jueves, 19 de diciembre de 2024

127.- La noche más larga

    - Comisario...

    Gutiérrez levantó la cabeza y aspiró una buena calada de su cigarro.

    - ¿Sí. Hortensio?
    - ¿Este que está en la celda es Smith?

    Por toda respuesta, Gutiérrez movió la cabeza lentamente.

    - Así es, Hortensio.
    - Pero lo trajimos hace dos días, ¿no?
    - Dos días y tres noches, para ser más exactos...

    Hortensio tragó saliva, como si tuviera que confesar algo realmente incómodo.

    - ¿No deberíamos soltarlo?

    Gutiérrez miró a su subordinado con llamaradas en los ojos.

    - Que le jodan, Hortensio. Que le jodan a Smith. Se ha querido reír de nosotros. Pues que le jodan.
    - Ya, pero el habeas corpus...

    Gutiérrez resoplaba por las fosas nasales, emitiendo un estruendo como de cachalote en celo.

    - Que le jodan al habeas corpus, Hortensio. Y si te pones pesadito, que te jodan a ti también. ¿Vale? ¿Alguna otra pregunta?
    - No, comisario.
    - Bien, así me gusta.

    El comisario Gutiérrez se encendió otro cigarrillo. Hortensio creyó ver, a sus pies, una pila de colillas que casi le llegaba a la rodillas...

domingo, 8 de diciembre de 2024

126.- La noche no siempre confunde

     Las noches en el puerto son frías, solitarias. Los buques amarrados semejan mastodontes esperando a que llegue la actividad frenética del nuevo día. Algún guardia de seguridad nocturno, insuficiente para tanto espacio y tanto recoveco, es el único signo de vida entre redes de pesca y olor a mar.

    Por eso el puerto, por las noches, es el lugar idóneo para negocios clandestinos.

    Los dos tipos llevaban maletines negros. Los dos se embozaban con los altos cuellos de los abrigos de invierno. Los dos portaban gafas oscuras, a todas luces innecesarias, pero que contribuían a hacer irreconocibles sus rostros.

    Todo era silencio. Ambos tipos se miraron, asintieron y, por todo saludo, se intercambiaron los maletines.

    Ya se disponían a alejarse el uno del otro cuando, repentinas como una tormenta, sonaron las sirenas, se encendieron los focos y un buen puñado de coches de policía los rodearon.

    De uno de ellos se bajó el comisario Gutiérrez.

    - Vaya, vaya... -dijo con sorna. - ¿A quién tenemos aquí?

    No fue necesario requisar las gafas para reconocer el rostro de Smith.

    - Señor Smith, qué tal...

    Smith guardó silencio.

    - A la comisaría con ellos, joder -sentenció el comisario. - Qué poco me gusta que me tomen por tonto...