domingo, 22 de marzo de 2015

38.- Vigilancia intensiva

     Andrés Gómez salió de su casa vestido de punta en blanco, perfectamente engominado y aparentemente tranquilo. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta bajó los escalones del portal y se dirigió a su vehículo.

- Ahí está -dijo entonces Mel. - Despierta, hombre.

     Streller se sacudió incómodo en el asiento del copiloto cuando sintió el codo del Mel clavándose en sus costillas.

- ¿Qué pasa?
- Ya sale Gómez, habrá que seguirlo, ¿no? Para eso llevamos cuatro horas aquí sentados. ¿De verdad era esto necesario?

     Entre bostezos, Streller se incorporó y fijó su mirada en Gómez, que ya se iba.

- Me has pedido ayuda, ¿no? Pues así se hace. Si le vamos a seguir, habrá que hacerlo bien... Venga, arranca.

     Unos minutos después, Gómez paraba en un polígono industrial, bajaba del coche y, con la misma parsimonia, doblaba una esquina entre naves industriales. Streller y Mel salieron corriendo tras él, pero tuvieron que frenar en seco. Gómez se había detenido escasos metros después de torcer.

- Por poco nos pilla.
- Calla, niño. Está ahí parado, creo que está esperando a alguien.
- ¿Crees que sabe que le seguimos?
- Calla. Claro que no.

     En ese momento comenzó a sonar a todo volumen una sonata de Chopin. Mel miró a Streller y le vio palidecer. El tipo frío de gabardina y aspecto de espía acababa de cagarla.

- ¿Eso es tu móvil, Streller? Joder, suena a toda hostia.

     Cuando Mel volvió a buscar a Gómez con la mirada, este ya se había largado.

- Joder, Streller, en periodismo de investigación serás un crack, pero haciendo seguimientos eres un patoso de cuidado. Gómez ha escapado.

     Pero Streller no le hacía caso. Miraba anonadado la pantalla del teléfono.

- Olvídate de Gómez. Que le den a Gómez, joder.
- ¿Cómo que le den a Gómez?
- Esto es muy gordo, Mel. Pero muy gordo. Acabo de recibir un mensaje...
- Y, ¿qué dice?
- Vámonos corriendo. Vamos a comisaría, joder. Gutiérrez va a flipar.

domingo, 15 de febrero de 2015

37.- Conspiración en la sombra

     - Bien, chicos, ¿qué opináis?
     - Yo lo tengo más claro que el agua, comisario.
     - Y yo. Ese tío no solo es un capullo, sino que es tonto de remate.
     - En eso, definitivamente, estamos todos de acuerdo.

     Mel y Hortensio asintieron a las últimas palabras del comisario. Parecía concluirse, por unanimidad, que Gómez era un tonto capullo. Ahora, había que demostrarlo.

     - A ver -dijo Gutiérrez, con tono conspirador. No obstante, pese a encontrarse los tres encerraditos en el despacho, pese a que la luz tenue les confiriera un aire de secretismo y pese a que estuvieran a punto de organizar un plan para cazar a Gómez, no debían olvidar que ellos eran los buenos, que ellos eran la policía, y que Gómez era un joyero que se había robado a sí mismo con, seguramente, intenciones no muy honestas.
     - Comisario -se adelantó Mel. - Parece claro que Gómez ha fingido el robo, ¿no? ¿Cómo demostramos eso? ¿Nos sirve el relato de la testigo?
     - Debería servirnos -contestó este, cigarrillo en mano. - Pero aunque me fíe de la declaración de la abuela, yo no las tendría todas conmigo si dependiera de ella en el juicio. Entre su sordera y sus cosas allí podría liar una buena. - Hay que cazar a Gómez con las manos en la masa.
     - Las joyas deben de estar en algún lugar, comisario.
     - Exacto. Escondidas en un lugar que debemos descubrir. Hortensio, investiga la joyería Gómez & Asociados. Dinos en qué puede beneficiarles un robo cometido en su establecimiento. Mira los seguros, las casas de subastas, el mercado negro... lo que veas.
     - Hecho, jefe.
     - Mel...
     - ¿Sí, comisario?
     - Te necesito.

