Streller se había quitado la gabardina y las gafas oscuras, se había preparado un aperitivo y se encontraba tirado en el sofá viendo la televisión. Alguna gansada insoportable de las que ponen por las noches.
Pero es que, cuando se despojaba de su atuendo de trabajo y se tomaba un respiro, a Streller le gustaba ser como todo el mundo. Vulgar y aburrido. Seguro en su indefensión. Consumidor compulsivo de estupideces que ni él mismo entendía.
Hasta que sonó el teléfono.
Y no era un teléfono cualquiera. Era el teléfono de contactos. El que sólo algunos privilegiados conocían. El que le abría las puertas de un mundo desconocido, excitante y lleno de peligros. El que le hacía sentir como un superhéroe que recibe una misión, como un espía que recibe un encargo. El que le mostraba al Streller que le gustaba de verdad, aunque a veces se negara a creerlo.
Bajó el volumen del televisor, dejó a un lado el aperitivo y respondió la llamada.
- Streller -dijo, anunciándose.
Le contestó la voz de Mel. Le habló de asesinos que regresaban, de cazas organizadas, de investigaciones en proceso, del comisario Gutiérrez, que había solicitado su presencia. Streller necesitó unos segundos para asimilarlo. El comisario Gutiérrez, ese cabrón arisco, solicitaba su presencia. Aquello estaba tomando un cariz realmente atractivo.
Mel no tuvo que decir mucho más.
- Voy inmediatamente.
Cuando le pedían ayuda, Streller siempre estaba. Cuando se olían problemas, Streller no fallaba. Cuando había que cazar a un asesino psicópata, Streller acudía raudo como un niño ante la llegada de un carrito de helados.
Streller se levantó, se puso su gabardina, se calzó sus gafas oscuras y desapareció como una exhalación. Como sólo Streller, experto en mimetizarse con el entorno, podría hacer.
El aperitivo se quedó en la mesa. La televisión, encendida. En esos momentos, unos concursantes obtusos daban saltos, hacían el ridículo y se convertían en el hazmerreír nacional con el objetivo de tener acceso a algún pírrico premio...
Se reclinó ante el escritorio de su despacho, se encendió un cigarrillo y observó el infinito. Alguien llamó educadamente a la puerta. "Comisario", le dijeron, "alguien quiere verle". "Seguro que no es para nada bueno", pensó él, "nadie me llama para nada bueno". Sin embargo, de sus labios solo brotaron las palabras "¡que pase!". Y no era ninguna rubia despampanante, por supuesto. Eran problemas. Más problemas. "¡Mierda!", pensó. Y aspiró otra calada.
viernes, 25 de marzo de 2016
domingo, 28 de febrero de 2016
46.- Curtido en mil batallas
- ¡Comisario, Comisario!
Hortensio se recorrió el pasillo como un loco, tiró a la mujer de la limpieza, le derramó a Loli el café sobre su siempre impoluta camisa, se metió una hostia contra la fotocopiadora y se dio un cabezazo con el dintel de la puerta. Gutiérrez , desde el interior de su despacho, le miró con sorna.
-¿Qué haces, Hortensio? ¿El cielo se está cayendo o qué?
- Peor, Comisario, peor.
- Es el Apocalipsis... llueve fuego y cuatro jinetes cadavéricos recorren las calles saltándose los semáforos.
- Peor, Comisario. Mucho peor.
- El asesino del imperdible ha vuelto a atacar.
El ayudante se quedó pálido como un muerto.
- ¿Cómo lo ha sabido, Comisario?
Gutiérrez encendió un cigarrillo, aspiró una calada mientras representaba una pausa dramática y miró a Hortensio a los ojos.
- Porque estaba claro como el agua. Porque un fugado con cuentas pendientes lo primero que quiere es resolverlas. Porque ese tío me odia, porque yo lo odio a él y porque estamos destinados a encontrarnos de nuevo. Estoy curtido en mil batallas, Hortensio, nunca lo olvides.
- Por supuesto.
