Gutiérrez alzó un dedo y detuvo la verborrea ansiosa de Hortensio, que parecía un niño pequeño.
- A ver, disculpe, caballero. Aunque el comportamiento de mi compañero no lo dé a entender, somos policías. Estamos aquí porque las cámaras de seguridad de la máquina de paquetería podría sernos útil.
El quiosquero, que estaba leyendo el periódico, levantó la vista con gesto de condescendencia, como si se encontrara ante dos infantes impacientes.
- A ver, chicos, por orden. Tú, primero, chaval. ¿Qué quieres? -dijo, señalando a Hortensio.
Para sorpresa de Gutiérrez, Hortensio no preguntó por el asesino múltiple.
- Dame mejor una bolsa grande con un mezcladito de todas estas gominolas. Un poco de cada. Y no olvides los ositos de color.
El quiosquero, metódicamente, fue llenando la bolsa, que pesó y cobró con calma. Luego, se dirigió a Gutiérrez.
- ¿Y, tú? ¿Qué querías?
- Las cámaras de seguridad.
- Eso no lo llevo yo, joven. Tienes que contactar con la empresa. Allí, impreso en la máquina, tienes el número de contacto.
Cuando salieron, Gutiérrez llevaba un mosqueo de dos pares de cojones.
- ¿Quiere una gominola, comisario?
- Una gominola te voy a dar yo a ti por la cara como no te calles...
No hay comentarios:
Publicar un comentario