viernes, 7 de febrero de 2020

66.- La hora de la verdad

     Hortensio sacudió la cabeza. Le dolía horrores. Notó la sangre chorreando por su nuca, empapándole la camisa. Trató de tocarse la zona dañada, pero se dio cuenta de que no podía. Sus muñecas estaban atadas, así como sus piernas, a una silla cutre de madera cuyo respaldo se le clavaba en la espalda.

     Alzó la vista. No le sorprendió encontrarse frente a él, en una silla similar, al comisario Gutiérrez. No tenía muy buena pinta, la verdad. Le habían dado hasta en el carné de identidad, y surcos negruzcos de sangre seca se le pegaban a un rostro ya desfigurado por los cortes y la hinchazón.

     Gutiérrez daba pena, y Hortensio lamentó profundamente haberse dejado capturar. Se había manejado como un auténtico principiante...

     - Vaya, vaya... -oyó Hortensió que una voz decía a su espalda-. Pero si se ha despertado el niño de papá con ínfulas de superhéroe rescatador...

     Hortensio no tuvo dudas. Tal pedantería y pretenciosidad no podía proceder de otra persona. Había dado con Gutiérrez y con su secuestrador, el estúpido de Morales. El problema era que Morales les tenía a los dos.

     - Ahora sí que vamos a divertirnos...

     Hortensio tragó saliva. La garganta le dolió al hacerlo. Tenía que ir acostumbrándose al dolor, porque seguro que iba a tener para un buen rato.

domingo, 3 de noviembre de 2019

65.- Ya estoy aquí...

     Hortensio entró en el edificio abandonado y notó un olor extraño, como a rancio, como a cerrado. Pensó que era algo normal en un edificio abandonado, pero luego vio paredes derruidas y un techo a medio caerse por el que se renovaba el aire del interior y dedujo que tenía que haber algo más.

     Allí olía a sangre, a sudor, a orines y excrementos. Allí olía a muerte.

     Hortensio pasó varias salas llenas de basura y escombros hasta que dio con algo que atrajo su atención. Unas escaleras descendían a algún lugar oscuro que sus ojos no llegaban a captar y que suponía un sótano, un garaje o cualquier dependencia subterránea del edificio.

     Se alegró de haber traído una linterna. La encendió.

     Los escalones estaban limpios. Aquello no era normal.

     Tampoco fue normal, por cierto, lo que ocurrió a continuación. Hortensio comenzó a descender hasta que un objeto contundente le golpeó en la nuca.

     Entonces, a pesar de la linterna y aunque se hubieran congregado diez soles, todo a Hortensio se le volvió negro como el carbón, incluido su futuro.

     Eso pensaba, al menos, cuando perdió el conocimiento.

sábado, 10 de agosto de 2019

64.- Era algo previsible

     Streller se metió en las obras con cierto recelo. "Prohibido el paso a toda persona ajena a esta obra", "Uso obligatorio del casco", "3 días sin accidentes laborales"... Streller no sabía ya cuántas prohibiciones expuestas en carteles se había ya saltado, y cuántos carteles le habían producido un escalofrío que, a fuerza de repetirse en su espalda, se había convertido en perenne.

     Lo que hubiera querido era una pistola. Precisamente lo que no tenía. Pensó qué haría si encontrara a Morales junto a Gutiérrez. Probablemente, y más sin arma, lo que haría sería cagarla.

     Al llegar a tal conclusión, maldijo entre dientes.

     Afortunadamente para él, y desafortunadamente para Gutiérrez y para el éxito de la misión, Streller dio un par de vueltas sin encontrar ni rastro de su comisario. Botellines de cerveza, cajetillas de tabaco, colillas y muchos escombros, lo propio de un edificio en obras. Cuando salió, lleno de polvo y tropezando entre plásticos y cartones, se dio de bruces con Mel, que tenía los ojos rojos y la cara y la ropa llena de arena. Todavía trataba de sacarse a escupitajos algunos granos que casi se traga.