- Llama a Mel, que llame a Streller, juntémonos todos. Esta vez vamos a saco, que ese capullo no se vuelva a escapar, ¿de acuerdo?
- Será un placer.
Hortensio salió sonriendo, orgulloso del Comisario y de la confianza que transmitía a sus subordinados. Lo que Hortensio no sabía era que Gutiérrez ya llevaba tiempo mosqueado con las llamaditas, que estaba curtido en mil batallas, sí, pero que cada una le había dado más asco que la anterior, y que, por más que trataba disimularlo, por más que actuaría con eficacia y se cargaría a ese desgraciado, estaba acojonado y, por dentro, temblaba como un flan.
Hortensio se recorrió el pasillo como un loco, tiró a la mujer de la limpieza, le derramó a Loli el café sobre su siempre impoluta camisa, se metió una hostia contra la fotocopiadora y se dio un cabezazo con el dintel de la puerta. Gutiérrez , desde el interior de su despacho, le miró con sorna.
-¿Qué haces, Hortensio? ¿El cielo se está cayendo o qué?
- Peor, Comisario, peor.
- Es el Apocalipsis... llueve fuego y cuatro jinetes cadavéricos recorren las calles saltándose los semáforos.
- Peor, Comisario. Mucho peor.
- El asesino del imperdible ha vuelto a atacar.
El ayudante se quedó pálido como un muerto.
- ¿Cómo lo ha sabido, Comisario?
Gutiérrez encendió un cigarrillo, aspiró una calada mientras representaba una pausa dramática y miró a Hortensio a los ojos.
- Porque estaba claro como el agua. Porque un fugado con cuentas pendientes lo primero que quiere es resolverlas. Porque ese tío me odia, porque yo lo odio a él y porque estamos destinados a encontrarnos de nuevo. Estoy curtido en mil batallas, Hortensio, nunca lo olvides.
- Por supuesto.
- Llama a Mel, que llame a Streller, juntémonos todos. Esta vez vamos a saco, que ese capullo no se vuelva a escapar, ¿de acuerdo?
- Será un placer.
Hortensio salió sonriendo, orgulloso del Comisario y de la confianza que transmitía a sus subordinados. Lo que Hortensio no sabía era que Gutiérrez ya llevaba tiempo mosqueado con las llamaditas, que estaba curtido en mil batallas, sí, pero que cada una le había dado más asco que la anterior, y que, por más que trataba disimularlo, por más que actuaría con eficacia y se cargaría a ese desgraciado, estaba acojonado y, por dentro, temblaba como un flan.
domingo, 31 de enero de 2016
45.- El regreso de la bestia
Treinta, treinta y una, treinta y dos...
El puñal se clavaba con una facilidad pasmosa, impulsada por una rabia irracional e incontrolable. Como cortar una loncha de queso.
Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco...
Disfrutaba como un niño mientras la sangre le salpicaba el rostro y se extendía por el suelo formando un charco que se confundía con la oscuridad del viejo callejón. La víctima hacía ya tiempo que había dejado de quejarse. Inerte como un pelele, probablemente había muerto hacía un rato, tal vez con el tercer puñal, que pretendía llegar al corazón y que, probablemente, había logrado su objetivo.
Ni siquiera lo conocía. En realidad, fue el primero que pasó por la calle, escuchando música, lo suficientemente despistado como para no oír la amenaza que se aproximaba a su espalda. El primer ataque se produjo en el costado. El tipo se retorció, dio un grito y cayó al suelo. Por un momento, el asesino pensó que alguien lo habría oído, que tal vez hubiera sido descubierto, que tendría que haber empezado por taparle la boca a la víctima.
Pero habían pasado unos minutos y nadie se había presentado. La labor estaba a punto de ser finalizada con éxito.
Cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, y sesenta.
Ya estaba listo. Sesenta puñaladas diseminadas por todo el tronco, desde el cuello a la cintura, desde un costado al otro. Que la policía forense se entretuviera contándolas. Era el momento del gran colofón.
