...
Vuelta a la cruda realidad. Aunque efímera, porque Gutiérrez vio entrar a un jovenzuelo de aspecto chulesco y pelo de pincho, un yogurín recién salido de la academia, seguro, que encima le soltó algo así como:
- ¿Qué pasa, jefe?
- Fuera.
- ¿Cómo?
- Fuera de mi vista.
- Bueno, tío -dijo el imberbe insolente. - Ya me voy... joder, para eso no vengo...
Pues que no hubiera venido, pensó Gutiérrez. Anda que despertarle de sus ensueños con gilipollas como ese. ¿A quién se le ocurrió la genial idea de presentarlo a candidato a ayudante? Y eso sí, especialmente, que quede claro que ningún nuevo ayudante va a osar llamarle "jefe". Que ni se le ocurra, porque no dura ni un suspiro...
El comisario Gutiérrez, desde luego, no era de esos. Nada más lejos de serlo, de hecho, harto como estaba de llevarse el trabajo a casa y de padecer la intromisión en su vida de gente sin escrúpulos y, en general, de consumados estúpidos. Aquella vez, sin embargo, mientras esperaba a su segundo candidato, logró abstraerse de la deprimente situación en la oficina y de imaginarse un contexto diferente.
Imaginó, de hecho, una conversación con Mel. No es que Mel fuera su personaje más admirado, pero era un panoli con gracia a quien divertía fastidiar. Lo imaginó en la oficina, precisamente, lo cual demuestra, de un lado, la escasa inventiva de Gutiérrez y, de otro, la importancia que tenía aquel cuartucho del demonio en su vida y, por lo que se veía, en su psique.
- Oye, Mel, ¿sabes lo que he oído? -decía Gutiérrez.
- ¿De qué se trata, señor Comisario?
- Un caso curioso, tal vez te interese documentarlo, ya sabes, para los noveluchos esos que dices que escribes.
Mel arqueaba una ceja, tragándose la ofensa con el fin mayor de obtener la información deseada.
- Ha sido en un parque, al otro lado de la ciudad. Dos niñas que jugaban han encontrado una cabeza enterrada allí, junto a un banco.
- ¿Una cabeza?
- En efecto, una cabeza. Decapitada. Vieron arena removida y se acercaron, ya sabes, las niñas son como los gatos, siempre metiendo las narices donde no les llaman. Y empezaron a escarbar. Cuando se dieron cuenta, tenían ante ellas una cabeza humana, sucia, llena de tierra, pero enterita...
- ¡Qué desagradable!
- Y eso no es lo peor...
- Ah, ¿no?
- Ni mucho menos. Las niñas no solo no salieron espantadas, sino que que se quedaron mirando la cabeza, toqueteándola, yo qué sé qué tipo de ideas pasan por la cabeza de esa gente...
- ¿De los niños, dice?
- De los niños. Y, ¿sabes qué?
- ¿Qué? -Mel abrió aún más unos ojos llenos de interés.
- Pues que la cabeza aún respiraba, ¿te lo imaginas? Aún respiraba... y dicen que hasta empezó a toser...
- ¿En serio?
- Eso dice el informe, por lo visto. Pulula por ahí. Yo de ti ya estaría investigando...
- Claro, comisario, ya mismo voy a preguntar en ventanilla...
Entonces Mel salía corriendo y Gutiérrez se partía de la risa, qué tío más inocente, este Mel, vaya crío, cuando Eulalia le despertaba de su ensueño...
- Comisario, ¿está bien?
- Claro, Lali, ¿qué quieres?
- El segundo candidato...
- Ah, sí, que pase...
Vuelta a la cruda realidad. Aunque efímera, porque Gutiérrez vio entrar a un jovenzuelo de aspecto chulesco y pelo de pincho, un yogurín recién salido de la academia, seguro, que encima le soltó algo así como:
- ¿Qué pasa, jefe?
- Fuera.
- ¿Cómo?
- Fuera de mi vista.
- Bueno, tío -dijo el imberbe insolente. - Ya me voy... joder, para eso no vengo...
Pues que no hubiera venido, pensó Gutiérrez. Anda que despertarle de sus ensueños con gilipollas como ese. ¿A quién se le ocurrió la genial idea de presentarlo a candidato a ayudante? Y eso sí, especialmente, que quede claro que ningún nuevo ayudante va a osar llamarle "jefe". Que ni se le ocurra, porque no dura ni un suspiro...
domingo, 10 de noviembre de 2013
26.- La entrevista
- A ver, pasa...