     A Mel se le iluminaron los ojillos. Material del bueno y de primera mano para su próxima novela.

     - ¿Puedes seguir a Gómez?
     - ¿Yo? ¿En serio?
     - Ponte en contacto con Streller, ese cabrón sabe cómo hacerlo...
     - Enseguida, comisario.
     - Tenedme al día de todo lo que encontréis.
     - ¿Y usted, Gutiérrez? ¿Usted qué hará?
     - De momento, tomarme una cerveza en el bar de la esquina y reflexionar un poco. Luego ya veremos. Maldito Gómez, de esta no se libra, aunque solo sea por las molestias que nos ha causado. Se va a enterar.

viernes, 16 de enero de 2015

36.- ¿Cómo dice?

     - ¿Perdone?

     Gutiérrez, guiado por Hortensio, había acudido ipso facto a interrogar a la testigo. Una señora mayor, diríase que centenaria, les había atendido y les había hecho pasar. Gutiérrez había mirado desde la ventana del salón. Allí abajo, a la distancia de una calle y siete plantas, se vislumbraba la entrada a la Joyería Gómez & Asociados, objeto del robo. No obstante, desde tanta altura Gutiérrez apenas podía distinguir el nombre del establecimiento colocado sobre la puerta.

     - Digo, señora, que mi compañero me ha comentado que tiene usted algo que contarnos.
     - Muy bien, gracias. ¿Con dos cucharadas de azúcar?

     Llevaban cruzadas tres o cuatro frases que constituían un verdadero diálogo de besugos. Gutiérrez no tenía ni idea de cómo Hortensio había obtenido la información, pero el caso es que la señora parecía sorda como una tapia.

     - ¿Qué vio aquella noche, señora?
     - Pues sí, muy majo su compañero. ¿Estuvimos tomando café? Por cierto, ¿quiere uno?
     - Pues no, señora. Me conformaría con que contestara lo que le pregunto.
     - Ahora mismo se lo traigo.

     La anciana se metió en la cocina. Gutiérrez miró a Hortensio, que alzó los hombros como justificación.

     - Esta no se entera de nada.
     - Paciencia, Comisario. Si consigue que capte la razón por la que usted ha venido, comenzará a hablar sin parar.
     - Me da a mí que hemos venido para nada.
     - A mí ayer me dijo que había visto algo, y me lo dijo antes casi de que yo le preguntara.
     - Joder, Hortensio, qué suerte que tuviste.

     Llevaban ya dos cafés y un platito de pastas que a Gutiérrez se le empezaban a atragantar. La señora les había hablado de su nieto, que estudiaba Económicas en una privada, de su hermana, que estaba fatal de la artritis, y de la subida demencial del precio de las berenjenas en el último mes.

     - A ver, señora, que me tengo que ir. ¿Vio algo en la joyería?
     - ¿Perdone?
     - En la Joyería.
     - No, por favor, ¿cómo va a haber berenjenas en la droguería? Desde luego, estos hombres, para hacer la compra son ustedes horribles... no se puede confiar...
     - Le hablo de la joyería. Joyería. La otra noche.
     - ¿Cómo dice?
     - La otra noche.
     - ¿Al supermercado en coche? No me merece la pena, además no tengo carné...

     Gutiérrez casi tira la taza de café. Las manos empezaban a temblarle.

     - Joder, señora, ya vale. ¿Me puede decir algo de Gómez & Asociados?
     - ¿Gómez & Asociados?

     A Gutiérrez casi se le saltan las lágrimas de la emoción. Por fin.

     - Ese tío es un cabrón -dijo la anciana con voz dulce. - Tiene unas joyas de mierda con precios por las nubes, y no hay manera de que haga una rebaja. Además, me parece un poco siniestro. La otra noche, sin ir más lejos, aparcó el coche frente a su puerta a las tantas de la mañana y estuvo cargándolo de joyas hasta los topes. Seguro que iba a traficar con ellas. Y dice su compañero que investigan un robo... ¿Qué van a robar ahí, si ya no quedará nada? Metió en el coche collares, relojes, pendientes, pedruscos como camiones, con su cajita y todo, y de todas las marcas, ¿eh? Que tengo buena vista, y estaba asomada yo a la ventana porque no podía dormir y lo vi todo. Todo. Vaya personaje. Y mis amigas de la peluquería están de acuerdo. Yo no le pienso comprar nada a ese tío. ¿Quiere más café?
     - No, por Dios.
     - Ahora mismo le traigo más.