El asesino sacó de su bolsillo un imperdible, lo clavó en un párpado de la víctima, y enganchó en él un pequeño pedazo de papel.
La rueda comenzaba de nuevo a girar. No había sido un adiós, sino un hasta luego. Le entraron ganas de reír a carcajadas, pero había llegado el momento de abandonar la escena del crimen. El asesino del imperdible había vuelto...
El puñal se clavaba con una facilidad pasmosa, impulsada por una rabia irracional e incontrolable. Como cortar una loncha de queso.
Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco...
Disfrutaba como un niño mientras la sangre le salpicaba el rostro y se extendía por el suelo formando un charco que se confundía con la oscuridad del viejo callejón. La víctima hacía ya tiempo que había dejado de quejarse. Inerte como un pelele, probablemente había muerto hacía un rato, tal vez con el tercer puñal, que pretendía llegar al corazón y que, probablemente, había logrado su objetivo.
Ni siquiera lo conocía. En realidad, fue el primero que pasó por la calle, escuchando música, lo suficientemente despistado como para no oír la amenaza que se aproximaba a su espalda. El primer ataque se produjo en el costado. El tipo se retorció, dio un grito y cayó al suelo. Por un momento, el asesino pensó que alguien lo habría oído, que tal vez hubiera sido descubierto, que tendría que haber empezado por taparle la boca a la víctima.
Pero habían pasado unos minutos y nadie se había presentado. La labor estaba a punto de ser finalizada con éxito.
Cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, y sesenta.
Ya estaba listo. Sesenta puñaladas diseminadas por todo el tronco, desde el cuello a la cintura, desde un costado al otro. Que la policía forense se entretuviera contándolas. Era el momento del gran colofón.
El asesino sacó de su bolsillo un imperdible, lo clavó en un párpado de la víctima, y enganchó en él un pequeño pedazo de papel.
La rueda comenzaba de nuevo a girar. No había sido un adiós, sino un hasta luego. Le entraron ganas de reír a carcajadas, pero había llegado el momento de abandonar la escena del crimen. El asesino del imperdible había vuelto...
domingo, 13 de diciembre de 2015
44.- Ring, ring
- Ring, ring.
Otra vez el teléfono sonando.
- Ring, ring.
Gutiérrez se muerde las uñas, se mesa los cabellos, da un puñetazo en la mesa.
- Ring, ring.
- ¿Qué quieres, gilipollas? ¿Quién eres? Ya estoy hasta los cojones de ti y de tus llamaditas. O me dejas en paz desde ya mismo o te voy a encontrar y te voy a reventar la cara a hostias, cabrón de mierda.
Silencio al otro lado de la línea.
- ¿Me oyes, capullo?
Entonces sucede algo que no había sucedido en ninguna de las llamadas anteriores, del centenar aproximado de llamaditas pesadas que Gutiérrez había estado recibiendo a diario. Gutiérrez oye algo. Algo de fondo, un sonido sutil, casi inaudible.
Parece una risa, contenida e histérica.
Gutiérrez cuelga el auricular del teléfono con un golpe brusco, coge el aparato y lo tira a cualquier parte. El aparato vuela y rompe una de las vitrinas del salón, la que contenía las copas de champán. Pocas de ellas quedan con vida.
A la mierda. A la mierda todo.
El asunto se empieza a hacer insoportable. Gutiérrez decide que ya va siendo hora de entrar en acción. Casi preferiría una amenaza, un atentado, un anónimo. Esta estrategia de las llamadas telefónica le saca de quicio. "Exactamente lo que pretenden", piensa.
Pero eso se ha acabado. Mañana comienza a buscar al culpable. Y, curiosamente, sabe por donde empezar. Un nombre resuena en su mente... esa risita... Morales... Morales...
Otra vez el teléfono sonando.
- Ring, ring.
Gutiérrez se muerde las uñas, se mesa los cabellos, da un puñetazo en la mesa.
- Ring, ring.
