Cuando Hortensio asomó la cabeza por la puerta, Gutiérrez creyó adivinar lo que venía a decirle.
- ¿Ha aparecido ya el tercer asesinado?
Hortensio negó en silencio.
- No, comisario. Lo que tenemos es el análisis caligráfico.
- ¿Y bien?
- La diferencia de tamaño entre los trazos y su disposición irregular sobre el renglón parecen hablarnos de un cierto desequilibrio, de una inestabilidad emocional que, posiblemente, se revele a nivel mental y comportamental.
- ¿Eso dice el informe?
- Eso dice, comisario.
- Qué cojones, ¿no? Para decir eso no necesitaba un calígrafo, joder. Ya te lo hubiera dicho yo mismo...
Hortensio asintió, y abandonó el despacho. Gutiérrez no estaba para bromas, ni para largas conversaciones.
Ni para conversaciones cortas, vamos.
Gutiérrez se sentó, impotente, a esperar el tercer cadáver que, para más inri, no aparecería hasta la noche.
El sentimiento de rabia, de frustración, de tiempo perdido y de irritante inutilidad comenzaba a pesarle más de la cuenta. Esa noche, desde luego, no iba a dormir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario