Hortensio dejó la comisaria en cuanto acabó su jornada de trabajo. Dobló una esquina, aparentemente en dirección a su casa, pero pronto cambió su rumbo habitual.
De repente se detuvo. Miró a un lado y a otro, intentando comprobar que no lo seguían, y penetró en uno de esos callejones que, a espaldas de las fachadas principales, funcionan como repositorios de basura al tiempo que son olvidados por los turistas y, en general, por las personas de bien.
Allí se encontraba el bar Holidays. Un antro cuyo lamentable aspecto exterior solo era superado por el interior, oscuro y polvoriento.
Ponían rock del bueno, eso sí.
En una de las mesas había un tipo con cara de niño bueno, pinta de no haber roto un plato y toda la sensación de no pegar en un sitio como ese ni con cola. Frente a ese tipo, sin perder ni un segundo, se sentó el ayudante de Gutiérrez.