El primer candidato entró en el despacho del Comisario Gutiérrez. Allí encontró al propio comisario, sentado tras la mesa, fumando un cigarrillo y con cara de muy pocos amigos. "Ninguno", pensó, de hecho, el candidato.
Gutiérrez, por su parte, pensaba por qué narices tenía él que estar allí entrevistando a tres pánfilos recién salidos de la academia, qué tipo de sistema era ese que le dejaba a él la oportunidad de seleccionar, para eso hubiera sido mejor que le hubieran asignado un ayudante de oficio. Seguramente, sería igual de malo que cualquiera de los tres entre los que se veía obligado a elegir. Joder, si ya Eulalia hacía bien el trabajo... Además, el recuerdo del Morales todavía la escamaba la piel y le hervía la sangre.
- ¿Nombre?
- Eustaquio Díaz.
- ¿Años en el cuerpo?
- Dos meses.
- ¿Dos meses? -Gutiérrez carraspeó. - Un poco verde, ¿no?
- Para eso estamos aquí, señor. Será un honor trabajar a su lado.
- No lo creo.
- Por supuesto que sí, señor. Una celebridad como usted...
Ya estábamos otra vez con lo de la celebridad. Eso también le hervía la sangre, casi tanto como el recuerdo del Morales. Como volviera a sacar el tema, pensaba poner a ese mojigato de patitas en la calle de un puntapié en el trasero.
- Esto no es un juego de niños, lo sabes, ¿verdad?
- Claro, señor, pero a su lado cada día puede ser una valiosa enseñanza.
¿Una valiosa enseñanza? El Eustaquio Díaz este ya empezaba a caerle gordo. Pelota, lameculos e inepto, seguro. Gutiérrez ya tenía calado a ese tipo de gente. El problema, además, es que el tipo continuaba hablando.
- Su tenacidad, su profesionalidad, Comisario, su perspicacia. Será un honor aprender de usted.
- Pero no estás aquí para aprender, nene, sino para ayudar.
- Por supuesto, siempre de su lado. No voy a ser como mi antecesor en el cargo, y menos ahora que todos en la ciudad saben quién es usted.
Gutiérrez ya había tenido suficiente. Una referencia a Morales y otra a la prensa en la misma frase. Su gesto cambió de hastiado a enfadado, sus puños se crisparon y sus cejas se acercaron conformando un ceño de apariencia temible.
- Fuera -espetó al candidato.
- ¿Perdone, señor?
- Fuera, ya he tenido suficiente.
- ¿Me avisarán?
- Lo dudo. Váyase.
- ¿Adónde?
- A hacer puñetas, si quiere, pero salga de mi despacho.
- Claro, señor, ha sido un honor hablar con usted.
- Que se vaya ya, hombre...
Iba a tener que hacer algo con esa supuesta fama suya. Eso de que todos supieran que su ayudante se estuvo riendo de él, que fue incapaz de evitar un puñado de asesinatos cometidos delante de sus narices y que encima jugaron con él al gato y al ratón le sacaba de quicio. Y que encima pretendan todos alabarle por ello se le hacía insoportable. Iba a tener que hacer algo. O se acostumbraba, o la rutina en comisaría se le iba a hacer muy difícil.
En cualquier caso, ya empezaba mal el día. Y este estúpido era el primero, todavía quedaban dos. Maldita sea, ya estaba de mala hostia.
- Siguiente...
El primer candidato entró en el despacho del Comisario Gutiérrez. Allí encontró al propio comisario, sentado tras la mesa, fumando un cigarrillo y con cara de muy pocos amigos. "Ninguno", pensó, de hecho, el candidato.
Gutiérrez, por su parte, pensaba por qué narices tenía él que estar allí entrevistando a tres pánfilos recién salidos de la academia, qué tipo de sistema era ese que le dejaba a él la oportunidad de seleccionar, para eso hubiera sido mejor que le hubieran asignado un ayudante de oficio. Seguramente, sería igual de malo que cualquiera de los tres entre los que se veía obligado a elegir. Joder, si ya Eulalia hacía bien el trabajo... Además, el recuerdo del Morales todavía la escamaba la piel y le hervía la sangre.
- ¿Nombre?
- Eustaquio Díaz.
- ¿Años en el cuerpo?
- Dos meses.
- ¿Dos meses? -Gutiérrez carraspeó. - Un poco verde, ¿no?
- Para eso estamos aquí, señor. Será un honor trabajar a su lado.
- No lo creo.
- Por supuesto que sí, señor. Una celebridad como usted...
Ya estábamos otra vez con lo de la celebridad. Eso también le hervía la sangre, casi tanto como el recuerdo del Morales. Como volviera a sacar el tema, pensaba poner a ese mojigato de patitas en la calle de un puntapié en el trasero.
