Toc, toc. Llaman a la puerta del despacho de Gutiérrez. Le informan de que alguien pregunta por él. Gutiérrez apoya su cigarrillo en el cenicero y da permiso para que pase.
Aperece entonces en la puerta, acompañado de Hortensio, un tipo de lo más estrafalario. Pelo desmadejado, como de no haberlo lavado en semanas y no haberlo peinado en la vida, barba hasta el pecho, gafitas de John Lennon, una especie de pijama de colores como atuendo y un par de chanclas con calcetines (¡chanclas con calcetines!) como calzado.
Gutiérrez se pregunta que fue de aquellos tiempos en los que las chanclas con calcetines se consideraban una ridiculez, algo que solo los guiris, por desconocimiento, se atrevían a llevar. No obstante, deja la añoranza del pasado para otra ocasión y preguntan por qué se le requiere.
El tipo, con voz aflautada, dice que tiene información sobre el asesinato. Sobre el coche. Que vio algo.
Gutiérrez mira a Hortensio, que rebosa ilusión por la noticia. A Gutiérrez le parece un tipo chungo, un colgado que podría, perfectamente, ser el propio asesino acercándose a ellos por diversión, para jugar un poco.
En cualquier caso, existe un protocolo que hay que seguir. Aunque es una mierda de protocolo, la verdad.
- A ver, dime qué viste.