- ¿Qué quieres, gilipollas? ¿Quién eres? Ya estoy hasta los cojones de ti y de tus llamaditas. O me dejas en paz desde ya mismo o te voy a encontrar y te voy a reventar la cara a hostias, cabrón de mierda.
Silencio al otro lado de la línea.
- ¿Me oyes, capullo?
Entonces sucede algo que no había sucedido en ninguna de las llamadas anteriores, del centenar aproximado de llamaditas pesadas que Gutiérrez había estado recibiendo a diario. Gutiérrez oye algo. Algo de fondo, un sonido sutil, casi inaudible.
Parece una risa, contenida e histérica.
Gutiérrez cuelga el auricular del teléfono con un golpe brusco, coge el aparato y lo tira a cualquier parte. El aparato vuela y rompe una de las vitrinas del salón, la que contenía las copas de champán. Pocas de ellas quedan con vida.
A la mierda. A la mierda todo.
El asunto se empieza a hacer insoportable. Gutiérrez decide que ya va siendo hora de entrar en acción. Casi preferiría una amenaza, un atentado, un anónimo. Esta estrategia de las llamadas telefónica le saca de quicio. "Exactamente lo que pretenden", piensa.
Pero eso se ha acabado. Mañana comienza a buscar al culpable. Y, curiosamente, sabe por donde empezar. Un nombre resuena en su mente... esa risita... Morales... Morales...
domingo, 4 de octubre de 2015
43.- Haciendo amigos
- Hola, guapo, ¿qué te pongo?
- Vodka.
- ¿Con limón?
- Déjate de mariconadas, Vodka solo. Uno doble.
- ¿Con hielo?
- Solo. Doble.
- Vale...
Gutiérrez no estaba para camareras inquisitivas. Aunque esta no estaba nada mal. Se fijó en el escote mientras le servía la bebida. Generoso. Agradable a la vista. Esta camarera sabía lo que se hacía.
- Te estoy viendo, guapo.
- ¿Eh? -respondió Gutiérrez despertando de la ensoñación. No dijo nada más.
Ella sonrió y se dedicó a otras labores tras la barra.
- Oye, guapa...
- ¿Sí?
- ¿Tú que piensas cuando suena tu teléfono pero, al descolgarlo, nadie responde? ¿Y si eso sucede repetidamente?
No tenía que haberlo dicho. Lo sabía. Pero no podía evitarlo, tenía que contárselo a alguien...
- ¿Me estás tirando los tejos?
- ¿Tú que piensas?
- Pues no me gusta, que quieres que te diga... Preferiría que alguien hablara al otro lado.
- Exacto.
Eso era. No le gustaba. A nadie le gusta. Tampoco a él. Algo iba a pasar, algo desagradable... Ese tipo de intuiciones no se le daba mal...
- Gracias. ¿Cuánto es?
- ¿Eso es todo? ¿No me vas a pedir el número de teléfono?
- En otra ocasión...
Gutiérrez fue directo a la comisaría. Con un vodka doble en el cuerpo. La situación se ponía tensa, y las tensiones no le gustaban lo más mínimo...
- Vodka.
- ¿Con limón?
- Déjate de mariconadas, Vodka solo. Uno doble.
- ¿Con hielo?
- Solo. Doble.
- Vale...
Gutiérrez no estaba para camareras inquisitivas. Aunque esta no estaba nada mal. Se fijó en el escote mientras le servía la bebida. Generoso. Agradable a la vista. Esta camarera sabía lo que se hacía.
- Te estoy viendo, guapo.
- ¿Eh? -respondió Gutiérrez despertando de la ensoñación. No dijo nada más.
Ella sonrió y se dedicó a otras labores tras la barra.
- Oye, guapa...
- ¿Sí?
- ¿Tú que piensas cuando suena tu teléfono pero, al descolgarlo, nadie responde? ¿Y si eso sucede repetidamente?
No tenía que haberlo dicho. Lo sabía. Pero no podía evitarlo, tenía que contárselo a alguien...
- ¿Me estás tirando los tejos?
- ¿Tú que piensas?
