- A ver, repíteme otra vez quién eres y qué quieres, porque creo que aún no lo he comprendido bien...
Frente a él se sentaba un jovenzuelo escuchimizado, de greñas alborotadas, barba descuidada, zapatos deportivos y gafas de pasta. Justo ese modelo de bohemio haragán en el que Gutiérrez no confiaría en la vida.
- Me llamo Mel, señor Comisario. ¿Puedo llamarle...?
- Señor Comisario está bien -cortó Gutiérrez tajante antes de que el zascandil se le subiera a las barbas.
- Pues eso... soy escritor, y me envía Streller para ofrecerme como colaborador.
El comisario se volvió a retorcer. ¿Qué coño estaba pasando allí? ¿Dónde había quedado la jerarquía? ¿Es que ahora todo Cristo iba a pretender meter baza en sus asuntos?
- Bueno, a ver, jovenzuelo... en primer lugar... Mel de qué viene, ¿de Melanie, de Melendi?
- No, señor. De Millán.
- ¿Y cómo puede venir de Millán?
- Queda mejor que "Mil", ¿no cree?
El niñato encima se atrevió a sonreír ante su propio chiste; cosa, por supuesto, que ni por asomo hizo Gutiérrez.
- Y, ¿en qué dice Streller que me puedes ayudar, yogurín?
- Verá, soy escritor de novelas de misterio...
- Ya. Como Richard Castle, ¿no?
- ¿Quién?
- Nadie. Sigue.
Mel carraspeó un poco, incómodo. Gutiérrez lo notó, y no le importó lo más mínimo.
- No... es que soy especialista en meterme en la piel de asesinos como aquellos con los que usted tiene que tratar...
- ¡Ah, coño! ¡Como Patrick Jane!
- ¿Quién?
- ¡Como El mentalista, joder! ¿Es que no ves la tele o qué te pasa, alfeñique?
- Pues no...
Desde luego, la juventud cada vez iba a peor... Gutiérrez decidió acabar pronto con el tema.
- Mira, chaval. Primero, no voy a fomentar tus delirios de grandeza; segundo, no me fío de Streller -aquí Gutiérrez pensó, aunque no lo dijo, en la valiosa información que Streller le había proporcionado en el parque escasos días antes. - Tercero, yo trabajo solo. Así que si quieres, déjame tu número y a lo mejor te llamo, pero no esperes gran cosa...
- Señor Comisario, gracias. Aquí tiene mi tarjeta -Gutiérrez alucinaba. Un nene aprendiz de escritor con tarjeta propia... - Llámeme cuando quiera. Ah, y por cierto, hace bien en no fiarse de Streller. Yo tampoco lo haría.
- ¿Pues no se supone que Streller es tu amigo?
- No sé si llamarlo amigo... lo conozco bien, eso sí... por eso se lo digo...
Cuando Mel salió del despacho, Morales asomó la cabeza...
- Jefe... ¿quién era ese tipo? No me fío de él.
- Coño, Morales, nadie... ¡Lárgate, anda, que no estoy para monsergas! Y te he dicho no sé cuántas veces que no me llames "jefe"...
Pero, ¿es que aquí nadie se fiaba de nadie? Hacían bien, desde luego. Gutiérrez cada vez tenía más claro que allí nadie era quien decía ser. Eso sí, al Mel este le daría un toque... sin que se le suban los humos esos de escritorzuelo... pero le vendría bien. Las informaciones de Streller le habían llevado a urdir un plan, y un plan necesita gente que lo lleve a cabo...
Por fin estaba solo, así que sacó el vodka del cajón de su mesa y echó un buen trago...
No hay comentarios:
Publicar un comentario