jueves, 19 de febrero de 2026

166.- ¿Y si damos con un patrón?

    - Hortensio, mueve a tu gente.
    - ¿A qué gente, comisario?
    - ¡Cómo que a qué gente! A las ratas de biblioteca, a los friquis informáticos, a los locos superdotados que buscan datos en la red...
    - Esos solo salen en las películas, comisario.

    Gutiérrez se puso serio. Le dio una buena calada al cigarrillo.

    - Por los cojones, Hortensio. Otra cosa es que tú no los conozcas. Búscalos.

    Hortensio suspiró.

    - ¿Y qué buscamos exactamente?
    - Buscamos a alguien que lleve un coche oscuro, nuevo, con no más de dos años de matriculación.
    - ¿Como dijo el vecino del balcón en el último asesinato?
    - Sí, y el camarero que oyó el grito y el atropello.
    - Vale. ¿Qué más?
    - Establece el perímetro de los asesinatos y busca ahí al dueño de un vehículo con esas características y, además, relación con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Que posea armas. Una Glock 17, en concreto.
    - Esas son las armas que usamos nosotros, comisario. La Policía.

    Gutiérrez miró a Hortensio.

    - Correcto. ¿Qué haces? ¿Por qué estás todavía aquí y no buscando?

    No necesitó repetir esta última frase. Hortensio ya había salido.

domingo, 8 de febrero de 2026

165.- El paso de cebra

    El joven iba con prisa, ese fue la razón de todo.

    Él solía detenerse y mirar a ambos lados si se acercaba algún vehículo. Ya sabía que tenía preferencia, pero era mejor no provocar a los conductores, que podían estar despistados. Forzarles a dar un frenazo, en esas circunstancias, podría resultar fatal.

    Pero es que en aquella ocasión iba con prisa, maldita sea. Y aquel coche no iba tan rápido. Supuso que frenaría y se lanzó a cruzar la calle. Una actitud imprudente, desde luego. Podía haberse jugado la vida. Pero también podía haber estado a punto de salvarla.

    Porque, para sorpresa del joven, el coche no frenó. Tampoco aceleró, pero no frenó. Vio que la ventanilla se bajaba, vio que el conductor esperaba que él permaneciera sobre la acera, aguardando a un lado. Tuvo, pues, que dar un frenazo, y el morro del coche golpeó al joven en el costado.

    El joven gritó mientras caía al suelo. Allí aguardó unos segundos. El conductor no salía del vehículo. Se palpó el costado. Un golpe, sí; pero parecía que no se había roto nada. Menos mal.

    Se levantó. Salió del paso de cebra y volvió a situarse en la acera. El vehículo avanzó ligeramente y se puso a su altura.

    El joven pensó que el conductor iría a pedirle perdón, o a preguntarle qué tal estaba.

    Lo que jamás pensó, desde luego, era que iba a estar apuntándole a la cabeza con un arma.

    "Joder", fue lo único que tuvo tiempo el joven de pensar hasta que una bala le reventó el cráneo.

    El coche, entonces, aceleró y desapareció tras una esquina. Dos vecinos desde sus balcones, y un camarero en la terraza de enfrente, habían contemplado el disparo, pues habían acudido al grito del joven tras el atropello.