- Esto no es un juego de niños, lo sabes, ¿verdad?
- Claro, señor, pero a su lado cada día puede ser una valiosa enseñanza.
¿Una valiosa enseñanza? El Eustaquio Díaz este ya empezaba a caerle gordo. Pelota, lameculos e inepto, seguro. Gutiérrez ya tenía calado a ese tipo de gente. El problema, además, es que el tipo continuaba hablando.
- Su tenacidad, su profesionalidad, Comisario, su perspicacia. Será un honor aprender de usted.
- Pero no estás aquí para aprender, nene, sino para ayudar.
- Por supuesto, siempre de su lado. No voy a ser como mi antecesor en el cargo, y menos ahora que todos en la ciudad saben quién es usted.
Gutiérrez ya había tenido suficiente. Una referencia a Morales y otra a la prensa en la misma frase. Su gesto cambió de hastiado a enfadado, sus puños se crisparon y sus cejas se acercaron conformando un ceño de apariencia temible.
- Fuera -espetó al candidato.
- ¿Perdone, señor?
- Fuera, ya he tenido suficiente.
- ¿Me avisarán?
- Lo dudo. Váyase.
- ¿Adónde?
- A hacer puñetas, si quiere, pero salga de mi despacho.
- Claro, señor, ha sido un honor hablar con usted.
- Que se vaya ya, hombre...
Iba a tener que hacer algo con esa supuesta fama suya. Eso de que todos supieran que su ayudante se estuvo riendo de él, que fue incapaz de evitar un puñado de asesinatos cometidos delante de sus narices y que encima jugaron con él al gato y al ratón le sacaba de quicio. Y que encima pretendan todos alabarle por ello se le hacía insoportable. Iba a tener que hacer algo. O se acostumbraba, o la rutina en comisaría se le iba a hacer muy difícil.
En cualquier caso, ya empezaba mal el día. Y este estúpido era el primero, todavía quedaban dos. Maldita sea, ya estaba de mala hostia.
- Siguiente...
miércoles, 30 de octubre de 2013
25.- Joyas por valor de un puñado de dólares
- Así que usted es el propietario del establecimiento, ¿no?
- En efecto.
- Y su nombre es...
- Andrés Gómez.
- De ahí el nombre de Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- En efecto, se nota que eres un tío avispado.
- Usted.
- No, no, usted más.
- Digo que me llame de usted.
- Ah, perdone.
Gutiérrez había obviado el fondo sarcástico del comentario sobre el tío avispado, había decidido recalcar la ausencia del "usted" y se había mordido la lengua para no soltar la palabra "capullo" después de la última frase. El tío, en cualquier caso, lo hubiera merecido, porque de lo que Gutiérrez estaba convencido era de que se encontraba ante un capullo de campeonato. Un nuevo rico venido a más en el negocio de las joyas, a saber con qué métodos. El pelo engominado y peinado hacia atrás, las patillas cuadradas y adelantadas, el olor a colonia cara y el nudo impecable en su corbata lo delataban. El hecho de que le hubieran robado un puñado de millones en joyas era, para Gutiérrez, lo de menos. Pero tenía que hacer su trabajo, qué remedio.
- ¿Podría hablar con sus asociados?
- ¿Asociados? ¿Qué quiere decir? El propietario soy yo. Gómez Joyeros soy yo.
- Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- Ah, eso... "Asociados" no significa nada. No hay asociados.
- ¿Y entonces? ¿Ese nombre?
- No querría que le pusiera sólo Gómez, ¿no? Gómez no tiene tirón...
Gutiérrez resopló y se mordió la lengua por enésima vez.
- Voy a salir un momento, ¿de acuerdo? Necesito tomar el aire.
- Y reflexionar, ¿no? Como Sherlock...
Pero, ¿es que el figura este no se callaba ni debajo del agua? Gutiérrez salió a la puerta y se encendió un cigarrillo. Ladrón de guante blanco. Sin cerraduras forzadas, sin alunizajes espectaculares, aparentemente sin huellas. Se lo tenía bien merecido el Gómez este. Vaya personaje. Gutiérrez pensó que no le hubiera comprado una joya ni loco.
A las dos caladas asomó la cabeza, tan impertinente como siempre. Miró a Gutiérrez, como escaneándolo con sus ojos de pato enclenque. Luego preguntó:
- Oiga, usted es Gutiérrez, ¿verdad?
- ¿Es que no me he presentado antes o qué?
- Sí, sí... me refiero a que es usted el comisario Gutiérrez, el del asesino del imperdible...
