viernes, 2 de enero de 2026

162.- El principio de Arquímedes

     - ¡Comisario! ¡comisario!

     Cuando Hortensio entraba así, a grito pelado, arrasándolo todo a su paso como un Arquímedes en pelotas gritando "Eureka" por las calles de Siracusa, a Gutiérrez le asaltaban sentimientos encontrados. Por una parte, vergüenza ajena y la irritación que de ella se derivaba; por otra, una excitación creciente y contagiosa, pues cuando Hortensio gritaba, era porque tenía algo.

     - ¡Lo tengo, comisario!
     - ¿Ves? Como Arquímedes. Te falta ir en pelotas por la calle.
     - ¿Qué?
     - Que me digas qué tienes.
     - La clave está en las cámaras del quiosco.
     - ¿Qué quiosco?
     - El quiosco que está en la escena del último asesinato. Donde el semáforo.
     - Los quioscos ya no existen, panoli.
     - Que sí, comisario. Este sí. Quiero decir que vende prensa y golosinas, y otras cosas... por ejemplo, hace de punto de entrega de paquetería. Y tiene una máquina de recogida automática, por si algún cliente llega fuera del horario de apertura. Funciona con un código, el cliente lo introduce y...
     - Ya sé cómo funciona, pesado. Dime más.
     - Que hay cámaras, como en los cajeros automáticos, pero estas, ¡oh, bendita casualidad!, están justo frente a los semáforos.

     Gutiérrez se mesó la barbilla.

     - Vale, pues vamos, ¿no? "Todo cuerpo sumergido en un fluido...".
     - ¿Está bien, jefe? ¿Quiere un chupito de algo? Lo digo por lo del fluido...
     - ¡Calla, coño, y deja de decir bobadas, que llegamos tarde a todos los sitios!

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