     - ¿Alguna novedad? -preguntó Streller.
     - Un tipo indigno en el parque infantil que me ha tirado arena a la cara cuando he intentado interrogarle.
     - ¿Vamos y le sacudimos?
     - Déjalo. Creo que no pasa de cuatro años y su padre ya me estaba mirando mal.

     Periodista y novelista, ambos metidos a investigadores, se miraron.

     - La verdad es que era algo previsible. No sé que esperaba Hortensio que encontrara yo en el parque infantil -dijo éste.
     - ¿Sabes qué? -dijo aquél. - Creo que Hortensio sabía perfectamente adónde nos estaba mandando.

     Ambos, entonces, dirigieron su vista, sus esperanzas y sus oraciones al edificio abandonado por cuya entrada hacía ya un rato que había desaparecido Hortensio...

domingo, 7 de julio de 2019

63.- Adentrémonos en la espesura

     - Tiene que ser aquí...
     - Esperemos que así sea, porque en caso contrario yo no doy un duro por Gutiérrez...
     - Callaos ya... y dejad ya de ser tan cenizos, hombre...

     A Hortensio se lo llevaban los demonios. Si no podía mantener su propia calma, ¿cómo iba a mantener la calma de sus compañeros? Streller y Mel no sabrían qué hacer sin sus directrices.

     - Ya sé que el tiempo corre en nuestra contra, pero estemos atentos.

     Habían decidido que Gutiérrez hubiera empezado a buscar desde los lugares más cercanos. Desde donde hubiera un bar, mejor, para tomarse un aperitivo en el descanso. El bar más próximo a la comisaría, acompañado además por una cabina y una parada de autobús, estaba a cinco calles de donde ellos habían estado debatiendo durante horas.

     - Y ahora, ¿qué?

     Le preguntaron al camarero. En efecto, había visto a Gutiérrez, el día anterior y los anteriores al anterior. Lo raro es que llevara sin verlo más de un día.

     - Estuvo aquí.

     Miraron alrededor. Una plazuela con un pequeño parque a la izquierda, un edificio en obras enfrente, un inmueble abandonado a la derecha.

     - Dividámonos -sentenció Hortensio.
     - En las películas eso siempre acaba mal -gimió Mel.
     - Déjate de películas. Si encontráis a Gutiérrez, os cargáis a Morales y nos buscamos.
     - Claro. Como si fuera fácil...

     Cuando Streller quiso decir algo, sus compañeros ya estaban en camino. Cada uno a un lado. A él, obviamente, le quedaba el edificio en obras...

lunes, 18 de junio de 2018

62.- En la mente del secuestrado

     Hortensio se había convertido en el líder de aquel heterogéneo trío que, a la desesperada, conscientes de que el tiempo se les acababa, habían salido corriendo de comisaría a peinar una ciudad que se les antojaba enorme. No es que al ayudante de Gutiérrez le picara el gusanillo de la fama o de la gloria. Se trataba, más bien, de organizar un poco a un reportero y a un novelista que, por muy enterados que estuvieran en historias de policías, no estaban acostumbrados a verse en disyuntivas como la que se les presentaba.

     Y Gutiérrez no estaba, claro. Porque si hubiera estado Gutiérrez...

     Hortensio abrió los ojos y comprobó que Mel y Streller lo miraban raro.

     - ¿Has vuelto ya, Hortensio? Estabas en Babia.
     - Callad -ordenó éste. - Dejadme pensar, hombre...
     - ¿Todavía más tiempo? -preguntó Streller. - A este paso Gutiérrez...
     - Silencio -dijo de nuevo Hortensio con pose teatral.

     Hubo silencio, pues. Lo suficiente para que Hortensio se centrara y volviera al mundo.

     - Hay que entrar en su mente...
     - ¿En la mente del asesino, quieres decir?
     - No, hombre, en la mente de Gutiérrez...
     - Eso sí que es complicado.

     Los tres se miraron. No necesitaron decirse nada. Tenían claro a qué lugar se habría dirigido Gutiérrez si hubiera tenido que deambular por la ciudad sin rumbo fijo, como era el caso. Y Morales también lo hubiera sabido, si hubiera decidido secuestrarlo...

