Andaba Gutiérrez aburrido. Quién lo diría. Calma chicha. Sin casos ni crímenes. La ciudad era una balsa de aceite, un remanso de paz.
Echaba el rato en el despacho, con un cigarrillo entre los labios y tirando de la petaca. Hasta había recogido un puñado de informes y, haciendo bolas de papel con ellos, jugaba a tirarlas al otro lado del despacho y ver sin entraban en la papelera después de hacerlas rebotar en la pared.
Se encontró a sí mismo deseando que se desataran las hostilidades.
Entonces llamaron a la puerta. Hortensio, como un buen profesional, pasó por alto el perenne olor a tabaco, las bolas de papel tiradas por el suelo y la petaca de vodka volcada sobre la mesa.
- Comisario...
No necesitó decir más. Algo en su mirada lo delataba.
Gutiérrez supo entonces que el juego volvía a comenzar. Una vez más. Y no sabía muy bien si lamentarlo, o celebrarlo.
Asco de trabajo, que te hace perder el norte...
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