- ¿Cómo? -Gutiérrez se puso morado, el humo se le agarró a la garganta y empezó a toser. - ¿De qué coño está hablando? -dijo en cuanto pudo.
- Lo he visto en las noticias... buen trabajo, comisario.
Gutiérrez resistió la tentación de soltarle un revés al Gómez y reírse de sus joyas y de sus patillas de bandolero. Estaba viejo. Se sentía viejo. En otro momento hubiera comenzado a soltar una sarta de improperios y mandobles que hubieran apaciguado los ánimos del señorito.
En aquel instante, sin embargo, se limitó a maldecir a todos los demonios y blasfemar de todas las formas posibles. Se preguntó cómo habría llegado el asunto a la prensa. Comprendió que, si alcanzaba fama de personaje público, la cosa se iba a poner fea. Le dio al cigarro tal calada compulsiva que casi se fuma media colilla.
- En efecto.
- Y su nombre es...
- Andrés Gómez.
- De ahí el nombre de Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- En efecto, se nota que eres un tío avispado.
- Usted.
- No, no, usted más.
- Digo que me llame de usted.
- Ah, perdone.
Gutiérrez había obviado el fondo sarcástico del comentario sobre el tío avispado, había decidido recalcar la ausencia del "usted" y se había mordido la lengua para no soltar la palabra "capullo" después de la última frase. El tío, en cualquier caso, lo hubiera merecido, porque de lo que Gutiérrez estaba convencido era de que se encontraba ante un capullo de campeonato. Un nuevo rico venido a más en el negocio de las joyas, a saber con qué métodos. El pelo engominado y peinado hacia atrás, las patillas cuadradas y adelantadas, el olor a colonia cara y el nudo impecable en su corbata lo delataban. El hecho de que le hubieran robado un puñado de millones en joyas era, para Gutiérrez, lo de menos. Pero tenía que hacer su trabajo, qué remedio.
- ¿Podría hablar con sus asociados?
- ¿Asociados? ¿Qué quiere decir? El propietario soy yo. Gómez Joyeros soy yo.
- Gómez Joyeros y Asociados, ¿no?
- Ah, eso... "Asociados" no significa nada. No hay asociados.
- ¿Y entonces? ¿Ese nombre?
- No querría que le pusiera sólo Gómez, ¿no? Gómez no tiene tirón...
Gutiérrez resopló y se mordió la lengua por enésima vez.
- Voy a salir un momento, ¿de acuerdo? Necesito tomar el aire.
- Y reflexionar, ¿no? Como Sherlock...
Pero, ¿es que el figura este no se callaba ni debajo del agua? Gutiérrez salió a la puerta y se encendió un cigarrillo. Ladrón de guante blanco. Sin cerraduras forzadas, sin alunizajes espectaculares, aparentemente sin huellas. Se lo tenía bien merecido el Gómez este. Vaya personaje. Gutiérrez pensó que no le hubiera comprado una joya ni loco.
A las dos caladas asomó la cabeza, tan impertinente como siempre. Miró a Gutiérrez, como escaneándolo con sus ojos de pato enclenque. Luego preguntó:
- Oiga, usted es Gutiérrez, ¿verdad?
- ¿Es que no me he presentado antes o qué?
- Sí, sí... me refiero a que es usted el comisario Gutiérrez, el del asesino del imperdible...
- ¿Cómo? -Gutiérrez se puso morado, el humo se le agarró a la garganta y empezó a toser. - ¿De qué coño está hablando? -dijo en cuanto pudo.
- Lo he visto en las noticias... buen trabajo, comisario.
Gutiérrez resistió la tentación de soltarle un revés al Gómez y reírse de sus joyas y de sus patillas de bandolero. Estaba viejo. Se sentía viejo. En otro momento hubiera comenzado a soltar una sarta de improperios y mandobles que hubieran apaciguado los ánimos del señorito.
En aquel instante, sin embargo, se limitó a maldecir a todos los demonios y blasfemar de todas las formas posibles. Se preguntó cómo habría llegado el asunto a la prensa. Comprendió que, si alcanzaba fama de personaje público, la cosa se iba a poner fea. Le dio al cigarro tal calada compulsiva que casi se fuma media colilla.
jueves, 5 de septiembre de 2013
24.- Epílogo / Prólogo
- Creo que somos un buen equipo, Comisario.
- Déjame en paz, niñato creído. No me amargues.
Gutiérrez tenía muy claro que no iba a decirle a Mel nada que pudiera provocarle una subida de humos. Nada de "buen trabajo", nada de "has sido útil", nada de "volveremos a trabajar juntos". Ni de coña. Para qué...
