- Hola, Streller. ¿Qué cóño dices? Ojo que no estoy para bromas.
En realidad, nadie estaba para bromas. El despacho de Gutiérrez parecía un velatorio. Hortensio estaba repantingado en el asiento, mirando al techo con la boca abierta. El cenicero de Gutiérrez parecía que iba a rebosar. Cuando Streller vio los dos chupitos sobre la mesa, comprendió que la cosa iba en serio.
- A ver, chicos -dijo, con un punto de teatralidad no excesivo, para no alterar los ánimos. - Digo que creo que tengo la clave.
- ¿Qué clave? ¿Acaso sabes qué investigamos? -preguntó Hortensio, despertando de su sopor.
Streller sonrió, ladino.
- Me ofendes, Hortensio, con tal insinuación. Claro que sé lo que pasa. Lo sé siempre. Y sé que vais a tener que soltar al camarero a no ser que me escuchéis. Tengo el veneno. Sé cómo lo hace.
Gutiérrez y Hortensio se incorporaron, como movimos por un resorte.
- Venga un tercer vaso de chupito -gritó Streller. - Vamos a celebrarlo.
- Un momento, pimpollo -frenó Gutiérrez. - Primero cuéntanos tu teoría, y luego decidimos si lo celebramos o no. ¿Qué te parece?
Streller tomó asiento y comenzó a hablar.