- Pues no me gusta, que quieres que te diga... Preferiría que alguien hablara al otro lado.
- Exacto.
Eso era. No le gustaba. A nadie le gusta. Tampoco a él. Algo iba a pasar, algo desagradable... Ese tipo de intuiciones no se le daba mal...
- Gracias. ¿Cuánto es?
- ¿Eso es todo? ¿No me vas a pedir el número de teléfono?
- En otra ocasión...
Gutiérrez fue directo a la comisaría. Con un vodka doble en el cuerpo. La situación se ponía tensa, y las tensiones no le gustaban lo más mínimo...
lunes, 31 de agosto de 2015
42.- Al otro lado de la línea telefónica
Otra noche solo en casa, frente al televisor apagado, con una botella de vodka ya medio vacía y un cenicero ya medio lleno. Cómo odiaba Gutiérrez esas noches de asueto, esas horas perdidas. Eran tiempo de fantasmas, de recuerdos dolorosos que pasaban frente a él como un cortejo fúnebre para avisarle de que todavía no se habían ido del todo.
Gutiérrez, entonces, imaginaba a todos sus compañeros de comisaría en casa, con sus familias, disfrutando de grata compañía y una cena abundante, sonriendo a sus hijos y agradeciendo aquellos momentos de tranquilidad después de una dura jornada.
Él, si pudiera, pasaría las veinticuatro horas de cada día del año reventando capullos a tiros.
Viene Eva, se planta delante de él y lo observa. Gutiérrez sabe que esta muerta, aún la recuerda colgando de una sucia cuerda en aquel almacén abandonado. Cabrón. Le reventaría el cráneo. Sabe que está muerta y, sin embargo, agradece su visita. Su mirada trasluce empatía, no conmiseración. Eva sigue ahí, y espera algo de él.
Suena el teléfono. Gutiérrez se incorpora y Eva ya se ha ido. Ella y todos los fantasmas que estaban a la cola. El teléfono sigue sonando. Gutiérrez se enciende un cigarrillo de forma compulsiva. Le duele enormemente la cabeza. Pese a ello, mata el último trago de vodka.
El teléfono sigue sonando, histérico. Gutiérrez lo descuelga. Pregunta quién es. No se oye nada. Sólo silencio. Gutiérrez vuelve a preguntar y el silencio continua. Cree oír de fondo una risita desagradable, luego alguien respira. Entonces, la llamada se corta.
Gutiérrez se tumba en el sofá y se queda dormido. No tendrá sueños bonitos, no dormirá bien, pero el día llegará así antes y, para la resaca, nada mejor que un buen trago recién abiertos los ojos...
Gutiérrez, entonces, imaginaba a todos sus compañeros de comisaría en casa, con sus familias, disfrutando de grata compañía y una cena abundante, sonriendo a sus hijos y agradeciendo aquellos momentos de tranquilidad después de una dura jornada.
Él, si pudiera, pasaría las veinticuatro horas de cada día del año reventando capullos a tiros.
Viene Eva, se planta delante de él y lo observa. Gutiérrez sabe que esta muerta, aún la recuerda colgando de una sucia cuerda en aquel almacén abandonado. Cabrón. Le reventaría el cráneo. Sabe que está muerta y, sin embargo, agradece su visita. Su mirada trasluce empatía, no conmiseración. Eva sigue ahí, y espera algo de él.
Suena el teléfono. Gutiérrez se incorpora y Eva ya se ha ido. Ella y todos los fantasmas que estaban a la cola. El teléfono sigue sonando. Gutiérrez se enciende un cigarrillo de forma compulsiva. Le duele enormemente la cabeza. Pese a ello, mata el último trago de vodka.
El teléfono sigue sonando, histérico. Gutiérrez lo descuelga. Pregunta quién es. No se oye nada. Sólo silencio. Gutiérrez vuelve a preguntar y el silencio continua. Cree oír de fondo una risita desagradable, luego alguien respira. Entonces, la llamada se corta.