     Todavía estaban pensando mientras se subían al coche y salían a toda velocidad.

domingo, 8 de abril de 2018

61.- Situación límite

     Gutiérrez llevaba un buen montón de horas sin decir ni una palabra. Mejor no decir nada. En su mente dominaba la idea de que todo lo que dijera podía ser usado en su contra. Como con los detenidos.

     Aunque él no era un detenido, era un retenido. Un secuestrado.

     No hacía falta que hablara, desde luego. De eso ya se encargaba Morales.

     Menudo tío más pesado, pensaba Gutiérrez sin abrir la boca. Y Morales le daba a la sinhueso, y continuaba dándole, hablando solo, a sabiendas de que Gutiérrez, aunque no quisiera, estaba obligado a escucharle.

     Entretanto, el psicópata de Morales montaba, con paciencia febril, un escenario aterrador. Ante la miraba impotente y silenciosa de Gutiérrez, Morales había montado sobre una mesa una especie de tenderete de ferretería que, a medida que se iba llenando, hacía que Gutiérrez tragara saliva y alterara su respiración con frecuencia preocupante.

     Morales había puesto sobre la mesa un martillo, un cincel, unos alicates, varias llaves, un hacha, tornillos y clavos...

     ¿Tornillos y clavos? Gutiérrez no quería ni imaginar lo que se le venía encima. Cuando Morales entró portando una sierra eléctrica llevaba, al mismo tiempo, una sonrisa enorme, de oreja a oreja. Y seguía hablando. Le explicaba a Gutiérrez las cualidades de las distintas herramientas. Lo que no decía era para qué iba a usarlo.

     Aunque Gutiérrez intuía, no sabía por qué, que no era para nada bueno.

sábado, 10 de febrero de 2018

60.- Tras las huellas marcadas

     Para Hortensio la situación no era fácil de llevar. La incómoda sensación de que el tiempo jugaba en su contra y la desesperante certeza de que no sabía ni por dónde empezar le sacaban de quicio.

     - Señores -les dijo a Streller y a Mel. - Tenemos que hacer algo.

     Estaban en el despacho de Gutiérrez. Los tres sabían que si el comisario se enteraban de que habían ocupado su espacio con tanta libertad les echaría una buena bronca. Por si acaso, y llevados por una especie de temor reverencial, ninguno de ellos ocupaba la silla del comisario, al otro lado de la desordenada mesa de despacho.

     - ¿Qué sugieres? -preguntó Mel.
     - Lo peor es que no tengo nada que sugerir -respondió Hortensio resoplando. - Streller, ¿tú tienes algo?

     El periodista se ajustó la gabardina y se calzó las alas de sombrero.

     - Poca cosa. Tenemos la cara de ese tío, joder.  Sabemos quién es y está más fichado que nunca. Y sin embargo no hay manera de dar con él.
     - ¿Has movido tus hilos?
     - He peinado los barrios bajos de principio a fin, Hortensio. Todos están avisados. Nadie ha visto nada.

     Los tres se miraron en silencio.

     - Como Gutiérrez sepa que hemos estado haciendo el panoli, nos va a machacar hasta el fin de los tiempos -susurró Mel. - Si yo fuera él...
     - Eso es -interrumpió Hortensio.
     - ¿El qué?
     - ¿Qué haríais si fuerais él?
     - Echarnos un buen rapapolvo.
     - No me refiero a eso. ¿Recordáis en qué punto estábamos?

     Los tres volvieron a mirarse. Hortensio prosiguió.

     - Mel, estábamos buscando cabinas telefónicas cerca de parques y de paradas de autobús. Gutiérrez empezaría por la que consideraría más asequible. Seguro que encontró algo.
     - ¿Quieres decir que Morales está cerca?
     - Y Gutiérrez en estos mismos instantes. Es posible que los tengamos delante de nuestras narices. Dame un plano de la ciudad.

     Hortensio, Mel y Streller metieron esas mismas narices en el plano. Más les convenía actuar rápida y certeramente. La ira de Gutiérrez, en caso contrario, podía ser épica...