- Toda esta historia me va a ayudar en la próxima novela, ¿sabes? Ya la tengo muy avanzada. Noto el aliento del editor en el cogote, pero el desenlace del caso del asesino del imperdible es realmente novelístico, ¿no le parece?
- ¿Vas a novelar toda esta mierda?
- Cambiando los nombres y las situaciones, por supuesto.
- Eso espero, por tu bien -contestó Gutiérrez, dando una calada profunda al cigarrillo. - Lo último que querría es ver mi nombre en los escaparates de las librerías.
- Tranquilo, Comisario, me hago cargo.
Gutiérrez no contestó. Estaba de todo menos tranquilo. "Asqueado" sería una buena palabra para definir su estado de ánimo. Y la exaltada felicidad del escritor no le ayudaba lo más mínimo. Le ponía tenso y acrecentaba su desconfianza.
Iba a decir finalmente algo no muy agradable cuando llamaron a la puerta y entró Eulalia. Desde que Morales había salido rana la secretaria de la comisaria se encargaba de la transmisión de mensajes en línea directa.
- Comisario, un nuevo caso. Robo en una joyería. Robo de los gordos, joyas por valor de varios millones.
El rostro de Mel se iluminó. "Nuevas aventuras", parecía querer decir. El de Gutiérrez, sin embargo, se agrió. "Más basura", pareció pensar.
- Ah, Comisario, y no olvide que mañana vendrán los tres candidatos designados por la Sede Central para ocupar la vacante de ayudante. Tendrá que entrevistarlos y elegir.
- Joder -dijo Gutiérrez como única respuesta. - Largaos de aquí, anda, los dos. Dejadme solo.
Gutiérrez, mientras le daba un trago a la petaca, pensaba en que necesitaba unas vacaciones, en que si pudiera se jubilaba al día siguiente, en que mañana tendría que estar allí, de nuevo, soportando a inútiles e impertinentes, después de otra noche sin dormir...
- Déjame en paz, niñato creído. No me amargues.
Gutiérrez tenía muy claro que no iba a decirle a Mel nada que pudiera provocarle una subida de humos. Nada de "buen trabajo", nada de "has sido útil", nada de "volveremos a trabajar juntos". Ni de coña. Para qué...
- Toda esta historia me va a ayudar en la próxima novela, ¿sabes? Ya la tengo muy avanzada. Noto el aliento del editor en el cogote, pero el desenlace del caso del asesino del imperdible es realmente novelístico, ¿no le parece?
- ¿Vas a novelar toda esta mierda?
- Cambiando los nombres y las situaciones, por supuesto.
- Eso espero, por tu bien -contestó Gutiérrez, dando una calada profunda al cigarrillo. - Lo último que querría es ver mi nombre en los escaparates de las librerías.
- Tranquilo, Comisario, me hago cargo.
Gutiérrez no contestó. Estaba de todo menos tranquilo. "Asqueado" sería una buena palabra para definir su estado de ánimo. Y la exaltada felicidad del escritor no le ayudaba lo más mínimo. Le ponía tenso y acrecentaba su desconfianza.
Iba a decir finalmente algo no muy agradable cuando llamaron a la puerta y entró Eulalia. Desde que Morales había salido rana la secretaria de la comisaria se encargaba de la transmisión de mensajes en línea directa.
- Comisario, un nuevo caso. Robo en una joyería. Robo de los gordos, joyas por valor de varios millones.
El rostro de Mel se iluminó. "Nuevas aventuras", parecía querer decir. El de Gutiérrez, sin embargo, se agrió. "Más basura", pareció pensar.
- Ah, Comisario, y no olvide que mañana vendrán los tres candidatos designados por la Sede Central para ocupar la vacante de ayudante. Tendrá que entrevistarlos y elegir.
- Joder -dijo Gutiérrez como única respuesta. - Largaos de aquí, anda, los dos. Dejadme solo.
Gutiérrez, mientras le daba un trago a la petaca, pensaba en que necesitaba unas vacaciones, en que si pudiera se jubilaba al día siguiente, en que mañana tendría que estar allí, de nuevo, soportando a inútiles e impertinentes, después de otra noche sin dormir...
domingo, 11 de agosto de 2013
23.- Frente a frente
Así que allí estaba. Ante el jodido asesino del imperdible. El que dejaba enganchado a sus víctimas un papelito con su apellido. El que, según todos los testigos, tenía la cara más común del mundo. Y era Morales, su subordinado, el aprendiz, el tipo más pánfilo y mojigato que había conocido nunca, y eso que había conocido muchos...
