Así que ahí estaba Mel, dale que te pego con la podadora. La experiencia con los setos de su madre había sido positiva. Él no había sufrido demasiado, y ella había quedado contenta con el resultado. Hasta le había querido dar unos eurillos por el trabajo realizado. Él, por supuesto, se había negado.
- Que no, mamá... que no hace falta...
Al final habían quedado en que Mel se pasaría por casa de su madre a cenar próximamente.
Con Guadalupe Romero también había sido fácil entrar.
- Adelante.
El problema estaba en que se le acababan los setos y todavía no había podido colarse en la casa para buscar pistas. Ni en el garaje. Guadalupe estaba dentro, y el novelista disfrazado no se atrevía a inventarse una historia. ¿Podía decir que tenía que ir al aseo? ¿Que una rama se había colado en el dormitorio?
El caso es que estaba ya pudiéndole la ansiedad, y el método Stanislavski mostraba ya sus fisuras, cuando Mel vio algo raro entre unos parterres preñados de hortensias. Se acercó. Comprobó que la tierra había sido removida recientemente en aquella zona, y no se imaginaba a Guadalupe Romero en labores de jardinería.
Comenzó a escarbar con sus manos, mirando a un lado y a otro, para no ser descubierto.
Vio una mano. Una mano enterrada. Una mano humana. Tuvo que ahogar un grito para no ser descubierto. La mano estaba pegada a un brazo. El brazo llevaba chaqueta.
Lo volvió a enterrar todo y se fue por patas. Ni siquiera avisó a la señora de la casa, así que se quedó sin eurillos, y sin cena con Guadalupe. Ya tendría tiempo de verla cuando la detuvieran. Mejor quedar con su madre, que no parecía tan maquiavélica.