Cuando Hortensio entraba así, a grito pelado, arrasándolo todo a su paso como un Arquímedes en pelotas gritando "Eureka" por las calles de Siracusa, a Gutiérrez le asaltaban sentimientos encontrados. Por una parte, vergüenza ajena y la irritación que de ella se derivaba; por otra, una excitación creciente y contagiosa, pues cuando Hortensio gritaba, era porque tenía algo.
- ¡Lo tengo, comisario!
- ¿Ves? Como Arquímedes. Te falta ir en pelotas por la calle.
- ¿Qué?
- Que me digas qué tienes.
- La clave está en las cámaras del quiosco.
- ¿Qué quiosco?
- El quiosco que está en la escena del último asesinato. Donde el semáforo.
- Los quioscos ya no existen, panoli.
- Que sí, comisario. Este sí. Quiero decir que vende prensa y golosinas, y otras cosas... por ejemplo, hace de punto de entrega de paquetería. Y tiene una máquina de recogida automática, por si algún cliente llega fuera del horario de apertura. Funciona con un código, el cliente lo introduce y...
- Ya sé cómo funciona, pesado. Dime más.
- Que hay cámaras, como en los cajeros automáticos, pero estas, ¡oh, bendita casualidad!, están justo frente a los semáforos.
Gutiérrez se mesó la barbilla.
- Vale, pues vamos, ¿no? "Todo cuerpo sumergido en un fluido...".
- ¿Está bien, jefe? ¿Quiere un chupito de algo? Lo digo por lo del fluido...
- ¡Calla, coño, y deja de decir bobadas, que llegamos tarde a todos los sitios!
No hay comentarios:
Publicar un comentario