La sala de interrogatorios no era mayor que el cuarto trastero de un bar de mala muerte. Tampoco hacía falta más para intimidar a los detenidos. Tampoco había mucho que interrogar, en este caso. Morales había sido apresado en plena faena, como diría un castizo. Joder, iba a cargarse al abogado ese... joder, si ya había confesado...
- Así que, Moralitos, se te acabó el rollo.
Morales seguía soniendo en silencio. Maldita sea, no había dejado de sonreír desde que lo habían detenido. Gutiérrez pensó que parecía otro, esa sonrisa demente no era la sonrisa del inútil ayudante. "Cómo cambia la gente", se dijo Gutiérrez. "Nunca terminas de conocer a nadie...".
Como a Streller. Gutiérrez no terminaba de fiarse de él. Era descarado, entrometido, un cotilla de mucho cuidado guiado por quién sabe qué intenciones ocultas. Pero le había sido útil. Aquella entrevista en el parque, aquellas palabras susurradas al oído ("fíjese, Comisario, en quien más le frecuenta"), le habían puesto sobre la pista. Y también tenía algo que agradecerle a ese proyecto de escritor, ese Millán, o Mel, aunque llegara recomendado por Streller. Gutiérrez había llegado a la conclusión, ya la noche anterior, de que contaría con ellos en el futuro, aunque con cautela. "Hay que tener amigos hasta en el infierno...".
Gutiérrez se encendió un cigarrillo. Le ofreció otro a Morales, con sorna, sabiendo que este no fumaba. Sin embargo, Morales lo aceptó. "Esquizofrenia", concluyó Gutiérrez. "El Morales malo sí que fuma...".
- Así que cuatro asesinatos, ¿no, Morales? Cuatro víctimas solamente... pues vaya asesino en serie de pacotilla que eres... bien pronto te hemos cazado...
Morales permanecía impasible, sin borrar esa desconcertante mueca, similar a una sonrisa, ni para dar caladas al cigarrillo que Gutiérrez le había ofrecido.
- El Navajas, el tipo del día de la tormenta, el que tiraste desde el puente, el del bar...
Morales entonces reaccionó, como si hubiera sido herido en su orgullo.
- El del puente se suicidó, gilipollas -dijo. Hasta su voz parecía diferente de aquella voz tímida e infantil del Morales cotidiano. - Que ni para eso sirves...
Gutiérrez sopesó hasta qué punto podía aquello ser verdad. Hasta los psicópatas tienen un punto de vanidad, desde luego. Un punto enorme. No les vale con ganar el juego; tienen que predicarlo a los cuatro vientos. "Un papelito con mi nombre... recomendaciones para ir a buscar al Navajas... si es que quería que le cogiera, coño".
- ¿Solo tres, entonces? Pues vaya mierda... -no hay nada para enfurecer a un vanidoso como minimizar sus logros. Y Gutiérrez quería, desde luego, enfurecer a Morales.
- ¿Solo tres? -dijo Morales a gritos. - ¿Solo tres? Imbécil, inepto... ¡Tres que tú sepas! Tres desde que llegué a la conclusión de que eres tan inútil que había que ponerte avisos en los cadáveres para que te enteraras.
- ¿Ha habido más, acaso? -preguntó el Comisario en tono de burla, escondiendo, quizá, el temor que comenzaba a invadirle. Temor a que, al fin y al cabo, Morales hubiera triunfado.
- Ha habido decenas de ellos, algunos olvidados, otros ocultos, otros resueltos de forma equivocada...
Morales entonces rió con ganas. Gutiérrez calló, impávido. ¿Decenas? Vaya farol...
- ¿Y Eva, qué? ¿Ya no te acuerdas de Eva? Caso abierto... ¿eh? Que te jodan, Gutiérrez, no he disfrutado nunca tanto acabando con una vida...
Gutiérrez quedó petrificado. Perdió los nervios. El cigarrillo cayó de su boca al suelo, y ni siquiera se molestó en recogerlo. Eva... Algo le decía que ahora Morales no mentía. Eva, su Eva...
Cuando Morales dejó de reír, un rato después, Gutiérrez aún no había sido capaz de moverse. Sus ojos, eso sí, despedían llamaradas de furia...
La sala de interrogatorios no era mayor que el cuarto trastero de un bar de mala muerte. Tampoco hacía falta más para intimidar a los detenidos. Tampoco había mucho que interrogar, en este caso. Morales había sido apresado en plena faena, como diría un castizo. Joder, iba a cargarse al abogado ese... joder, si ya había confesado...
- Así que, Moralitos, se te acabó el rollo.
