jueves, 30 de octubre de 2025

157.- Esto ya pasa de castaño oscuro

     Al tipo le había apetecido almorzar un bocadillo de pechuga de pollo con mayonesa. Eso era todo. No es que la nevera estuviera vacía; aunque no estaba a rebosar, desde luego que podría haber sacado un almuerzo decente. Lo que pasaba es que le apetecía el pollo.

     Es más, le apetecía la pechuga de pollo con mayonesa. Y tenía el pan, y tenía el pollo. Pero no tenía mayonesa.

     Por eso había salido de casa. Al supermercado, a comprar un bote de mayonesa. Tuvo que cambiarse de ropa, incluso. El supermercado estaba a dos minutos de casa, sería un momento, pero no quería aparecer por allí hecho unos zorros, con la ropa de andar por casa. Al principio le había dado una enorme pereza cambiarse, pero habían vencido las ganas de mayonesa.

     Así que se había cambiado, se había calzado decentemente y allí estaba, camino del súper.

     Hacía frío. No había cogido chaqueta. Se arrepintió de este detalle, pero tampoco le dio más importancia. Ya casi estaba allí.

     Había bastante gente. Supuso que estaban haciendo recados; algunos, como él, iban en busca de su antojo para el almuerzo; otros, como los operarios de enfrente, llevaban toda la mañana haciendo ruido con sus máquinas taladradoras.

     Un coche llegó a su altura, y caminó paralelo a él durante unos segundos, lo suficiente para que girara la cabeza. Quizá fuera un conocido. Pero no. La ventanilla estaba bajada, y pudo ver claramente cómo un tipo con la cara cubierta le apuntaba con una pistola.

     Cuando cayó al suelo, a plomo, con un disparo en la frente, se encontraba ya, prácticamente, a la altura de la puerta de supermercado.

jueves, 23 de octubre de 2025

156.- Nada que llevarse a la boca

     - ¿Alguna novedad con el caso? -preguntó Gutiérrez, con la calma de quien pasa por un aburrido trámite.
     - Pues sí, señor. Tenemos novedades.
     - ¿Algo nuevo con la identificación del asesino? ¿Algún vecino, alguien de la familia de la víctima que sospechara algo? ¿Alguna amenaza previa? ¿Alguien del trabajo, algún compañero de estudios?
     - No, señor, sobre eso no hay nada.
     - ¿Es la bala, entonces? ¿Algún dato nuevo de balística?
     - No, señor, de balística aún no tenemos nada.
     - ¿Y del arma? ¿Se ha encontrado algo?
     - Por el tipo de herida parecía un revólver estándar, comisario. Imposible dar con su poseedor; no, al menos, si no tenemos el arma en nuestras manos.

     Gutiérrez encendió un cigarrillo.

     - ¿Entonces qué coño tenemos, Hortensio?
     - Otro asesinato, comisario. Muy parecido. De momento, sin pistas.
     - Joder.
     - Sí, señor. Joder.

jueves, 16 de octubre de 2025

155.- Mejor sola que mal acompañada

     La verdad es que a Paula no le gustaba nada, pero nada, regresar a casa sola desde la sala de estudios. Pero era necesario, si quería salir airosa del complicado periodo de exámenes que tenía ante sí. Sus compañeros vivían al otro lado de la ciudad, y ella, por no molestar, nunca había hecho a nadie conocedor de sus miedos y de sus inquietudes, esos que se guardaba para ella misma y que, de vez en cuando, salían a la superficie.

     Solía acabar de noche, y el camino a casa, bordeando la valla del parque, se le antojaba siniestro. Siempre tan oscuro allí dentro, un terreno siempre poblado de susurros, silbidos, de sombras que se agitan... ¿cómo puede un mismo lugar ser, durante el día, un centro de vida y verdor y, al caer de noche, convertirse en la sede de todas las pesadillas?

     La luz de las farolas, que caía pobre e insuficiente sobre la calzada, tampoco ayudaba a tranquilizarla. Por eso sintió alivio cuando vio la luz de un vehículo que se acercaba. Había pasado por aquel lugar decenas de veces, era cierto; y nunca había pasado nada. Pero reconfortaba saber que, en la aparente soledad, todavía había vida, civilización, semejantes que coincidían contigo en el espacio, que también se dirigían a casa, a descansar, probablemente, después de una larga jornada.

     Así que sintió alivio.

     Lo sintió, al menos, hasta que notó que el coche ralentizaba su marcha, que una ventanilla bajaba y que por ella asomaba el cañón de un arma.

     A partir de ahí, Paula no supo nada más. Otros encontrarían su cadáver, tirado en la acera, con la cabeza reventada.

jueves, 9 de octubre de 2025

154.- Primeras pesquisas

     - ¿Y dices que no vio nada?
     - No, comisario. Oyó el disparo, salió al balcón y un coche doblaba la esquina. La víctima y su perro estaban en la acera.
     - ¿Ni siquiera se fijó en el color del coche?
     - Dice que no. Fue apenas un segundo, y su atención se centró inmediatamente en el cadáver. Insinuó que podría ser un coche de color oscuro, pero ni siquiera eso podía asegurarlo. Del tamaño, del modelo o de la matrícula ya ni hablamos.

     Gutiérrez le dio una buena calada al cigarrillo mientras miraba al infinito.

     - Vale, Hortensio. Protocolo habitual. Pregunta a los vecinos, mira las cámaras de seguridad de cualquier banco o negocio que hubiera en los alrededores, pide un examen de balística y el informe del forense y, si hace falta, pregúntale al perro, a ver qué te dice. Habla con la familia de la víctima, con sus compañeros de trabajo y con sus amigos, a ver si das con un móvil para el asesinato.
     - De acuerdo, comisario. ¿Algo más?

     No había nada más. Salvo esa desagradable sensación de que la resolución del crimen iba a ser complicada. Cómo no.

     Gutiérrez siguió un rato mirando al infinito, sin decir nada, sin pensar nada en concreto. Nada que no fuera que deseaba ferviente que aquel asesinato fuera único, y que no le llegaran en los próximos días informaciones sobre otros asesinatos con un modus operandi similar...

jueves, 2 de octubre de 2025

153.- La detonación

     La calle estaba desierta, tranquila. Se acercaba la medianoche, y todos los vecinos estaban descansando en sus hogares. Algunos ya dormían; otros alejaban con la televisión la hora de irse a la cama. Al día siguiente, en la mayoría de los casos, habría que levantarse temprano.

     Solo un joven, tras torcer una esquina, se desplazaba por una de las aceras. Llevaba un perro atado a una correa. El perro olisqueaba cada rincón que encontraba a su paso, y el joven, dejándole hacer, avanzaba distraído.

     Nadie se dio cuenta de que, desplazándose por la calzada, se acercaba un coche. Ninguno, ni el chico ni el perro, se percató de que, aun sin disminuir la velocidad, la ventanilla del copiloto, la más próxima al chico, comenzaba a bajarse.

     Nadie vio el cañón de la pistola asomar por la ventanilla.

     Pero todo el vecindario oyó la detonación, el resonar inconfundible de un disparo en mitad de la noche. Inmediatamente después, un par de ladridos.

     El primer vecino que se asomó, desde un balcón colindante, solo pudo ver un coche que, al fondo de la calle, giraba a la derecha; y el cuerpo del chico sobre la acera, con un disparo en la cabeza. Un charco de sangre y sesos se había formado en torno a ella, y aumentaba de tamaño por segundos.

     El perrillo, feliz, lamía y mordisqueaba el manjar que el destino le había puesto delante.