La fábrica de Buenycao era, de grande, casi una ciudad. Varios edificios se especializaban en distintas fases de una producción ingente.
- ¿Perdone?
- Nada, nada...
El presidente ejecutivo de Buenycao había recibido a Gutiérrez de buen grado. Se había presentado como Atilio Esquimez, don Atilio, para el común de los empleados. Tras recibir un ilustrativo y laudatorio paseo por las instalaciones, Gutiérrez había ido al grano.
- Quería preguntarle por uno de sus empleados, Smith.
Gutiérrez creyó observar que el rostro de don Atilio se ensombrecía.
- Por nada en particular... dicen por ahí que tiene algunos problemas personales...
- ¡Oh, qué fatalidad! Ojalá todos mis empleados fueran felices, comisario. Pero es tan complicado...
- Me hago cargo, don Atilio.
Se despidieron con buenas palabras. Un tipo afable, don Atilio. Ese tipo de jefes que guarda un secreto. Ese tipo de personas que, a la mínima, te clava un puñal por la espalda. O se pone a espiarte...