Morales seguía soniendo en silencio. Maldita sea, no había dejado de sonreír desde que lo habían detenido. Gutiérrez pensó que parecía otro, esa sonrisa demente no era la sonrisa del inútil ayudante. "Cómo cambia la gente", se dijo Gutiérrez. "Nunca terminas de conocer a nadie...".
Como a Streller. Gutiérrez no terminaba de fiarse de él. Era descarado, entrometido, un cotilla de mucho cuidado guiado por quién sabe qué intenciones ocultas. Pero le había sido útil. Aquella entrevista en el parque, aquellas palabras susurradas al oído ("fíjese, Comisario, en quien más le frecuenta"), le habían puesto sobre la pista. Y también tenía algo que agradecerle a ese proyecto de escritor, ese Millán, o Mel, aunque llegara recomendado por Streller. Gutiérrez había llegado a la conclusión, ya la noche anterior, de que contaría con ellos en el futuro, aunque con cautela. "Hay que tener amigos hasta en el infierno...".
Gutiérrez se encendió un cigarrillo. Le ofreció otro a Morales, con sorna, sabiendo que este no fumaba. Sin embargo, Morales lo aceptó. "Esquizofrenia", concluyó Gutiérrez. "El Morales malo sí que fuma...".
- Así que cuatro asesinatos, ¿no, Morales? Cuatro víctimas solamente... pues vaya asesino en serie de pacotilla que eres... bien pronto te hemos cazado...
Morales permanecía impasible, sin borrar esa desconcertante mueca, similar a una sonrisa, ni para dar caladas al cigarrillo que Gutiérrez le había ofrecido.
- El Navajas, el tipo del día de la tormenta, el que tiraste desde el puente, el del bar...
Morales entonces reaccionó, como si hubiera sido herido en su orgullo.
- El del puente se suicidó, gilipollas -dijo. Hasta su voz parecía diferente de aquella voz tímida e infantil del Morales cotidiano. - Que ni para eso sirves...
Gutiérrez sopesó hasta qué punto podía aquello ser verdad. Hasta los psicópatas tienen un punto de vanidad, desde luego. Un punto enorme. No les vale con ganar el juego; tienen que predicarlo a los cuatro vientos. "Un papelito con mi nombre... recomendaciones para ir a buscar al Navajas... si es que quería que le cogiera, coño".
- ¿Solo tres, entonces? Pues vaya mierda... -no hay nada para enfurecer a un vanidoso como minimizar sus logros. Y Gutiérrez quería, desde luego, enfurecer a Morales.
- ¿Solo tres? -dijo Morales a gritos. - ¿Solo tres? Imbécil, inepto... ¡Tres que tú sepas! Tres desde que llegué a la conclusión de que eres tan inútil que había que ponerte avisos en los cadáveres para que te enteraras.
- ¿Ha habido más, acaso? -preguntó el Comisario en tono de burla, escondiendo, quizá, el temor que comenzaba a invadirle. Temor a que, al fin y al cabo, Morales hubiera triunfado.
- Ha habido decenas de ellos, algunos olvidados, otros ocultos, otros resueltos de forma equivocada...
Morales entonces rió con ganas. Gutiérrez calló, impávido. ¿Decenas? Vaya farol...
- ¿Y Eva, qué? ¿Ya no te acuerdas de Eva? Caso abierto... ¿eh? Que te jodan, Gutiérrez, no he disfrutado nunca tanto acabando con una vida...
Gutiérrez quedó petrificado. Perdió los nervios. El cigarrillo cayó de su boca al suelo, y ni siquiera se molestó en recogerlo. Eva... Algo le decía que ahora Morales no mentía. Eva, su Eva...
Cuando Morales dejó de reír, un rato después, Gutiérrez aún no había sido capaz de moverse. Sus ojos, eso sí, despedían llamaradas de furia...
jueves, 1 de agosto de 2013
22.- Un mazazo
- Así que aquí estamos, al fin, frente a frente...
- Cállate, gilipollas. Te acabo de pillar "in franganti", así que nada de frente a frente, tú calladito, y responde solo cuando yo te pregunte...
Morales no mostraba sorpresa. "Haciéndose el duro", pensaba Gutiérrez, porque suponía que debía de estar acojonado. Atrapado en pleno acto delictivo, un pánfilo como Morales...
- ¿Cómo me has descubierto?
- Que te calles, joder -le intimidó Gutiérrez. - ¿Qué te creías, que no te iba a descubrir? ¿A qué jugabas, panoli? ¿Pensabas que no iba a sospechar de ti porque eras mi ayudante? No me toques las narices, chaval...
Morales sonreía, esa sonrisa despreocupada que a Gutiérrez, cuando la veía en los delincuentes, le sacaba de quicio.
