Estaba a punto de comenzar a gritar. Los semáforos lo ponían de los nervios. Sobre todo cuando iba conduciendo y lo obligaban a detenerse porque sí, un buen rato, aunque no hubiera nadie. Solo para joder. La verdad era que sí, que se hubiera puesto a gritar. Total, nadie se hubiera enterado. Estaba todo tan desierto, a esas horas de la noche... Por no haber, no había ni vecinos con luces encendidas. Seguro que estaban todos durmiendo.
Estaba ya preparando las cuerdas vocales para descargar su rabia, cuando un coche se le puso al lado, en el carril de su derecha.
Maldita sea, tendría que dejar el grito para otra ocasión. Tampoco quería parecer un loco.
Miró al otro conductor. Seguro que estaba tan molesto con el semáforo como él. El otro, al menos, acababa de llegar, seguramente la espera se le haría más corta.
Notó que lo miraban, giró la cabeza. El conductor del otro coche lo observaba a él. Y eso que se había contenido. Vio que le hacía una señal y que bajaba la ventanilla. Pensó que querría preguntarle algo, una dirección o cualquier otra bobada.
El semáforo ya se iba a poner en verde. Joder, todo eran fastidios. El otro conductor levantó algo que tenía sobre las piernas. Cuando vio que era un arma de fuego, intentó gritar. Esta vez, con todas sus fuerzas. El semáforo ya estaba en verde. Quiso pisar el acelerador.
Sonó una detonación. Solo una. Y de los dos coches, solo uno salió disparado con el permiso del semáforo. El otro permaneció parado. En su interior, un tipo al volante, con la boca abierta y la cabeza reventada, en un último y macabro grito final.