Gutiérrez se tumba en el sofá y se queda dormido. No tendrá sueños bonitos, no dormirá bien, pero el día llegará así antes y, para la resaca, nada mejor que un buen trago recién abiertos los ojos...
lunes, 29 de junio de 2015
41.- Dos hostias bien dadas
El chuleta de Gómez no le aguantó el tirón a Gutiérrez ni cinco minutos. Cuando le vio entrar bufando como un bisonte y con ojos de loco debió de pensar que le iba a moler a hostias, igual porque simplemente tenía un mal día, y que a él, un pobre y honrado ladrón de guante blanco, le iba a tocar pagar el pato. Y, en parte, Gómez tenía razón.
Así que Gutiérrez entró en la sala de interrogatorios con unas ganas enormes de partirle la cara a alguien. Al que había dejado escapar a Morales, por ejemplo; al propio Morales, desde luego; o al primero que se le pusiera por delante que, en este caso, era Gómez.
Cuentan los testigos que el momento fue épico, y cuando se dice "testigos" se quiere decir Hortensio, que acompañaba a Gutiérrez y que luego, al narrarlo, compararía la furia de Gutiérrez con la de un Aquiles con aliento de vodka y de tabaco rubio.
En la práctica no fue para tanto. Gómez ya estaba asustado antes de que Gutiérrez le diera aquella "caricia" en la mejilla. Luego, empezó a cantar de plano y las ansias de desahogo de Gutiérrez quedaron frustradas. Confesó que se había robado a sí mismo con la idea de cobrar el seguro, que las joyas estaban en una nave industrial propiedad de la empresa y hubiera confesado ser el asesino de la madre de Bambi si Gutiérrez hubiera querido.
Lo mejor era que la confesión confirmaba lo que ya todos intuían, lo que había chivado la vieja vecina de la joyería, y lo que Mel y Streller habían visto en el polígono.
- Definitivamente, Hortensio, este tío era gilipollas.
- Ahora será un gilipollas entre rejas.
Gutiérrez suspiró. Inmediatamente se encendió un cigarrillo y se aclaró la garganta, como si se hubiera sentido avergonzado de su fugaz muestra de sensibilidad y melancolía.
- Y ahora, ¿qué tenemos, comisario?
"¿Ahora?", pensó Gutiérrez. "La que se nos viene ahora sí que es buena...". Y aspiró una calada bien profunda.
Así que Gutiérrez entró en la sala de interrogatorios con unas ganas enormes de partirle la cara a alguien. Al que había dejado escapar a Morales, por ejemplo; al propio Morales, desde luego; o al primero que se le pusiera por delante que, en este caso, era Gómez.
Cuentan los testigos que el momento fue épico, y cuando se dice "testigos" se quiere decir Hortensio, que acompañaba a Gutiérrez y que luego, al narrarlo, compararía la furia de Gutiérrez con la de un Aquiles con aliento de vodka y de tabaco rubio.
En la práctica no fue para tanto. Gómez ya estaba asustado antes de que Gutiérrez le diera aquella "caricia" en la mejilla. Luego, empezó a cantar de plano y las ansias de desahogo de Gutiérrez quedaron frustradas. Confesó que se había robado a sí mismo con la idea de cobrar el seguro, que las joyas estaban en una nave industrial propiedad de la empresa y hubiera confesado ser el asesino de la madre de Bambi si Gutiérrez hubiera querido.
Lo mejor era que la confesión confirmaba lo que ya todos intuían, lo que había chivado la vieja vecina de la joyería, y lo que Mel y Streller habían visto en el polígono.
- Definitivamente, Hortensio, este tío era gilipollas.
- Ahora será un gilipollas entre rejas.
Gutiérrez suspiró. Inmediatamente se encendió un cigarrillo y se aclaró la garganta, como si se hubiera sentido avergonzado de su fugaz muestra de sensibilidad y melancolía.
- Y ahora, ¿qué tenemos, comisario?
"¿Ahora?", pensó Gutiérrez. "La que se nos viene ahora sí que es buena...". Y aspiró una calada bien profunda.
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