     Gutiérrez echó un vistazo por la ventana una vez más. Desde allí él seguía sin distinguir un pijo. La señora debía de tener una vista de lince. Había reconocido, a la luz nocturna de las farolas, el coche, al individuo, la carga, los objetos y las marcas. Impresionante. Gutiérrez reflexionó sobre la sabiduría de la madre naturaleza, que otorga a algunas especies sentidos especialmente desarrollados, la vista en este caso, cuando otro, el oído, está para el arrastre.

     Cuando la señora volvió de la cocina, aquellos dos polícias tan majos y tan amantes del café ya se habían ido.

domingo, 14 de diciembre de 2014

35.- Tras los visillos

- ¡Comisario, comisario!

     Hortensio entró en el despacho con tal celeridad que volcó una silla, tiró al suelo un montón de papeles y casi desmonta de rebote dos estanterías. El estrépito fue tal que a Gutiérrez se le atragantó el café y a punto estuvo de escupirlo por toda su mesa.

- Hortensio, por favor, ¿se puede saber qué es tan importante?
- Un testigo, un testigo... -contestó este a borbotones, con el aliento tomado por la veloz carrera.
- Oh, genial, ¿un testigo de qué?
- Del robo a la joyería. Una vieja... perdón... una señora que vive enfrente.

     Fue oír la confirmación y levantarse para agarrar su chaqueta del perchero.

- Genial. ¿La testigo ha venido a comisaría?
- No.
- ¿Se ha acercado a ti mientras olisqueabas por la zona?
- No, le he tocado el timbre.
- ¿Por qué?
- He ido preguntando a los vecinos a ver si habían visto algo. Esta señora vive enfrente, pero en la séptima planta de su edificio.
- ¿Me estás diciendo que has ido preguntando a todos los vecinos, puerta por puerta?
- Claro, comisario, a ver qué sacaba.
- Joder, Hortensio, qué cojones tienes.

     Ya salían por la puerta cuando Gutiérrez, ansioso, preguntó:

- Oye, ¿y podrá reconocer a los ladrones?
- Esta señora no ha visto ningún ladrón, comisario.
- Joder, entonces, ¿para qué entras corriendo y me sacas de mi meditación? ¿Qué ha visto, un fantasma?
- Más o menos, sí, un fantasma...
- Coño, Hortensió, qué misterio... ¿tú también te vas a poner a escribir novelitas, como Mel?
- Dios me libre, Comisario Gutiérrez...

     Afuera todavía quedaba algún paparazzi esperando la salida de Gutiérrez aunque, por supuesto, no obtuvieron ninguna declaración. Como mucho alguno estuvo cerca de recibir un puntapié.

miércoles, 29 de octubre de 2014

34.- El precio de la fama

- Pero, joder, Mel, ¿se puede saber qué coño te pasa?

     Gutiérrez llevaba ya un buen rato soltándole improperios al joven escritor, más o menos los mismos, aunque a gritos, que había venido rumiando en su interior desde que el día anterior se había encontrado la puerta de la comisaria cubierta de periodistas que preguntaban por él.

- Bueno, la novela ha tenido más éxito del que podíamos esperar, un éxito fulgurante e inmediato. Supongo que es para estar contentos...
- ¿Cómo? -interrumpió Gutiérrez-. ¿Cómo? -volvió a bramar-. ¿Me puedes repetir eso, por favor?
- Enhorabuena, Comisario, ahora es usted famoso...

     Gutiérrez comenzó a calentarse como una olla a presión. Cuando cerró los puños y el cigarrillo se le cayó de la boca, Mel estuvo a punto de salir corriendo. Decidió, sin embargo, actuar como un valiente, cerrando los ojos y contando hasta diez mientras capeaba el temporal. Este no tardó en desatarse.

