- ¿Se puede saber qué cojones habéis hecho?
Gutiérrez apretaba los puños. En la sien, una venilla parecía a punto de reventar.
- A ver, comisario, usted estaba en la parra y nosotros pensamos...
Hortensio se la estaba jugando. Podía estar cayéndole una bronca de cojones. Afortunadamente, Mel se había portado y el asunto había acabado bien.
Una vez desenterrado del jardín el cadáver de Teodoro Crispín, a Guadalupe Romero la habían detenido ipso facto. No habían necesitado mucho para demostrar que Lupita había envenenado a su marido y lo había enterrado, más mal que bien, en el jardín.
A Gutiérrez no le había gustado la noticia, y la última mirada que ambos se cruzaron, antes de que se la llevaran esposaba, era digna de película, de aquel "lo nuestro podía haber sido de otra manera", o de aquel "si no hubieras matado a nadie todo sería diferente". En cualquier caso, parecía que Gutiérrez aún no estaba a salvo del influjo de Irene Adler.
Hortensio puso su mano sobre el hombro de Mel.