- Eres un estúpido, Gutiérrez, lo has sido siempre. Has estado siguiéndome, ¿verdad? Bueno, ¿y qué? ¿Piensas que no sabía que ibas a terminar por caer en la cuenta? Eres tonto, Gutiérrez, muy tonto, pero al final te lo he puesto tan fácil...
- ¿Qué quieres, Morales?
Morales se mordió el labio inferior. Gutiérrez sacó de su chaqueta un paquete de cigarrillos y encendió uno...
- Fumando hasta el último momento, ¿eh?
- ¿Qué ultimo momento ni hostias? Quedas detenido, Morales, por un puñado de asesinatos... -dijo Gutiérrez, pero no se movió del sillón de cuero, pulcro y cómodo, que ocupaba.
Morales rió de buena gana.
- Venga, necio, detenme. No has avisado a nadie en comisaría, ¿verdad? Claro, un trabajo discreto, se trataba de cazar a tu ayudante, y por tu ayudante pasan todos tus asuntos, ¿eh? Estamos tú y yo, inútil...
Morales echó mano al bolsillo de su chaqueta. "El cuchillo", pensó Gutiérrez. "El mismo que iba a utilizar para matar al abogado". Sin embargo, permaneció inamovible. Iba Morales a avanzar a dirección a Gutiérrez, no obstante, cuando algo le golpeó en la cabeza con tal fuerza que le hizo caer de bruces, inconsciente, sangrando por una oreja.
- Joder, Mel -suspiró entonces Gutiérrez. - Un poco más y dejas que me clave la punta del cuchillo en el pecho.
- Todo controlado, señor Comisario. Es que estaba interesante la conversación, creo que la voy a transcribir tal cual en mi próxima novela...
- ¿Intere... qué? Venga, Mel, no me jodas -Gutiérrez se abrió de brazos y miró al cielo con gesto teatral. - Pero, ¿es que no voy a poder contar nunca con un ayudante decente?
- Cállate, gilipollas. Te acabo de pillar "in franganti", así que nada de frente a frente, tú calladito, y responde solo cuando yo te pregunte...
Morales no mostraba sorpresa. "Haciéndose el duro", pensaba Gutiérrez, porque suponía que debía de estar acojonado. Atrapado en pleno acto delictivo, un pánfilo como Morales...
- ¿Cómo me has descubierto?
- Que te calles, joder -le intimidó Gutiérrez. - ¿Qué te creías, que no te iba a descubrir? ¿A qué jugabas, panoli? ¿Pensabas que no iba a sospechar de ti porque eras mi ayudante? No me toques las narices, chaval...
Morales sonreía, esa sonrisa despreocupada que a Gutiérrez, cuando la veía en los delincuentes, le sacaba de quicio.
- Eres un estúpido, Gutiérrez, lo has sido siempre. Has estado siguiéndome, ¿verdad? Bueno, ¿y qué? ¿Piensas que no sabía que ibas a terminar por caer en la cuenta? Eres tonto, Gutiérrez, muy tonto, pero al final te lo he puesto tan fácil...
- ¿Qué quieres, Morales?
Morales se mordió el labio inferior. Gutiérrez sacó de su chaqueta un paquete de cigarrillos y encendió uno...
- Fumando hasta el último momento, ¿eh?
- ¿Qué ultimo momento ni hostias? Quedas detenido, Morales, por un puñado de asesinatos... -dijo Gutiérrez, pero no se movió del sillón de cuero, pulcro y cómodo, que ocupaba.
Morales rió de buena gana.
- Venga, necio, detenme. No has avisado a nadie en comisaría, ¿verdad? Claro, un trabajo discreto, se trataba de cazar a tu ayudante, y por tu ayudante pasan todos tus asuntos, ¿eh? Estamos tú y yo, inútil...
Morales echó mano al bolsillo de su chaqueta. "El cuchillo", pensó Gutiérrez. "El mismo que iba a utilizar para matar al abogado". Sin embargo, permaneció inamovible. Iba Morales a avanzar a dirección a Gutiérrez, no obstante, cuando algo le golpeó en la cabeza con tal fuerza que le hizo caer de bruces, inconsciente, sangrando por una oreja.
- Joder, Mel -suspiró entonces Gutiérrez. - Un poco más y dejas que me clave la punta del cuchillo en el pecho.
- Todo controlado, señor Comisario. Es que estaba interesante la conversación, creo que la voy a transcribir tal cual en mi próxima novela...
- ¿Intere... qué? Venga, Mel, no me jodas -Gutiérrez se abrió de brazos y miró al cielo con gesto teatral. - Pero, ¿es que no voy a poder contar nunca con un ayudante decente?
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