- Pero, ¿cómo te atreves a darme la enhorabuena, mequetrefe? ¿Se puede saber qué ventajas le ves a la fama, a que todos me conozcan, a que se aireen mis vergüenzas? ¿No ves que ahora todos me verán venir?

     Mel se llenó de valor y decidió lanzar un órdago. De allí saldría en paz y con todas sus diferencias solucionadas, o con un buen puntapié en el trasero. No había término medio.

- Pues que tiemblen, Comisario. Que tiemblen quienes infrinjan la ley porque aquí está usted, como todos saben. Y usted, como también es vox populi, no perdona a los malos.

     El escritor volvió a cerrar los ojos y tomar aire. Ya había asumido que iba a recibir una galleta o un grito atronador; sin embargo, nada pasaba. Decidió que era hora de abrir los ojos, no fuera a ser que Gutiérrez se hubiera ido sin decir adiós y él estuviera allí como un gilipollas jugando solo al pollito inglés.

     Abrió, pues, los ojos. Gutiérrez no estaba.

     Apareció un par de segundos después de debajo de la mesa. Mel tardó un breve lapso de tiempo, que a él le pareció eterno, en comprender que el Comisario se había agachado a recorrer el cigarrillo que se le había caído de la boca. No parecía que fuera a estallar. Mel suspiró tranquilo, sin que se le notara demasiado. Su táctica apaciguadora parecía todo un éxito.

     - ¿Pasa algo?
     - Nada, Comisario.
     - ¿Te estabas riendo?
     - No se me ocurriría, Comisario.
     - Ah, creía.
     - Le invito a una copa esta noche.

     Al Comisario se le suavizó el rostro. Este Mel era un zalamero cutrísimo, pensó. En fin, una copa era una copa.

     - Que sean dos. Tenemos que hablar, de todos modos.
     - Qué bien, tenemos una cita...

     Inmediatamente después de decirlo, Mel comprendió que había cometido un error. Joder, al final se iba a llevar la galleta...

sábado, 20 de septiembre de 2014

33.- Enemigo a las puertas

     Cuando Gutiérrez llegaba a la comisaría cada mañana, lo hacía con una especie de nudo en el estómago que él siempre había interpretado, más allá de nervios o estrés, como una evidente muestra de hastío. "¡Vaya asco de trabajo!", parecía querer decirle su organismo cada vez que atravesaba el umbral. Y no es que su vida fuera de las paredes del despacho fuera emocionante y apasionante, pero, joder, lo que se encontraba dentro era vomitivo.
   
     Y si eso era lo que se encontraba Gutiérrez cada mañana, puede uno imaginar con qué cuerpo regresaba después de una mañana patrullando, investigando, interrogando a capullos, víctimas que, en ocasiones, resultaban ser de peor calaña que los delincuentes que les habían perjudicado y tipos de ralea infame. Un paseo por los suburbios, por la cara sucia y oculta de la ciudad, y a Gutiérrez se le quitaban las ganas de todo.

     Añádasele a todo esto una nube de periodistas atascando la entrada, gente de las revistas del corazón, cámaras, flashes y micrófonos impertinentes, todos esperando algo, todos poniéndose nerviosos como una nube de avispas en cuanto aparece Gutiérrez, cuya cara de asco se transforma, poco a poco, en la imagen misma de la ira.

- ¿Qué coño pasa? -es lo único que se le ocurre preguntar.

     Pero los micrófonos, aparentemente con vida propia, luchan por metérsele en la boca, y el aire se llena de preguntas que vienen de no se sabe muy bien dónde.

- Comisario, ¿cuál es la verdad del asesino del imperdible?
- Gutiérrez, ¿ha leído la novela?
- ¿Qué te parece el perfil de tu personaje?
- ¿Iría a recoger un supuesto premio literario?
- ¿Cuál es su relación con el autor? ¿Y con el asesino?
- ¿Ser protagonista de un best-seller le ha hecho cambiar?

     La recopilación de fragmentos de preguntas, aquí y allá, llevó a Gutiérrez a comprender que la novela de Mel estaba siendo todo un éxito nada más ser publicada. Y, desde luego, todos sabían que el caso narrado era el suyo, que el protagonista era él. Nada más librarse del montón de moscardones, se dirigió a Hortensio:

- Haz venir al escritorzuelo ese, anda, Hortensio, que se va a enterar...

domingo, 7 de septiembre de 2014

32.- Dos calles más allá

     Así que allí estaban, dos calles más allá de Gómez y Asociados, en otra joyería. El decorado, o así le pareció a Gutiérrez nada más entrar, no era muy diferente. Timbre en la puerta, expositores llenos de piezas que relucían bajo la luz de pequeños focos dedicados expresamente a ellas. Un ambiente que a él le parecía artificial, frío, y no solo porque el aire acondicionado estuviera a toda hostia, que lo estaba.

     El mundo de las joyerías le parecía falso, elitista y superficial, como un decorado hecho de cartón-piedra. Cartón-piedra que valía un ojo de la cara, eso sí, pero que precisamente por ello se le revelaba totalmente prescindible.

     Había cámaras de vigilancia. Gutiérrez les prestó atención y supuso que estarían funcionando. Y grabando. Y que esas grabaciones no desaparecerían de la noche a la mañana precisamente cuando sufrieran un robo.

- Ese tío es un gilipollas -dijo el propietario del negocio.
- ¿A quién se refiere? -quiso determinar Hortensio, siempre tan académico que, en ocasiones, se pasaba de la raya.
- A Gómez, hombre, ¿a quién iba a ser? "Gómez y Asociados" -dijo parodiando a un payaso. - Qué asociados ni qué hostias, quién iba a querer trabajar con él.


     Gutiérrez había contenido su deseo de mostrar su total acuerdo con esa primera impresión sobre Gómez, la de su gilipollez, no tanto por su decoro policial o porque se encontraba en plena investigación como por no tener que añadir, a continuación, que este joyero que tenía enfrente le parecía tan gilipollas como el otro. Otra vez pelo engominado, pinta de estirado, falsa reverencia ante cualquiera que quisiera dejarse los cuartos ante él. ¿Pero es que todos eran iguales? Bueno, este peor aún, ni siquiera tenía un apellido tan vulgar como Gómez. Ernesto de Medinaceli y Cifuentes, se hacía llamar el tío, con esa retahíla de preposiciones y conjunciones que la nobleza de rancio abolengo gusta de añadir entre sus apellidos. Toma ya.

- ¿Sabe si Gómez tenía enemigos?
- ¿Gómez? A cientos, joder. Cualquier joyero digno y honesto odiaría a esa piltrafa. Ese tío no tiene escrúpulos.
- ¿Por qué? ¿Era desleal?
- Era un cabronazo de mucho cuidado. Mire usted, en este mundo nos conocemos todos, las cuentas quedan pendientes, ¿sabe? Gómez las ha hecho muy gordas. Desde la obtención de material de alta calidad y procedencia dudosa al robo de clientes, si se puede llamar así. Para esa rata la ética no es más que el nombre de una asignatura de instituto.
- Sí, pero robar a un ladrón no tiene cien años de perdón...
- Ustedes sabrán... ¿qué pasa, le han robado?
- Eso a usted no le importa.
- Pues si así ha sido, me alegro. Se lo tenía merecido.
- ¿A usted le han amenazado de algún modo? ¿Ha visto algo sospechoso últimamente por su joyería?
- Yo no he visto nada, aunque le reconozco que no me fío ni de mi sombra. El mundo está lleno de ladrones, y Joyas Kristal es un pastelito muy apetecible... honesto pero apetecible...

- ¿Qué le parece este Ernesto, comisario? -preguntó Hortensio al salir del interrogatorio.
- Un perla.
- Eso salta a la vista, pero... ¿puede haber sido él el culpable del robo a Gómez?
- No lo creo -contestó Gutiérrez. - Demasiado odio, demasiado evidente... si fuera el culpable, sería verdaderamente torpe por su parte...
- A seguir buscando, pues.
- A seguir buscando.

     Gutiérrez se encendió un cigarrillo. Ya caía la noche. Hora de volver a casa. Total, para lo que había que hacer, lo mismo le daba pudrirse en el sofá de su salón que en la mesa del despacho de la comisaría...